Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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El golpe
Cerré los ojos, sí, pero el sueño no llegó. Cada sonido del departamento se amplificaba: el zumbido lejano de la ciudad, el crujido mínimo de la madera, los pasos de Adrián moviéndose con cuidado, como un guardián que no se permite bajar la guardia.
En algún punto de la madrugada, lo sentí detenerse frente a la puerta de la habitación. No la abrió. No habló. Solo estuvo ahí unos segundos. Lo supe porque mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente.
Cuando amaneció, el cielo estaba gris.
Un día perfecto para que todo empeorara.
Me levanté despacio y abrí la puerta. Adrián estaba en la cocina, con el teléfono en la mano y el ceño fruncido. No necesitaba preguntar para saber que algo había pasado.
—Ya empezó —dijo.
—¿Qué hizo? —pregunté, caminando hacia él.
Giró el teléfono hacia mí.
Era una notificación. Un correo reenviado. Anónimo.
Un encabezado bastó para que el estómago se me hundiera.
Irregularidades en la fundación. Nueva empleada bajo investigación.
—Lo enviaron a varios patrocinadores —explicó Adrián—. Y a un par de periodistas.
Cerré los ojos un segundo. Isabella no atacaba de frente; envenenaba el terreno primero.
—¿Qué dice exactamente? —pregunté.
—Lo suficiente para sembrar dudas —respondió—. Insinúa desvíos, manipulación de informes… y te señala a ti como el punto débil.
Solté una risa breve, amarga.
—Claro —murmuré—. Siempre es más fácil culpar a la recién llegada.
Adrián me observó con atención.
—Esto no es casual —dijo—. Es un mensaje.
—Lo sé —respondí—. Quiere que me asuste. Que huya. O que cometa un error.
—¿Y lo harás?
Lo miré.
—No.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez, el mensaje fue directo.
Isabella: Te advertí. Ahora tienes dos opciones: desapareces o te destruyes.
Sentí algo frío acomodarse en mi pecho. No miedo. Decisión.
—Quiere verme hoy —dije—. Va a llamarme. O aparecer.
—No vas sola —respondió Adrián de inmediato.
—No —dije con firmeza—. Esta parte me toca a mí.
—Emilia…
—Escúchame —lo interrumpí—. Si te involucras ahora, ella va a ir por ti. No con amenazas. Con cosas reales. Negocios. Reputación. Personas que dependen de ti.
—Ya está yendo por mí —respondió—. Desde el momento en que te miré dos veces.
Nos sostuvimos la mirada. Había algo nuevo ahí. No solo tensión. Alianza.
—Déjame hacer una cosa primero —dije—. Solo una.
—¿Cuál?
—Responderle sin responderle.
La fundación estaba revolucionada cuando llegué. Murmullos, puertas cerradas, miradas que se apartaban demasiado rápido. El tipo exacto de caos que Isabella sabía provocar sin mancharse las manos.
Lucía se me acercó apenas crucé la entrada.
—Los correos están circulando rápido —susurró—. La directora pidió verte.
—Luego —respondí—. Primero quiero ver algo.
Caminé directo al archivo central. Abrí la carpeta que sabía que Isabella había protegido durante años. No toqué nada. Solo pedí acceso. Dejé rastro. Visible. Deliberado.
A los veinte minutos, ella apareció.
—Eres valiente —dijo, entrando sin tocar—. O estúpida.
—Depende del punto de vista —respondí sin girarme.
—Están hablando de ti —continuó—. En lugares donde no conviene que pronuncien tu nombre.
—Ese era el plan, ¿no? —dije—. Hacer ruido.
—El ruido destruye carreras —replicó—. Y vidas.
Me giré por fin.
—Tú sabes mucho de eso.
Isabella me sostuvo la mirada. Esta vez no sonrió.
—Esta es tu última oportunidad —dijo—. Renuncia. Hoy. Y todo esto se detiene.
—¿Y Adrián? —pregunté.
Sus labios se tensaron apenas.
—Adrián no debería importarte.
—Te equivocas —respondí—. Es lo único que te importa.
El silencio fue espeso. Peligroso.
—No sabes con quién estás jugando —dijo Isabella.
—Sí —respondí con calma—. Contigo.
Su teléfono vibró. Leyó el mensaje y algo cambió en su expresión. Solo un segundo. Pero lo vi.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Nada —respondió—. Pero recuerda esto, Emilia: nadie gana contra mí.
Se fue.
Yo solté el aire despacio.
Porque sabía algo que ella no.
Adrián no se había quedado quieto.
Esa tarde, él me escribió.
Adrián: Encontré el documento original. El que intentaron borrar. Tiene la firma correcta.
El corazón me dio un vuelco.
Emilia: ¿Estás seguro?
Adrián: Completamente. Y no te van a volver a tocar sola.
Cerré los ojos.
Isabella había dado su golpe más sucio.
Pero había cometido un error fatal.
Había empujado demasiado.
Y cuando alguien como yo deja de retroceder…
empieza a avanzar.