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Deseo Prohibido

Deseo Prohibido

Status: En proceso
Genre:Romance / Yaoi / CEO / Viaje a un juego / Romance oscuro / Completas
Popularitas:814
Nilai: 5
nombre de autor: Morgh5

Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.

NovelToon tiene autorización de Morgh5 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Hacienda El Ocaso Dorado

(Diego)

Ya era tarde cuando llegamos al viñedo. El sol estaba bajo, dejando todo con un tono dorado que destacaba aún más las viñas alineadas. Elias nos trajo hasta allí, pero pronto se quedó atrás. Él nunca fue muy apegado a los negocios y, al percibir que la conversación se pondría técnica, prefirió no interrumpir. Se quedó conversando con algunos empleados más adelante, dejando a Louis y a mí a gusto.

Louis estaba allí con un objetivo claro: conocer el comienzo de todo antes de firmar el contrato. Caminábamos entre las filas cuando llamé a Ramón, el hombre responsable de coordinar el trabajo de los peones y, sin exagerar, es quien más entiende de la tierra en esa hacienda.

— Ramón, ven aquí por favor — llamé.

Él se acercó, limpiando las manos en el pantalón, con ese jeito simple de quien sabe exactamente lo que está haciendo.

— Buenas tardes, señor Del Toro. Buenas tardes, señor, Delacroix.

— Ramón, comencé, explícale a Louis cómo ustedes logran mantener ese nivel de calidad desde el suelo.

Louis fue directo al punto:

— ¿Qué hacen ustedes diferente aquí? — preguntó. — Porque se ve que el resultado no es común.

Ramón sonrió levemente, orgulloso.

— Todo comienza en el suelo, respondió. — Nosotros analizamos la tierra cada año. Usamos fertilizantes naturales combinados con nutrientes específicos, nada en exceso. El suelo necesita estar vivo.

— ¿Y eso hace tanta diferencia así? — insistió Louis.

— Hace toda, confirmó Ramón. — Si la raíz es fuerte, la uva responde mejor. Nosotros controlamos plagas sin agredir la planta, cuidamos la irrigación y respetamos el tiempo de la naturaleza.

Louis asintió, claramente interesado.

— Entonces el éxito del vino comienza antes incluso de que la uva nazca, comentó él.

— Exactamente, respondí. — Aquí nadie fuerza el resultado.

Caminamos algunos metros más mientras Ramón continuaba explicando detalles técnicos, hablando de ciclos, clima y cómo pequeñas decisiones en el campo impactan directamente el sabor final del vino.

Después de eso, llevé a Louis a un área más abierta del viñedo y abrí mi presentación en la tableta.

— Ahora déjame mostrarte la parte que viene después de aquí, hablé.

Expliqué con calma, apuntando los datos.

— Hoy nuestra producción anual gira en torno a 1,8 millones de botellas.

— De esas, cerca del 65% son destinadas a la exportación — continué. — El costo medio por botella, ya considerando producción, almacenamiento y logística, queda en torno a €4,20.

— En el mercado internacional, agregué, el valor de salida es de aproximadamente €11,50 por unidad, dependiendo del país.

Louis observaba atento, sin interrumpir.

— Después de que las uvas salen de la hacienda, expliqué, ellas van directo a la vinícola. Allá pasan por selección, fermentación controlada, maduración y embotellado. El vino queda almacenado en ambiente climatizado por, mínimo, 6 a 18 meses, dependiendo de la línea.

— A partir de ahí, continué, el lote es liberado, enviado al puerto y sigue con toda la documentación lista. Trabajamos hoy con tres puertos principales y un plazo medio de entrega internacional de 28 a 35 días.

Louis cruzó los brazos, pensativo, y entonces sonrió.

— Diego, es exactamente el tipo de operación que yo buscaba.

— Todo es claro, bien estructurado y comienza de la forma correcta, dijo él, mirando de nuevo para el viñedo.

Cerré la presentación.

— Me satisface oír eso.

Louis extendió la mano y apretó la mía con firmeza.

— De mon côté, vous pouvez commencer à préparer le contrat, él dijo —tout est en ordre. Je le signerai.

Miré alrededor una vez más, para las viñas, para Ramón volviendo al trabajo y para Elias más al fondo, aún distraído. Allí quedó claro: el negocio estaba sellado exactamente donde todo comienza — en la tierra.

