Una epidemia mortífera provocada por un fármaco que corrompió la sangre humana, extermina por completo a todos los vampiros del mundo. Tan solo sobrevive una mujer, Claudia Dumitrache, debido a que ella fue engendrada antes que estallara la fatídica pandemia. Claudia descubrirá que es una mujer vampiro por sus incontrolables deseos de beber sangre y hacer el amor sin contenerse. Así se inicia toda suerte de riesgos, aventuras, romances y peligros para Claudia en su afán de encontrar a otros vampiros, como ella, recuperar el abolengo y ser feliz con los suyos. Claudia, en efecto, buscará prolongar la estirpe y a la especie engendrando otros vampiros, empero debido a la sangre corrompida de los humanos, ya no surtirá efecto, no solo en sus deseos de embarazarse ni tampoco habrá transformación al morderles el cuello y beberle la sangre a sus víctimas. Claudia es capitana de policía y deberá evitar ser descubierta aunque su naturaleza de mujer vampiro la hará buscar, en forma vehemente y febril, la sangre humana por la ciudad, provocando todo tipo de situaciones y enredos que harán las delicias de los lectores. Claudia buscará igualmente el verdadero amor y en esos afanes, conocerá a muchas personas tratando de hallar la felicidad.
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Capítulo 21
Mamá llegó de repente a la ciudad. Yo estaba comandando un operativo sorpresa en un barrio marginal donde se comercializaban fármacos prohibidos, cuando me llamó la jefa del counter de la línea aérea propiedad de mi madre. -La señora Dumitrache llegó de Glasgow hace unos momentos, señorita Claudia-, me anunció ella muy formal como siempre.
¿Uh? Mamá no me había anunciado nada, tampoco Tatiana, sin embargo esas visitas sorpresas de mi madre eran habituales y no debían sorprenderme. Era costumbre que de repente y de la nada, mamá se apareciera en la puerta de mi casa, cuando yo tenía la cara embarrada en cremas para el cutis, hacía el amor con un hombre cualquiera o estaba desnuda después de haberme duchado, leyendo una revista de modas. Ella era así de impredecible.
Fui a buscarla a su hotel después que terminé mis labores en la comandancia. Me puse un jean, botines, una blusa verde, una chamarra marrón y me solté los pelos sobre los hombros.
Miriam Terence, la recepcionista del hotel, apenas me vio se empinó y me sonrió con encanto. -¡¡¡Señorita Claudia!!!-, chilló emocionada. Igual Fabiola y Fabiana, las azafatas, Édgar y los otros botones y los demás empleados del hotel que no dejaban de brincar como conejitos al verme.
Todos me saludaban con mucha cortesía, me besaban y los más confianzudos me abrazaban eufóricos y frenéticos. Los empleados del hotel me quieren mucho, me adoran en realidad y eso que vengo muy poco al hospedaje, propiedad, también, de mi madre. Como dice Tatiana, tenemos el encanto de los Dumitrache en las venas. En verdad lo que yo había descubierto es que tenía un poder intrínseco de atraer a hombres y mujeres por mi condición de mujer vampiro. Ya les digo, yo era atractiva, provocativa y seductora por mis cuatro costados en ellos y ellas. ¡¡¡Ejerzo una irresistible hipnosis sobre los humanos!!!
-Su madre está jugando tenis, ahorita en las canchas del hotel -, me anunció el gerente maravillado con mis ojos. El hotel de mamá tiene varias canchas de tenis. A mi madre le encanta ese deporte, incluso ella fue tres veces campeona nacional.
En efecto encontré a mamá dándose de raquetazos con una huésped neozelandesa. -Usted es demasiada contrincante para mí-, aceptaba su rival, apabullada por el juego tan contundente de mi madre.
-Al menos déjala ganar un set para no espantarla y vuelva a jugar contigo la revancha-, le pedí a mi mamá, dándole un besote en la mejilla. -Jamás, hija, a mí no me gusta perder ni en los partidos amistosos-, me enfatizó mi madre riéndose con la cara encharcada en sudor.
Después que ella se duchó y se cambió, fuimos a la cafetería y pedimos surtido de frutas. A mí me encantan las frutas, más si tienen fresas, je je je. ¡¡¡Las adoro!!!
-Ya te he dicho hija que saques plata de mis financieras, te lleves los autos y las ropas de mis tiendas y comas lo que quieras en mis restaurantes-, me disparó mamá de frente. A mí nunca me gustó aprovecharme de mi madre. -Yo estoy bien, mamá, me cocino y voy a tiendas como cualquier chica normal-, le aclaré.
-¿Cuándo entenderás que tú eres mi hija, Claudia?-, estaba fastidiada mi madre.
-Ya sabes que no me gusta llamar la atención je je je-, yo estaba de buen humor, saboreando el surtido de frutas.
