Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 23: Donde el acero revela lo que el silencio oculta
El campamento se asentó en una explanada amplia al pie de una colina de piedra clara. Era uno de los pocos lugares en la frontera donde la visibilidad permitía bajar la guardia lo justo como para entrenar sin la sensación constante de estar a punto de ser atacados desde las sombras. El viento traía un olor limpio a hierba aplastada y polvo seco, y el cielo se extendía abierto, sin el peso habitual de los bosques cerrados.
Severin ordenó un alto prolongado.
No era solo una pausa logística. Los soldados necesitaban descargar tensión. La frontera no perdonaba cuerpos rígidos ni reflejos oxidados. El entrenamiento era una forma de recordar que seguían vivos.
Rhydian observaba desde la orilla, con los brazos cruzados, mientras dos alfas practicaban con espadas de madera. El choque del acero de entrenamiento resonaba con un ritmo seco, casi hipnótico. No le interesaba el espectáculo en sí, sino la forma en que los combatientes se leían mutuamente: anticipación, engaño, ajuste constante.
—¿No vas a participar? —preguntó Severin, acercándose por su flanco.
La cercanía ya no era una sorpresa. Era una costumbre que ambos habían empezado a aceptar sin nombrarla.
—No suelo entrenar con espadas largas —respondió Rhydian—. No es mi terreno.
—La frontera no siempre te permite elegir tu terreno —replicó Severin.
Tomó dos espadas de entrenamiento del soporte improvisado y le extendió una a Rhydian. La madera pulida estaba gastada por manos ajenas. No había intención ceremonial en el gesto. Era una invitación directa, desnuda de adornos.
Rhydian dudó un segundo. No por temor al combate, sino por la carga invisible de aceptar algo que venía de Severin. Finalmente, tomó la espada.
—No me trates como a uno de tus hombres —dijo.
—No lo hago —respondió Severin—. Te trato como a alguien que no quiero ver caer por no haber practicado lo suficiente.
Esa honestidad, cruda, le apretó algo en el pecho a Rhydian.
Se colocaron frente a frente en el centro de la explanada. Los soldados formaron un semicírculo a cierta distancia, atraídos por la rareza de la escena: el Enigma y el omega que no se inclinaba, midiendo fuerzas en igualdad de condiciones. No había burlas. Solo una expectación tensa.
—No te contengas —dijo Rhydian—. No quiero que me regales nada.
—No sabría cómo hacerlo —respondió Severin.
El primer choque fue limpio. Madera contra madera, un golpe seco que se expandió en el aire. Rhydian se movía con rapidez, buscando ángulos bajos, obligando a Severin a girar el cuerpo. Severin respondía con precisión, bloqueando con el mínimo movimiento necesario, como si cada gesto estuviera medido de antemano.
Rhydian avanzó con una finta que obligó a Severin a retroceder un paso. El Enigma corrigió la guardia y contraatacó, marcando el hombro de Rhydian con un golpe que no buscaba herir, pero sí probar la solidez de su defensa.
—Demasiado frontal —murmuró Severin.
—Demasiado contenido —replicó Rhydian, girando para evitar el siguiente impacto.
El intercambio se volvió más rápido. No había furia, sino una intensidad concentrada, un diálogo físico que decía cosas que ambos habían evitado verbalizar. Cada choque de espadas era una pregunta. Cada bloqueo, una respuesta.
En un movimiento arriesgado, Rhydian acortó la distancia más de lo recomendado. La guardia de Severin se cerró de inmediato, y el choque de cuerpos fue inevitable. El antebrazo del Enigma quedó contra el pecho de Rhydian. El calor del contacto atravesó la tela como una descarga.
No era una posición ventajosa para ninguno. Era una cercanía peligrosa.
—No bajes la guardia —murmuró Severin, con la respiración un poco más cercana de lo habitual.
—No la bajé —respondió Rhydian—. Te obligué a acercarte.
Por un instante, ninguno se movió. La frontera pareció contener el aliento con ellos. Luego, Severin dio un paso atrás, rompiendo el contacto con una brusquedad que delataba el esfuerzo por recuperar el control.
Volvieron a separarse. El ritmo se intensificó. Rhydian lanzó una serie de ataques cortos, rápidos, buscando romper la guardia de Severin. El Enigma cedió terreno lo justo para atraerlo a una apertura mínima. Aprovechó el descuido para girar la muñeca y desarmarlo con un movimiento preciso.
La espada de Rhydian cayó al suelo.
Severin avanzó un paso y apoyó la punta de su espada de entrenamiento contra el costado de Rhydian, marcando el final del ejercicio. Estaban demasiado cerca otra vez. El gesto era técnico. La proximidad, no.
—Punto para mí —dijo Severin en voz baja.
Rhydian no se apartó de inmediato. Alzó la vista, encontrando los ojos grises a esa distancia peligrosa.
—No fue un regalo —dijo—. Me llevaste a una apertura.
—Fue un error de cálculo —respondió Severin—. Pero no por falta de capacidad.
Rhydian sonrió apenas.
—¿Eso es reconocimiento?
—Es precisión —corrigió Severin.
Bajó la espada. Al retirarse, su mano rozó el antebrazo de Rhydian de forma innecesaria, casi imperceptible. El pulso de ambos se desacomodó.
Los soldados retomaron sus ejercicios, murmurando entre ellos. La escena había sido intensa, pero nadie se atrevió a comentarla en voz alta.
Rhydian recogió su espada del suelo y la devolvió al soporte. El cuerpo le vibraba aún por el esfuerzo, pero había algo más bajo la piel: una descarga que no provenía del combate.
—Te mueves mejor de lo que esperaba —dijo Severin, acercándose de nuevo.
—Tú también —admitió Rhydian—. No solo con el acero.
Severin sostuvo su mirada.
—Hay batallas que no se ganan con armas —dijo en voz baja.
—Y hay batallas que empiezan con ellas —replicó Rhydian.
El viento levantó polvo a su alrededor. El campamento siguió su rutina, ajeno a la tensión que se espesaba entre ellos.
Más tarde, cuando el entrenamiento terminó, Rhydian se apartó para beber agua. Severin lo siguió. No como vigilancia. Como hábito nuevo.
—No tienes que probar nada conmigo —dijo Severin—. No necesito verte ganar para saber que te sostienes.
Rhydian alzó la vista.
—No estaba probando nada —respondió—. Estaba… midiéndome contigo.
Severin asintió, aceptando la verdad implícita.
—Yo también.
El reconocimiento mutuo quedó suspendido entre ellos, no como una victoria, sino como una constatación: el acero había revelado lo que el silencio llevaba días guardando. No era solo tensión. No era solo deseo.
Era el principio de verse, por fin, en igualdad.