El sol ya comenzaba a recogerse cuando volvimos para la casa grande. El cielo estaba teñido de tonos anaranjados, y el aire traía aquel silencio calmo de fin de día en el campo. Así que entramos por la cocina, doña Rosalía nos esperaba con la mesa puesta para el café. El conductor estaba allí también, sentado de manera discreta. Sobre la mesa, un bizcocho aún tibio, simple, pero con aquel olor que solo comida hecha con cariño tiene.

Nos sentamos todos juntos. Doña Rosalía sirvió el café, un poco sin jeito, pero con una sonrisa sincera.

— La señora tiene un don, dijo Louis, después de la primera mordida en el bizcocho. — Está delicioso, como siempre.

Ella llevó la mano al pecho, emocionada.

— Gracias, señor … me alegra que le guste.

Comimos en clima leve, conversando poco, aprovechando el momento. Cuando ya estaba casi en la hora de irnos, doña Rosalía se acercó a mí y habló en voz baja:

— Diego… ¿será que el señor puede venir un instante conmigo?

La miré y asentí. En el fondo, yo ya imaginaba lo que podría ser.

Entramos en el escritorio. Así que la puerta se cerró, el silencio se puso pesado. Doña Rosalía demoró algunos segundos antes de hablar. Las manos temblaban levemente.

— Yo necesitaba hablar con el señor… a solas — dijo ella, con la voz ya embargada.

Quedé en silencio, apenas oyendo.

— Quiero agradecer… del fondo de mi corazón — continuó. — Por su familia haber aceptado acoger a mi nieto.

Las lágrimas comenzaron a escurrir antes incluso de que ella percibiera.

— Yo ya estoy vieja… y enferma — confesó, con dificultad. — Y todo lo que yo más quiero es poder ir en paz, sabiendo que él va a tener un futuro… un futuro de verdad.

Mi pecho apretó, pero continué callado.

— Él es solo un niño, Diego…, pero es tan bueno, tan alegre.

Ella sonrió entre lágrimas.

— Incluso después de haber perdido a los padres en aquel accidente terrible… mi nieto nunca perdió la sonrisa. Nunca dejó que el dolor endureciera el corazón.

La voz de ella falló.

— Yo no quiero que él pase el resto de la vida preso aquí en esa hacienda, viviendo solo para trabajar.

— Quiero que él crezca, que él aprenda cosas nuevas, que construya la propia familia… quiero que Elias sea feliz.

Ella llevó las manos al rostro y lloró sin intentar esconder. Yo permanecí allí, en silencio, respetando cada palabra, cada lágrima.

Después de algunos instantes, doña Rosalía respiró hondo, enjugó el propio rostro con las manos y me miró con ternura.

— Gracias, Diego.

— Gracias a usted… y a su familia.

— Por darle a él una oportunidad… por cuidar de lo que yo tengo de más precioso.

Ella sujetó mis manos con fuerza, como si aquel gesto dijera todo lo que las palabras ya no conseguían.

Yo apenas asentí, sintiendo el peso — de aquellas palabras, mientras ella sonreía, cansada, pero en paz por haber dicho todo lo que cargaba en el corazón.

Antes de entrar en el coche, doña Rosalía apareció nuevamente a la puerta de la casa grande. En las manos, cargaba potes cuidadosamente cerrados, uno para cada uno de nosotros. El olor del bizcocho aún parecía acompañar el gesto.

— Para el viaje — dijo ella, extendiendo los potes con una sonrisa cansada, pero llena de cariño. — Así no se olvidan del café de la hacienda.

Agradecimos. Louis hizo cuestión de elogiar una vez más, diciendo que aquel era el tipo de cosa simple que quedaba en la memoria. Ella rió bajo, satisfecha, y nos deseó un buen viaje, pidiendo que fuéramos con calma en la carretera.

Cuando di algunos pasos en dirección al coche, miré de lado y vi a Elias más alejado, apoyado cerca de la cerca. Él no decía nada. Apenas observaba. La mirada de él posó sobre mí por algunos segundos — no era cobro, ni curiosidad. Era algo más difícil de definir, cargado de pensamientos que yo no conseguía alcanzar. Sentí un leve desconforto, como si hubiese algo siendo dicho sin palabras, algo que yo aún no sabía cómo interpretar.

Guardé el bizcocho con cuidado y seguí hasta el coche. Mientras la puerta se cerraba, vi a doña Rosalía aún allí, acenando despacio. El motor dio partida, y la hacienda comenzó a quedar atrás, pero la sensación de aquel momento — el cariño, el silencio, las miradas que decían más de lo que frases enteras — siguió conmigo por la carretera.

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