Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Un año
Un año después, el apellido Norhaven ya no pertenecía solo a una antigua familia noble.
Pertenecía al reino entero.
Los carruajes Norhaven se habían convertido en una referencia, en un estándar silencioso de excelencia. No necesitaban pregoneros ni exageraciones.. bastaba con que uno apareciera rodando por las calles para que las miradas se volvieran, curiosas primero, admiradas después.
Magos de túnicas bordadas en hilos arcanos los solicitaban por la estabilidad que ofrecían durante largos viajes cargados de artefactos delicados.
Duques exigentes los elegían por la elegancia sobria, esa que no gritaba riqueza, sino que la insinuaba con seguridad.
Condes y sus familias confiaban en ellos por algo aún más importante.. la seguridad.
Las suspensiones diseñadas por Agnes hacían que el trayecto pareciera un suave balanceo, incluso en caminos de piedra maltratados. Los sistemas de apertura no se trababan jamás, ni con lluvia, ni con barro. Los techos móviles, discretos y firmes, protegían del clima sin comprometer la estructura. Cada engranaje de Donald, cada panel de madera trabajado por Patrick, cada tapizado de Lucy estaba pensado para durar, para proteger vidas.
No eran carruajes llamativos por exceso.
Eran perfectos por equilibrio.
La reputación se extendió como lo hacen las verdades incómodas para la competencia.. rápido e imparable. En las capitales y en los pueblos lejanos se empezó a decir lo mismo..
—Si es Norhaven, llegarás vivo.
—Si es Norhaven, llegarás cómodo.
—Si es Norhaven, valdrá cada moneda.
La demanda creció tanto que el antiguo taller ya no fue suficiente.
Así, el nuevo taller se levantó en un amplio terreno cercano a la mansión Norhaven. No como un anexo improvisado, sino como una verdadera casa de creación. Grandes portones de madera reforzada, amplios galpones llenos de luz, espacios separados para metal, madera y tapicería. El sonido de martillos y sierras se volvió parte del paisaje cotidiano.
Agnes recorría el lugar con pasos firmes, saludando por nombre a cada persona. Ya no eran unos pocos ancianos y aprendices.. era un equipo grande, organizado, orgulloso de llevar el emblema Norhaven grabado en cada carruaje que salía por esas puertas.
Desde la mansión, a veces, se alcanzaban a ver los carruajes recién terminados alineados al sol. Pinturas sobrias, líneas limpias, ruedas perfectas. No había ostentación innecesaria, solo una promesa clara.. calidad sin concesiones.
Agnes observaba todo aquello con una mezcla de satisfacción y calma.
No era un sueño pasajero.
No era suerte.
Era el resultado de escuchar, de trabajar, de confiar en la experiencia ajena y en su propia visión. Había construido algo que el reino respetaba.
Y en Bernicia, cuando algo se ganaba ese respeto, no lo perdía fácilmente.
Con la llegada constante de clientes a la mansión Norhaven, el eje de las preocupaciones de Abby cambió por completo.
Ya no observaba a Agnes con esa mezcla de envidia y desdén que antes la consumía. Ahora sus ojos se desviaban hacia cada carruaje que cruzaba el portón principal, no para admirar el trabajo, sino para evaluar rostros, títulos, telas finas y anillos. Donde antes veía a su prima como rival, ahora veía oportunidades.
Abby había decidido algo con absoluta claridad.. necesitaba un esposo.
Y no cualquiera.
Los salones de la mansión comenzaron a recibir visitas más frecuentes. Damas, caballeros, acompañantes, comerciantes adinerados y nobles de menor rango se mezclaban en conversaciones cuidadosas, miradas calculadas y sonrisas ensayadas. Abby se arreglaba con esmero exagerado, vestía por encima de lo necesario, intentaba recuperar un lujo que ya no le pertenecía, como si con cada joya prestada pudiera convencer al mundo.. y a sí misma.. de que seguía siendo alguien importante.
Con Agnes, en cambio, casi no compartía.
Se cruzaban en los pasillos, intercambiaban palabras breves y tensas, y de vez en cuando estallaban discusiones. Abby reclamaba cortinas más caras, vajillas nuevas, más sirvientes, cenas ostentosas.
—No es digno de nuestro apellido.. Esta casa debería brillar como antes.
Agnes, cansada pero firme, no levantaba la voz.
—Si quieres lujos, consíguelos tú.. Puedo irme cuando quieras.
Aquella frase siempre caía como un balde de agua helada.
Porque Abby lo sabía. Lo sabía demasiado bien.
No podía sostener la mansión sola. No podía pagar personal, reparaciones, impuestos ni mantener las apariencias sin el respaldo de Agnes y del trabajo que sostenía todo aquello. Su orgullo se retorcía, pero su razón la obligaba a callar… al menos por un tiempo.
Así que redobló esfuerzos en su objetivo.
Se mostró encantadora cuando le convenía. Rió más fuerte, escuchó con falsa atención, elogió a quien tuviera tierras, rentas o apellido. Cada visita masculina era analizada como una posible tabla de salvación. No buscaba compañía, ni afecto, ni respeto.
Buscaba seguridad envuelta en lujo.
Agnes observaba todo desde lejos, sin interferir. No sentía celos ni preocupación. Mientras Abby tuviera techo y comida, mientras no interfiriera con su trabajo ni con su gente, Agnes cumplía con lo que consideraba su deber.
El resto… Era elección de Abby.
Y por primera vez en mucho tiempo, ambas vivían en la misma mansión, pero en mundos completamente distintos.