Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Raíces
La mansión Blake siempre olía a mezcla de tradición y lujo discreto. Cedro pulido, vino añejo, flores frescas en los jarrones del vestíbulo. Cada detalle estaba cuidadosamente elegido, no para impresionar, sino para reafirmar una identidad que llevaba décadas construyéndose.
Apenas crucé la puerta, el mayordomo inclinó ligeramente la cabeza.
—Bienvenido, señor Jonathan.
—Gracias, Thomas.
Mi madre apareció casi de inmediato, como si siempre supiera el momento exacto en que llegaba. Elizabeth Blake no necesitaba elevar la voz para imponer presencia; su elegancia era natural, serena.
—Mírate… —dijo acercándose y acomodando apenas la solapa de mi blazer—. Siempre tan impecable.
—Aprendí de la mejor —respondí con media sonrisa.
Ella rió suavemente y me tomó del brazo.
—Ven, tu padre ya está en el comedor y lleva diez minutos diciendo que la puntualidad es la base del respeto.
—La puntualidad es la base del respeto —escuché la voz grave de mi padre desde el fondo.
Entré al comedor y ahí estaba Richard Blake, recto, impecable, con una copa de vino en la mano. Incluso en casa mantenía esa postura de estratega que jamás abandonaba del todo.
—Buenas noches, hijo.
—Buenas noches, padre.
Nos estrechamos la mano con firmeza. Nunca fuimos una familia excesivamente efusiva, pero el orgullo en su mirada era más elocuente que cualquier abrazo.
Nos sentamos a la mesa. La iluminación era cálida, tenue. Mi madre sirvió el vino con precisión.
—Es el que te gusta —dijo—. El cabernet del 2008.
—Lo recuerdas todo.
—Por supuesto que sí. Eres mi hijo.
Comenzamos a cenar y, por primera vez en el día, sentí que la tensión empresarial se desvanecía un poco.
—Cuéntanos —pidió mi madre—. ¿Cómo fue realmente la reunión? No quiero el resumen ejecutivo. Quiero saber cómo te sentiste.
Esa pregunta era tan propia de ella.
Miré mi copa un instante antes de responder.
—Fue intensa. La empresa tiene potencial, pero el equipo directivo es débil. Dudaban. Y cuando alguien duda en una negociación, pierde poder.
Mi padre asintió con aprobación.
—¿Y qué hiciste?
—Les ofrecí estructura. Control temporal. Les dejé claro que podían crecer conmigo… o desaparecer sin mí.
Mi madre levantó una ceja.
—A veces olvido lo firme que puedes ser.
—El mercado no premia la suavidad —respondí con tranquilidad.
—Pero la vida no es solo mercado, Jonathan —replicó ella suavemente.
Mi padre intervino antes de que la conversación se volviera filosófica.
—Lo importante es que lideres sin perder tu ética. El dinero se gana y se pierde. La reputación, no.
Asentí. Esa era una lección repetida desde que tenía memoria.
—Recuerdo cuando tenía doce años y perdiste aquel torneo de tenis —dijo mi madre de repente, sonriendo—. Volviste furioso.
—No estaba furioso —protesté.
—Estabas devastado —corrigió mi padre—. Y querías renunciar.
Solté una pequeña risa.
—Tenía doce años.
—Y ya odiabas perder —dijo él con orgullo contenido—. Te hice volver a la cancha al día siguiente.
—Lo recuerdo. Dijiste que un Blake podía caer, pero no quedarse en el suelo.
—Exactamente.
Mi madre apoyó su mano sobre la mía.
—Siempre has tenido ambición, Jonathan. Pero también corazón. No lo olvides mientras sigues subiendo.
La cena avanzó entre historias. Recordamos los veranos en la casa del lago. Las veces que intenté escapar de las clases de etiqueta. Cómo insistí en trabajar en la empresa de mi padre durante un verano solo para demostrar que no quería privilegios vacíos.
—Te hice archivar documentos durante dos meses —dijo mi padre, divertido.
—Y aprendí más ahí que en cualquier aula.
—Porque observabas —añadió él—. Siempre observabas.
Mi madre cambió ligeramente el tono de la conversación, esa chispa traviesa encendiéndose en sus ojos.
—Hablando de observar… ¿hay alguien especial últimamente?
Suspiré con una sonrisa resignada.
—Sabía que llegaríamos a esto.
—Es una pregunta legítima —insistió ella—. Tienes veintiocho años, Jonathan. Exitoso, atractivo, brillante… ¿de verdad no hay nadie que te mueva el suelo?
Mi padre bebió un sorbo de vino, claramente entretenido.
—Tu madre no descansará hasta ver un heredero corriendo por estos pasillos.
—No se trata solo de eso —dijo ella—. Se trata de que no estés solo.
La miré con calma.
—No estoy solo. Tengo una vida llena, madre.
—Una vida ocupada no es lo mismo que una vida compartida.
Hubo un pequeño silencio.
—Cuando encuentre a alguien que esté a mi altura —respondí finalmente—, alguien que no se intimide con mi ritmo… entonces lo sabrán.
—Eso me gusta escuchar —dijo mi padre—. No te conformes. Nunca lo hiciste.
Mi madre sonrió, aunque en sus ojos había una mezcla de esperanza y preocupación.
Terminamos el postre entre risas. Mi padre comenzó a hablar sobre mercados internacionales y me pidió mi opinión sobre la expansión hacia el sur.
—Atlanta está creciendo más rápido de lo que muchos creen —comenté—. Tecnología, infraestructura, nuevos capitales. Es una oportunidad estratégica.
—También es un terreno competitivo —advirtió él.
—Lo sé. Por eso voy.
Mi padre sostuvo mi mirada unos segundos.
—No vayas solo a ganar, Jonathan. Ve a entender el terreno. Escucha antes de mover piezas.
Asentí.
Después de la cena, caminamos hacia la biblioteca. Ese lugar siempre había sido mi favorito. Libros antiguos, cuero, madera oscura. Ahí mi padre me enseñó a leer balances financieros antes que novelas.
—Estoy orgulloso de ti —dijo de pronto, sin dramatismo.
No lo decía con frecuencia.
—Gracias, padre.
—Has construido algo propio. Eso tiene valor.
Mi madre se acercó y me abrazó con más fuerza de la habitual.
—Solo prométeme que, pase lo que pase, no te olvidarás de quién eres cuando estés en la cima.
—Nunca lo haría.
—Y llámame cuando llegues a Atlanta —añadió.
—Lo haré.
Mi padre me estrechó la mano, pero esta vez su agarre fue ligeramente más largo.
—Conquista lo que tengas que conquistar. Pero hazlo con inteligencia.
Salí de la mansión con el eco de sus voces aún presente. El aire nocturno era más frío que dentro de casa, pero me sentía centrado.
Mientras el coche avanzaba por la avenida iluminada, pensé en todo lo que llevaba conmigo: disciplina, ambición, legado.
No solo era Jonathan Blake, el empresario joven que cerraba tratos millonarios.
Era el hijo de dos personas que me enseñaron que el poder sin principios no sirve de nada.
Y mientras la ciudad se abría ante mí, entendí algo con absoluta claridad:
Podía construir imperios.
Pero siempre habría una mesa iluminada esperándome en casa.
Y eso… eso era mi verdadera base.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