Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 22
Vera
Me desperté al escuchar la ducha.
Busqué con la mano a Dante, pero ya no estaba. Sin embargo, la cama seguía tibia. Su olor aún estaba en la almohada, en las sábanas… en mi piel.
Dormir con Dante es algo que no quiero dejar de hacer.
Es cálido.
Es tranquilo.
No me siento presionada.
Y lo más importante: no tuve que dar explicaciones. No tuve que justificar por qué no habíamos ido más allá. Llevo tres años sin tener relaciones con nadie. Tres. El último hombre con el que estuve fue Tobías… y no fue precisamente una historia que merezca repetirse.
El celular de Dante vibraba repetidamente sobre la mesa de noche.
Fruncí el ceño.
Lo tomé.
Número desconocido.
El mismo.
Quería hablar hoy.
Dante ya había respondido:
“¿A qué hora y en qué lugar?”
La persona envió una ubicación y fijó la hora: 11:00 a.m.
Un restaurante en medio de la carretera.
Perfecto. El lugar ideal para que alguien desaparezca sin testigos.
La puerta del baño se abrió.
Dante salió con una toalla enrollada en la cintura baja, el cabello húmedo, gotas de agua recorriéndole el pecho. En otro momento habría apreciado mejor la escena.
En otro momento.
Me levanté.
—No vas a ir, ¿verdad?
Me acerqué y besé su pecho aún húmedo.
—Sí voy a ir —respondió con calma irritante—. ¿Ya envió la ubicación?
Lo seguí hasta el walking clóset. Se puso un pantalón con esa naturalidad masculina que me exaspera y me encanta al mismo tiempo.
—Amor, esto no me genera confianza.
—No se va a presentar. Es solo ir a gastar gasolina.
Se colocó un collar que nunca le había visto tan de cerca. De él colgaba un anillo delicado: oro rosa, con un diamante central redondo y pequeños diamantes laterales que afinaban la estructura, elegante pero discreto. No era ostentoso. Era preciso. Como él.
No le di importancia.
Mi problema no era el anillo.
—Voy contigo —dije.
Se puso la camisa.
—No, Vera. Te quedas. Quiere que vaya solo.
—Dante, no estás en Suiza. Aquí te pueden matar a las diez de la mañana saliendo del gimnasio.
Se puso las botas y se acercó a mí.
—Voy con el jefe de seguridad. ¿Te parece?
—Lleva más gente.
Suspiró.
—Está bien. Si eso te da tranquilidad, así lo haré. Aunque estés exagerando.
Lo tomé del brazo.
—Prométeme que me vas a estar avisando.
—Te lo prometo. No va a suceder nada.
Lo besé.
No un beso suave.
Lo besé con hambre, con miedo, con una ansiedad que no quería reconocer.
Él respondió igual.
—Me tengo que ir —murmuró contra mis labios—. Y no pienso dormir lejos de ti nunca más.
Sonreí.
—Traeré mis cosas.
—Es más fácil traer tus tarros que mover mis libros.
Rodé los ojos.
Me volvió a besar.
Y se fue.
Y con él… mi tranquilidad.
Intenté actuar normal.
Mi mamá hablaba de cláusulas. Claudia de porcentajes. Yo asentía como si mi cerebro estuviera presente.
No lo estaba.
Horas después, Claudia y yo revisábamos el terreno donde irían los cultivos.
—¿Por qué estás tan preocupada? —preguntó.
—No estoy preocupada.
Me miró con esa expresión de hermana menor que sabe cuando mientes.
—Yo te conozco. Sé cuando estás asustada, preocupada o nerviosa. ¿Es por Dante?
Asentí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unos meses.
Claudia soltó una pequeña risa.
—A ti sí que te encantan los De Bedout.
—No es gracioso.
—Te apoyo. No sé qué tanto te apoye mamá, dados los antecedentes, pero me tienes a mí.
La abracé.
Siempre habíamos sido un equipo.
Las horas pasaban.
El clima estaba gris. Como mi humor.
La ubicación de Dante seguía fija en el mismo punto.
Durante horas.
Le escribí al jefe de seguridad.
No respondió.
Mi corazón no dejaba de latir con fuerza. La angustia crecía minuto a minuto.
El teléfono sonó.
Brayan.
—¿Estás bien?
—Sí. ¿Por qué?
—Están diciendo en la cafetería del centro que en el restaurante de la carretera mataron a alguien… y que hay una camioneta que concuerda con la de ustedes.
Mi corazón se detuvo.
—Brayan, yo estoy bien.
—Gracias al cielo.
Colgué.
Corrí a la cocina. Tomé las llaves de mi camioneta.
Llamé a Dante.
Buzón de voz.
Las lágrimas comenzaron a acumularse.
Mi mamá y Claudia me vieron salir sin explicaciones.
Abrí el garaje.
Y al frente… la camioneta de Dante entrando.
Me bajé antes de que terminara de estacionar.
—¡¿Por qué no respondes?!
Él se bajó con calma.
—Mi teléfono está muerto.
—Mataron a alguien en esa cafetería.
—¿A quién?
—No sé.
El jefe de seguridad se acercó.
—Señorita Hyatt, en esa cafetería no había nadie aparte de nosotros.
Miré a Dante.
—¿Nadie fue?
—No. Nadie extraño. Lo que me lleva a una conclusión.
—¿Cuál?
—Debe ser alguien del pueblo. No había prácticamente público hoy. Las personas que pararon eran carros en tránsito hacia la ciudad.
Me miró con esa seguridad suya.
—Te dije que era ir a gastar gasolina.
Lo empujé suavemente.
—Me asusté mucho. Y te voy a regalar una batería portátil para ese teléfono. Lo miras y ya está descargado.
—El teléfono está cargando en la camioneta de manera inalámbrica —respondió.
Cerré la puerta del garaje cuando el equipo de seguridad se fue.
Dante me tomó del rostro y me besó.
Mis brazos fueron directo a su cuello.
No me importó si mi madre estaba mirando.
No me importó nada.
Solo quería sentir que estaba ahí.
Que estaba vivo.
—¿Qué pasó realmente? —susurré contra su cuello.
Su expresión cambió levemente.
Sutil.
Pero yo lo noté.
—No apareció nadie —dijo—. Pero alguien estuvo observando.
Sentí el estómago encogerse.
—¿Cómo sabes?
Sacó algo del bolsillo de su pantalón.
Una servilleta doblada.
La abrió frente a mí.
Había un anillo dibujado a mano.
Exactamente igual al que llevaba colgado en su collar.
Y debajo, una frase:
“Te queda mejor en el dedo correcto.”
El aire se me fue de los pulmones.
Porque el anillo no era cualquier anillo.
Era el mismo diseño que él llevaba meses guardando.
Y que yo jamás había visto… hasta esa mañana.