Sin spoiled
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Capitulo 22
Narrador: Leo Ubicación: Exterior de la Cárcel de Najayo / Barrio San Lorenzo
El sonido de la libertad no fue un coro de ángeles. Fue el chirrido oxidado de un portón corredizo y el estallido repentino de mil voces gritando mi nombre al mismo tiempo.
—¡Atrás! ¡Mantengan la línea! —gritaba un guardia, empujando a un fotógrafo que casi se me echa encima.
Di el primer paso fuera del perímetro de la cárcel. El sol de la tarde me golpeó en la cara como un ladrillo caliente. Entorné los ojos, deslumbrado, tratando de enfocar entre la marea de micrófonos, cámaras y pancartas que se agitaban como un mar en tormenta.
—¡Leo! ¡Leo, aquí! —gritaba una mujer con un chaleco de prensa—. ¿Es cierto que García le ofreció un millón de dólares?
—¡Leo! —bramaba otro—. ¿Va a presentarse a las elecciones municipales?
—¡Señor Candelario, una declaración para la CNN!
Sentí una mano agarrarme del brazo. Fuerte. Segura.
—No mires a los flashes —dijo la voz de Licenciado Matos, el abogado que Clara había conseguido (aparentemente pro bono, aunque yo sospechaba que Clara le había pagado con información privilegiada de alguna cuenta en Suiza)—. Sigue caminando. El coche está a diez metros.
—No veo nada —dije, tropezando con mis propios pies. Las suelas de mis zapatillas, que me habían devuelto en una bolsa de plástico a la salida, resbalaban en la gravilla.
—Sigue mi voz —dijo Matos—. Y sonríe. La mitad del país te está viendo en directo. No pongas cara de preso. Pon cara de ganador.
Intenté sonreír, pero me salió una mueca. Me dolía todo el cuerpo. Las costillas, donde el policía me había golpeado con el escudo, latían al ritmo de los gritos.
—¡Abran paso! —una voz familiar cortó el aire.
De entre la multitud surgió una cuña humana. Eran los chicos del rugby del San Lorenzo. Javi, Marcos, el enorme "Tanque". Iban vestidos con camisetas blancas que tenían un cuervo negro pintado en el pecho con spray. Formaron un pasillo a empujones, apartando a los periodistas como si fueran muñecos de trapo.
—¡Jefe! —gritó Javi, guiñándome un ojo mientras bloqueaba a un cámara de televisión—. Tu carruaje espera.
Y al final del pasillo humano, apoyado en una furgoneta vieja pintada con colores psicodélicos, estaba él.
Mateo.
Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta negra. Tenía el pelo un poco más largo, revuelto por el viento. Me miraba con una intensidad que hizo que todo el ruido de alrededor desapareciera.
Corrí. Me olvidé del dolor en las costillas. Me olvidé de los protocolos del abogado.
Mateo se separó de la furgoneta y chocamos en medio del asfalto. Me abrazó con tal fuerza que me sacó el aire, enterrando la cara en mi cuello. Olía a spray, a sudor y a esa colonia cítrica que siempre usaba y que ahora me parecía el mejor olor del mundo.
—Estás fuera —susurró contra mi piel. Le temblaban las manos—. Joder, Leo, estás fuera.
—Te dije que saldría —le contesté, apretándole contra mí, comprobando que era real, que no era una alucinación de la celda de aislamiento—. Te dije que el Cuervo vuela.
—¡Beso! ¡Beso! —empezó a gritar alguien en la multitud.
Mateo se separó un poco, con la cara roja, pero sonriendo.
—Creo que esperan un espectáculo —dijo.
—Que les den —dije, y le di un beso rápido en la frente—. Vámonos a casa.
—¡Al coche, rápido! —ordenó Clara desde la puerta corredera de la furgoneta. Tenía un auricular puesto y tecleaba furiosamente en una tablet—. La policía antidisturbios está llegando por el acceso norte. Quieren dispersar la concentración y no van a ser amables.
Nos metimos en la furgoneta. Javi y Marcos saltaron a los asientos delanteros. El motor tosió y arrancó con un rugido asmático.
—¡Sujetaos! —gritó Marcos, pisando el acelerador.
