En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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CAPÍTULO 15: EL BOSQUE DEL ECO ANTIGUO.
El amanecer llegó con una neblina espesa que cubría los campos del norte. Reinders había salido solo, sin avisar a nadie. Coleman colgaba en su espalda, y el sonido metálico del arma era el único eco que lo acompañaba. El camino lo guiaba hacia el Bosque de Altheor, un lugar que los aldeanos llamaban “el bosque donde los árboles murmuran”. Nadie se atrevía a cruzar más allá de sus primeras raíces.
Se decía que los espíritus de la tierra lo custodiaban, y que un Druida inmortal habitaba su corazón. Pero Reinders no sentía miedo. Solo una curiosidad antigua, una llamada silenciosa que venía de su espada.
“Siento algo… familiar aquí.”
—¿Familiar? —preguntó Reinders en voz baja.
“Sí. Es como si la tierra me recordara.”
Las hojas crujían bajo sus botas, y la luz filtrada por los árboles parecía flotar en el aire. Había un silencio tan profundo que hasta el canto de los pájaros sonaba distante. De pronto, las raíces del suelo se movieron suavemente, como si respiraran.
—Eres valiente para entrar sin permiso, forastero.
La voz venía de entre los árboles, suave pero imponente. Un hombre alto emergió del follaje.
Vestía túnicas verdes cubiertas de runas naturales y hojas vivas; su cabello era blanco como la luna, y sus ojos tenían el tono de la savia. En su mano sostenía un bastón hecho de ramas trenzadas con piedras flotando a su alrededor.
Era el Druida de Altheor. Reinders lo observó en silencio. No sentía hostilidad, pero sí poder, un poder que venía de la tierra misma.
—Vine en paz —dijo Reinders—. No deseo alterar el bosque.
—Nadie puede alterar lo que ya está vivo —respondió el Druida, sonriendo con serenidad—. Pero tú… tú no vienes solo, ¿verdad?
Sus ojos se posaron en la espada. Coleman vibró levemente.
“Este anciano puede sentirme.”
—Tu compañero tiene voz —dijo el Druida, sin sorpresa—. Y una historia más antigua de lo que crees.
Reinders ladeó la cabeza.
—¿Sabes lo que es?
—No, muchacho. Sé quién es.
El Druida se acercó lentamente y apoyó la palma sobre el filo de Coleman. Una corriente de energía recorrió el aire, levantando polvo y hojas.
—Sí… sin duda. Este acero contiene la esencia de un rey.
—¿Un rey?
—El Rey Coleman de Eryndor —dijo el Druida con voz grave—. Un hombre que desafió a los dioses hace 500 años
La Historia del Rey Coleman es tan antigua como lo antiguo.
El Druida se sentó frente a una raíz que formaba una especie de trono natural e invitó a Reinders a hacer lo mismo. Los rayos del sol se filtraban a través del dosel, iluminando el claro como una catedral viva.
—Coleman fue un rey sabio, pero también un guerrero. Gobernó un reino pequeño, Eryndor, que existía antes de Astrea. Tenía un don: podía escuchar la voz de la tierra. Decían que los dragones lo respetaban, y que las runas lo bendecían.
Reinders escuchaba en silencio, hipnotizado.
El Druida continuó:
—Pero el equilibrio se rompió cuando aparecieron los Demonios del Valle Carmesí. Seres nacidos del odio y la desesperación.
Entre ellos, había uno… —sus ojos se nublaron— un demonio llamado Valor.
El nombre cayó como un trueno invisible. Incluso el viento pareció detenerse.
—Ese nombre… —susurró Reinders. –Por qué lo sigo escuchando tanto?
—Sí. Valor, el Demonio de la Devastación. No era como los demás. No buscaba destruir por placer, sino por justicia retorcida. Creía que la creación debía renacer en las cenizas de lo imperfecto.
Fue Coleman quien lo enfrentó, espada en mano, con un ejército de dragones y magos a su lado.
Su batalla duró siete días y siete noches.
El Druida levantó la vista hacia los árboles.