-Tatiana dice que estás en carencias económicas, vistiendo harapos.-, estaba molesta mamá.
-Tati es exagerada, solo le pedí que me habilite un sencillo, unas cuantas monedas para comprar el diario je je je-, le dije sorbiendo el surtido de frutas. Hummmm, estaba exquisito.
-No, tú eres la mentirosa, Claudia, estás pasando hambre y eso no lo voy a tolerar-, me reclamó mamá. Mi madre no entendía que yo no quería aprovecharme de ser la hija de la mujer más millonaria del mundo, sino ser como mi secretaria o mi adjunto, el capitán Richards o mis amigas que gastaban su dinero que ganaban trabajando, dándose sus gustos y no tener que valerse de nadie.
Lo del dinero, en realidad, era lo de menos, el mayor problema cuando llega mamá a la ciudad es que yo trago demasiado. Ella me lleva a todas sus tiendas de comida rápida a comer hamburguesas embadurnadas de mostaza, o a sus restaurantes exclusivos a deleitarme con el delicioso pollo al horno que es la especialidad de sus chefs. Siempre acabo las visitas de mamá hecha un barril por tanto comer. Esa semana que mi madre estuvo en la ciudad no fue a excepción. Comí tanto que apenas podía respirar y estaba más inflada que un globo aerostático.
Mamá también quería que yo me case y tuviera hijos. Me martillaba siempre con el mismo tema, machacándome sin piedad. -Ya no puedes estar jugando por allí con los hombres, pasándotela entre aventurillas y amores furtivos, Claudia-, me subrayó cuando tomábamos Sol en su playa privada, tostándonos y broceándonos a nuestras anchas. Nos habíamos puestos tangas tan microscópicas que las pitas se extraviaban en nuestras pronuncias y sinuosas curvas. -Quiero que sientes cabeza de una buena vez por todas-, me pidió mamá.
Lo malo es que todos los hombres me llamaban la atención en mi vida tan disipada. La culpa obviamente era ser una mujer vampiro. Tatiana estaba libre de eso, en cambio yo no sabía a quién elegir como futuro marido.
-No soy una coqueta, madre, recuerda que soy capitana en la policía, tengo que dar una imagen sobria y segura frente a la opinión pública-, le recordé a mamá. Al menos yo trataba de ser así.
Eso de ser capitana también le era un martirio a mi madre. No le gustaba que yo fuera policía. Ella me imaginaba siempre dándome de balazos con hampones y sicarios. -¿Por qué no te vienes conmigo a Glasgow? Podrías manejar mi casa de modas, quizás al equipo de fútbol, la escudería de Fórmula uno, los cruceros, regentar mis hoteles, las clínicas-, tomó ella mi mano.
-Me gusta lo que hago madre, me gusta ser policía-, le subrayé.
-Tienes la cabeza de piedra igual que tu padre, murió siendo un músico de cuarta cuando yo le ofrecía el mundo entero-, sopló su enfado mamá.
Sin embargo fue una semana maravillosa junto a mamá. Hacía buen tiempo que no estábamos juntas. Mi madre aprovechó para visitar sus empresas y oficinas. Me regaló tres tarjeta de crédito de diamante y colmó de dinero mi billetera electrónica. Yo echaba chispas, por supuesto.
-A tu hermana y a mí nos preocupa que gastes más de lo que tienes y vivas en condiciones paupérrimas y miserables-, me reclamó mamá. Ella también se enfadó cuando me vio con el "Súper Sexy". -Mis carros son mejores que esa porquería que manejas-, me subrayó colérica. A mí me gustaba darle la contra, je je je.
Fuimos por toda la ciudad riéndonos y haciendo bromas. -Era tan mal abogado que hasta perdió la muela del juicio-, conté un chascarrillo y mamá se reía a carcajadas, incluso hasta las lágrimas. -Era un carpintero tan fanático que solo comía pez martillo y pez sierra-, seguí con mis chistes malos y mamá reía remeciendo la ciudad entera.
No quería que mamá se regresara a Glasgow. -Déjala a Tatiana a cargo de todo y quédate conmigo, madre-, le pedí en el aeropuerto. Mamá me besó la cabecita. -Tú eres la que me saca canas, Claudia, no podría vivir contigo ni cinco minutos-, me confesó. -Deberías ser juiciosa como Tati, no entiendo cómo siendo gemelas tan idénticas, tú eres tan despreocupada, viviendo como una mendiga-, me insistió ella molesta.
Mamá se fue en su avión privado. Las lágrimas corrieron por mis mejillas como cataratas. La counter de la línea aérea de mi madre me vio llorando como una adolescente. -Quizás muy pronto, cuando usted se convierta en madre, valorará todo lo que su mamá se preocupa por usted, señorita Claudia-, me dijo. Ella tenía razón.
Acepté asintiendo con la cabeza. -Mi madre es la mujer más maravillosa del mundo-, suspiré.