La furgoneta salió disparada, apartando gente, esquivando trípodes y dejando atrás una nube de humo negro.
Dentro, el silencio repentino fue casi doloroso. Me dejé caer en el asiento trasero, al lado de Mateo. Clara estaba sentada enfrente, rodeada de pantallas.
—¿Estás bien? —preguntó Clara, mirándome por encima de sus gafas—. Tienes mala cara.
—Gracias por el cumplido —dije, tocándome el ojo morado—. Han sido tres días largos. La comida del estado no es precisamente gourmet.
—Te hemos traído esto —Mateo sacó de una mochila un termo y un tupper—. Café de tu madre. Y empanadas.
Agarré una empanada como si fuera un lingote de oro y le di un mordisco. Casi lloro.
—Dios... —murmuré con la boca llena—. Esto es vida.
—Escucha, Leo —dijo Clara, girando la pantalla de la tablet hacia mí—. Tienes que ver esto. Mientras tú estabas jugando a las cartas con los presos, fuera han pasado cosas.
—¿Qué cosas? —pregunté, tragando.
—Cosas grandes. —Clara deslizó el dedo por la pantalla—. Mira el mapa de la ciudad.
El mapa estaba lleno de puntos de colores.
—¿Qué son esos puntos? —pregunté.
—Barricadas artísticas —dijo Clara con naturalidad—. Después del vídeo de García intentando sobornarte, la gente se volvió loca. Literalmente. Los grafiteros del norte tomaron los puentes. Pero lo más importante es San Lorenzo.
—¿Qué pasa con el barrio?
—El barrio se ha cerrado, Leo —dijo Mateo, poniéndome una mano en la rodilla—. La policía intentó entrar ayer para borrar los murales y la gente salió a la calle. Abuelas, niños... pusieron coches cruzados en las entradas. Declararon San Lorenzo "Zona Libre de Censura".
—¿Me estás diciendo que mi barrio es ahora una república independiente? —pregunté, atónito.
—Algo así —dijo Javi desde el volante, mirándome por el retrovisor—. La policía no entra. Dicen que para evitar una escalada de violencia, pero la verdad es que tienen miedo. Hay cámaras de prensa internacional en cada esquina. Si tocan a un solo pelo de un vecino, se les cae el mundo encima.
—Y te están esperando —dijo Mateo suavemente—. Te esperan a ti.
Me recosté en el asiento, sintiendo un peso nuevo en el estómago, más pesado que las esposas.
—Yo solo pinté un muro, Mateo. No pedí ser el Che Guevara con latas de Montana.
—Ya es tarde para eso, socio —dijo Clara—. Eres un símbolo. Y los símbolos no tienen días libres.
El viaje duró media hora. A medida que nos acercábamos al barrio, el paisaje cambiaba. Los muros grises de la autopista estaban cubiertos de pintadas. "LIBERTAD AL CUERVO". "GARCÍA MIENTE". "LA VERDAD NO SE TRASLADA". Había dibujos de mis ojos por todas partes. Era como verme en un espejo roto multiplicado por mil.
—Llegamos al control perimetral —anunció Marcos.
La furgoneta frenó. Delante de nosotros, en la entrada principal de San Lorenzo, había una barricada hecha con contenedores de basura volcados, neumáticos viejos y, extrañamente, muebles de salón sacados a la calle. Sofás, mesas, lámparas. Parecía una sala de estar al aire libre.
Un grupo de chicos con pañuelos en la cara y palos de madera vigilaban la entrada. Al ver la furgoneta, uno de ellos bajó el pañuelo. Era "El Flaco", un chico que solía venderme sprays robados.
—¡Son ellos! —gritó El Flaco—. ¡Abran paso! ¡Llegó el Jefe!
Los chicos movieron un sofá viejo para dejarnos pasar.
Entramos en San Lorenzo.
La gente golpeaba el lateral de la furgoneta mientras pasábamos.
—¡Leo! ¡Leo! ¡Leo!
—Me siento como el Papa —dije, encogiéndome en el asiento—. Esto es ridículo.
—Es esperanza, Leo —dijo Mateo—. Hacía mucho tiempo que no tenían nada de qué sentirse orgullosos.