—Cuando todo terminó, Coleman selló a Valor con su propio cuerpo, fundiendo su alma con su espada para contenerlo. Así nació la Espada Coleman, la espada del sacrificio eterno.
Reinders sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
“Eso… era yo.”
La voz dentro de su mente sonó quebrada.
“Yo… era ese rey.”
—¿Qué? —susurró Reinders, alarmado.
“Fragmentos. No lo recuerdo todo. Pero siento… que mi destino fue sellar lo que no podía ser destruido.”
—¿Valor?
“Sí. Pero si estoy despierto otra vez… significa que él también lo estará pronto.”
El Druida lo observaba en silencio, como si leyera cada pensamiento.
—Puedo ayudarte, Reinders. Puedo tasar tu espada. Despertar su último poder. Pero debes saber… lo que se despierta no siempre puede volver a dormir.
Reinders asintió.
—Lo haré.
—Entonces, coloca la espada en el altar.
La Tasación del Acero Viviente se realizó al anochecer.
El Druida alzó su bastón, y el bosque comenzó a responder. Las raíces se alzaron del suelo, formando un círculo; el aire se volvió denso, y un resplandor verde y azul bañó todo el claro. Coleman flotó, suspendida sobre el altar de piedra, mientras símbolos antiguos se encendían en su hoja.
“Reinders…”
—Aquí estoy —dijo él, firme—. Muéstrame quién eres de verdad.
El Druida cerró los ojos. De su boca brotaron palabras en una lengua perdida, un cántico que hacía vibrar el aire. El filo de la espada comenzó a arder con fuego azul y negro, una mezcla de energía divina y demoníaca.
Entonces, algo emergió.
Una figura espiritual —el espíritu de Coleman— se materializó detrás de Reinders: un rey resplandeciente, rostro sereno y ojos que contenían siglos de lucha.
—Reinders… —dijo el espíritu—. Esta es mi última bendición.
Mi Tercera Habilidad: “Eclipse Viviente ”.
El Druida abrió los ojos, sorprendido.
—El equilibrio perfecto… entre luz y oscuridad.
Coleman explicó:
—Con esta habilidad, puedes unirte conmigo completamente, fusionar alma y acero. Durante un breve lapso, te convertirás en el Eclipse Viviente: ni humano, ni dragón, ni sombra. Una fuerza que existe entre el amanecer y el ocaso. Pero cuidado, Reinders. Cada vez que la uses, el sello de Valor se debilitará.
El joven apretó el puño.
—Lo usaré solo cuando no haya otra opción.
El espíritu asintió y comenzó a desvanecerse.
—Entonces… que tu fuego ilumine lo que yo no pude salvar.
La espada cayó suavemente al suelo, envuelta en una energía nueva, más profunda, más viva.
Reinders la tomó, y por un instante sintió dos corazones latiendo dentro de él.
El Presagio de él verdadero caos estaba escrito.
El Druida se levantó, mirándolo con respeto.
—Ahora entiendo por qué los dragones te eligieron.
Eres el puente entre el fin y el renacer.
—No lo pedí —respondió Reinders.
—Nadie pide ser elegido. Solo se decide qué hacer con ello.
Antes de que se marchara, el Druida le dio un pequeño fragmento de cristal.
—Guárdalo. Es una lágrima de Gaia. Te mostrará el camino cuando las tinieblas lo cubran todo.
—Gracias.
Cuando Reinders abandonó el bosque, el cielo había cambiado. Nubes negras se alzaban en el horizonte, y un trueno profundo resonó desde el norte.
Una voz, casi inaudible, murmuró entre el viento. Con un acento demoniaco.
“Despierta… Valor.”
Reinders se detuvo. El aire se volvió frío, y por un instante creyó ver entre las sombras una silueta con cuernos y ojos como brasas. Pero cuando parpadeó, ya no había nada.
“Coleman…”
“Lo sé.”
“Pronto comenzará, ¿verdad?”
“Sí. Y esta vez… no habrá sellos que lo contengan.”
El héroe siguió caminando hacia la Comunidad del Dragón, con la espada a su lado y el eco del trueno marcando el ritmo de su destino.