Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
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CAPÍTULO 23 El plan brillante para no pensar en él (spoiler: no funcionó)
Elio Renard Valemont tomó una decisión estratégica esa mañana:
iba a distraerse.
No a “pensar menos” —porque su cerebro no entendía ese comando—, sino a ocuparlo tanto que no tuviera espacio para pensar en cosas incómodas como la palabra “destino”, la idea de pensamientos escuchados y la forma en que Seraphiel fruncía apenas el ceño cuando se concentraba.
Se vistió rápido, con la eficiencia de quien huye de su propia cabeza, y salió al pasillo con paso decidido.
—Hoy voy a ser productivo —se dijo—.
—Las personas productivas no piensan en dramas románticos místicos.
💭 “Eso es una mentira piadosa.”
El castillo despertaba con su rutina habitual: el eco de pasos tempranos, el murmullo de criados organizando bandejas, el tintinear de metal al chocar suavemente en la armería cercana. Elio caminó con un objetivo claro: la sala de archivos, el lugar más aburrido del castillo.
Nada decía “romance” como polvo, pergaminos viejos y olor a tinta seca.
Al entrar, se encontró con el bibliotecario jefe, un hombre de expresión severa que parecía vivir permanentemente en guerra con el desorden.
—¿Otra vez aquí tan temprano? —preguntó.
—Necesito aburrirme —respondió Elio—.
—Con intensidad.
El bibliotecario lo miró como si no supiera si compadecerlo o expulsarlo.
—El aburrimiento no es un objetivo digno.
—Para mí, hoy lo es.
Elio se sentó entre montones de documentos, decidido a revisar inventarios antiguos. Era exactamente tan monótono como esperaba. Números, fechas, listas interminables de suministros.
Funcionó… durante veinte minutos.
💭 “¿Estará evitándome?”
💭 “No, acordamos darnos espacio.”
💭 “¿Y si lo está respetando demasiado?”
Elio dejó el pergamino.
—No puedo ni aburrirme bien.
—Eso es un talento raro.
Elio levantó la vista. Seraphiel estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa calma que parecía diseñada para provocar pensamientos involuntarios.
—No me sigas —dijo Elio, medio en broma, medio en serio.
—No te sigo —respondió Seraphiel—.
—Este también es un espacio público.
—Malditos espacios públicos.
Seraphiel sonrió, con una suavidad que no era provocación, sino cuidado.
—No quería incomodarte.
—Solo… pasaba por aquí.
Elio suspiró.
—Claro.
—El castillo es pequeño cuando uno quiere huir.
Se quedaron en silencio un momento. El bibliotecario fingió no escuchar nada, con la intensidad de quien ha aprendido que ciertos silencios son mejores que cualquier conversación.
—Estoy intentando no pensar en cosas —admitió Elio al final.
—Eso suele hacer que uno piense más —respondió Seraphiel—.
—No estás ayudando.
—Nunca dije que fuera bueno en eso.
Elio no pudo evitar sonreír un poco.
—
Decidió cambiar de estrategia.
Si no podía huir de Seraphiel en espacios cerrados, se iría al exterior.
Los jardines del ala oeste eran amplios, con senderos de grava, setos bien recortados y árboles altos que proyectaban sombras tranquilizadoras. El aire fresco le despejó un poco la cabeza.
—Esto —dijo en voz alta—.
—Esto sí es terapéutico.
Caminó sin rumbo fijo, dejando que el sonido de sus pasos se mezclara con el canto lejano de los pájaros. Se sentó en un banco de piedra bajo un árbol grande, cerró los ojos y respiró hondo.
💭 “No pienses.”
—No pienses —repitió en voz baja.
—Estás pensando en no pensar —dijo una voz conocida.
Elio abrió los ojos.
—¿Tienes un radar o algo?
Seraphiel se detuvo a unos pasos.
—No.
—Pero el jardín es grande… y aun así es fácil encontrarte cuando estás intentando huir de ti mismo.
Elio bufó.
—Eso sonó demasiado profundo para una mañana.
—Lo siento —respondió Seraphiel—.
—Prometo ser menos filosófico.
Se sentó en el banco, dejando un espacio respetuoso entre ambos.
—No tienes que evitarme —dijo con cuidado—.
—No voy a invadir tu cabeza.
—Lo sé —respondió Elio—.
—Mi problema no eres tú.
—Es… la idea.
Seraphiel asintió.
—El destino es una palabra pesada.
—Es una palabra que no pedí —añadió Elio—.
—Ni tú tampoco.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio honesto, de esos que no exigen respuestas inmediatas.
—
Por la tarde, el castillo volvió a ser castillo: ruidoso, lleno de pequeñas interrupciones. Elio ayudó sin querer a reorganizar un estante caído, corrigió un par de errores en un registro porque estaban justo frente a él, y trató con todas sus fuerzas de no convertirse en el centro de ninguna escena.
Falló con moderación.
En la sala de música, un grupo de aprendices discutía sobre una melodía. Elio se detuvo a escuchar, sin intención de intervenir.
—No encaja —dijo uno de ellos—.
—La transición es rara.
Elio se mordió la lengua.
—Tal vez si bajan el tempo ahí —dijo al final—.
—La melodía respira mejor.
Los aprendices lo miraron con ojos brillantes.
—¡Tiene razón!
Elio se llevó una mano a la frente.
—Estoy oficialmente incapacitado para no opinar.
Seraphiel, que había presenciado la escena desde la puerta, se acercó con una sonrisa leve.
—No te quejes.
—Acabas de salvar una canción.
—Yo quería salvar mi anonimato.
—Eso nunca estuvo en el repertorio del castillo.
—
Al anochecer, caminaron juntos por el pasillo iluminado por antorchas. El ruido del día se había reducido a un murmullo bajo, casi reconfortante.
—No fue un mal día —dijo Elio—.
—Solo fue… demasiado consciente.
Seraphiel lo miró de reojo.
—No tienes que resolver lo del “destino” hoy.
—Ni mañana.
—Ni pronto, si no quieres.
Elio asintió, agradecido por la ausencia de presión.
—Gracias por no convertirlo en una tragedia.
—No creo en tragedias inevitables —respondió Seraphiel—.
—Creo en personas que eligen cómo vivir lo que les toca.
Elio sonrió, cansado pero un poco más liviano.
Tal vez el plan de no pensar en él había fallado.
Pero había ganado algo mejor:
la certeza de que no estaba siendo empujado hacia una historia que no quería.