Llegamos a mi edificio. La fachada estaba cubierta por una enorme tela blanca que caía desde la azotea, con una sola palabra pintada en negro: BIENVENIDO.
Marcos paró el motor.
—Prepárate —dijo Clara—. Tu madre está en la puerta. Y tiene la chancla en la mano. Es broma. O no.
Abrí la puerta corredera. El ruido de la multitud me golpeó de nuevo.
—¡Ahí está! —gritó alguien.
Bajé. La gente se abalanzó, pero un círculo de vecinas, lideradas por Doña Carmen, mi madre, formó una barrera impenetrable.
Mi madre. Llevaba su delantal de flores y tenía los ojos hinchados de llorar, pero su postura era la de una generala. Se abrió paso entre la gente, me agarró de las orejas y me bajó la cabeza para mirarme a los ojos.
—Mírate —dijo, con la voz quebrada—. Flaco, sucio y golpeado. ¿Tú te crees que yo te parí para que anduvieras peleando con la policía?
—Mamá, yo... —intenté hablar, pero se me hizo un nudo en la garganta.
Ella me soltó las orejas y me abrazó. Fue un abrazo de madre, de esos que te recomponen los huesos. Olía a suavizante y a guiso.
—Ay, mi hijo... mi hijo loco —sollozó contra mi pecho—. Gracias a Dios que estás aquí. Gracias a Dios.
—Estoy bien, mamá —le susurré—. Estoy en casa.
—¡Doña Carmen! —gritó un vecino—. ¡Déjenos saludar al héroe!
Mi madre se giró hacia la multitud con una furia repentina.
—¡¿Qué héroe ni qué nada?! —gritó, y se hizo el silencio en la calle—. ¡Este es Leonardo! ¡El que dejaba los calzoncillos tirados en el baño! ¡Dejen la bulla y vayan a sus casas! ¡El muchacho tiene que comer y bañarse!
Hubo risas en la multitud, pero obedecieron. El respeto a Doña Carmen era ley en el bloque 4.
—Vamos arriba —dijo ella, empujándome hacia el portal—. He hecho sancocho. Y tú —señaló a Mateo—, tú también subes. Estás muy pálido. Necesitas hierro.
Mateo sonrió tímidamente.
—Sí, señora.
Subimos las escaleras. El olor a comida casera en el rellano casi me hizo desmayar de hambre. Entramos en el piso. Era pequeño, humilde, pero era el lugar más seguro del universo.
—Siéntense —ordenó mi madre.
Nos sentamos en la mesa de la cocina. Clara entró detrás, cerrando la puerta y dejando el ruido fuera.
—¿Dónde está Vanessa? —pregunté mientras mi madre servía platos hondos humeantes.
Clara se apoyó en la nevera, su expresión se oscureció.
—Su padre la sacó del país anoche. En un jet privado. Destino Zurich.
—Mierda —Mateo golpeó la mesa—. La han encerrado de nuevo.
—No exactamente —dijo Clara—. Me envió un mensaje encriptado antes de despegar. Dice que va a "jugar a la niña buena" hasta que tenga acceso a las cuentas suizas de la familia. Dice que no nos preocupemos, que ella es una superviviente. Pero estará fuera del radar un tiempo.
—Al menos está lejos de García —dijo Leo, soplando la cuchara—. Eso es algo.
Comimos en silencio durante unos minutos. El sancocho estaba glorioso. Sentí cómo la energía volvía a mi cuerpo.
—Bueno —dijo Clara, limpiándose la boca con una servilleta de papel—. Ahora que tenemos el estómago lleno, tenemos que hablar de negocios.
—Clara, por favor —me quejé—. Acabo de salir. Dame una hora.
—No tienes una hora, Leo. Tienes a tres mil personas ahí abajo esperando que salgas al balcón y les digas qué hacer.
—¿Qué hacer? Que se vayan a dormir. Que pinten algo. Yo qué sé.
—No funciona así —Clara sacó su tablet y la puso sobre la mesa—. La "Zona Libre" es frágil. La policía está negociando con el Ministerio de Interior. Si no les damos una estructura, un propósito, esto se va a convertir en un caos. Habrá saqueos, habrá peleas internas. Necesitan un líder.
—Yo no soy líder —repetí, frustrado—. Soy pintor.
—Eres la cara de esto, te guste o no —intervino Mateo. Me miró serio—. Leo, mi padre ha caído, pero no está muerto. Sus abogados están trabajando para desestimar las pruebas del vídeo. Dirán que estaba manipulado con IA. Dirán cualquier cosa. Si este movimiento se apaga, él volverá. Y vendrá a por nosotros con más fuerza.
—¿Y qué queréis que haga? —pregunté, levantando las manos.
—Una asamblea —dijo Clara—. Esta noche. En la cancha de baloncesto. Tienes que organizar a la gente. Crear comités de vigilancia, de limpieza, de suministros. Tenemos que demostrar que podemos autogestionarnos. Que no somos una turba, sino una comunidad.
—¿Comités? —me reí, incrédulo—. ¿Me estás hablando de burocracia revolucionaria? Clara, mírame. Tengo pintura debajo de las uñas desde que tengo doce años. No sé organizar una comunidad.
—Pero sabes inspirarles —dijo Mateo—. Sabes hacerles ver que importan. Eso es lo que hace un líder, Leo. No rellenar hojas de cálculo; eso lo hace Clara. Tú das la visión.
—Javi y los del equipo de rugby ya están organizando la seguridad —dijo Clara—. Los tenderos están organizando la comida. Pero necesitan que tú valides todo eso. Necesitan que les digas que no están locos por desafiar al sistema.
Suspiré, pasándome las manos por la cara.
—Lo haré —dije—. Pero a mi manera. Nada de discursos políticos aburridos.
—Trato hecho —dijo Clara.
—Ahora, si me disculpáis —me levanté de la mesa—, necesito ducharme. Huelo a sistema penitenciario.
Fui al baño. Me metí bajo el agua caliente y dejé que la suciedad se fuera por el desagüe. El agua se volvió gris, luego negra, luego clara. Me apoyé contra los azulejos y cerré los ojos.
La puerta del baño se abrió despacio.
—Está ocupado —dije, sin abrir los ojos.
—Solo soy yo —dijo la voz de Mateo.
Entró. Cerró la puerta. Se sentó en la tapa del inodoro, mirándome a través de la cortina transparente de la ducha.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No lo sé —admití—. Tengo miedo, Mateo. En la cárcel no tenía miedo, porque no tenía nada que perder. Pero ahora... miró a esa gente ahí abajo y pienso que si fallo, si digo algo mal, les van a hacer daño.
—No vas a fallar —dijo Mateo—. Y si fallas, fallaremos juntos.
Aparté la cortina. El vapor del baño nos envolvía. Mateo se levantó y se acercó. Me tocó el moretón del ojo con una suavidad infinita.
—¿Te dolió? —preguntó.
—Menos que verte a ti en esa clínica.
Mateo bajó la mirada.
—García... mi padre... cuando entró en mi habitación anoche... —su voz se quebró—. Me dijo que yo era una inversión fallida. Eso dijo. "Una inversión fallida".
Salí de la ducha, chorreando agua. Agarré una toalla y me la enrollé en la cintura. Me acerqué a él y le cogí la cara con las manos mojadas.
—Tú no eres una inversión —le dije firmemente—. Eres la persona más valiente que conozco. Saltaste al vacío por una tirolina, joder. Te enfrentaste a él en la televisión nacional.
—Fue porque tú estabas allí —dijo Mateo, mirándome a los ojos—. Tú eres mi cable a tierra, Leo.
Nos besamos. Fue un beso lento, húmedo, sabor a vapor y a promesas. No hubo urgencia sexual, solo la necesidad desesperada de contacto, de confirmar que seguíamos siendo nosotros, Leo y Mateo, y no "El Cuervo" y "El Hijo del Magnate".
—Tenemos que bajar —susurró Mateo contra mis labios—. Te esperan.
—Que esperen cinco minutos más —dije, abrazándolo—. Solo cinco minutos de ser nadie.
Nos quedamos allí, abrazados en el baño pequeño y lleno de vapor, mientras fuera el mundo gritaba mi nombre.