Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 22 - Cocinando por primera vez
Max se quedó mirando el celular que tenía en la mano. En toda su vida no había cocinado nada él solo. Ya no digamos un arroz frito: ni siquiera sabía poner a cocer el arroz para que quedara en su punto. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora?
—¿De verdad el bebé quiere un arroz frito hecho por mí? —volvió a preguntar, nada seguro de sí mismo.
—Sí, no estoy mintiendo. El bebé se va a poner a llorar si no come el arroz frito que le prepare su papá —insistió Camila, terca.
Y de verdad no mentía. Desde que se despertó, había sentido que tenía que comerse un arroz frito hecho por ese hombre. Si no cumplía ese antojo pronto, sin saber muy bien por qué, sentía que iba a echarse a llorar.
—Está bien. Espérame allá. Te lo voy a preparar.
Camila, obediente, se fue a esperar a la sala de estar. Muy contenta, se puso a ver las películas que pasaban en la televisión, sin hacerle el menor caso a Max, que no tenía ni idea de por dónde empezar.
Al final, Max llamó a doña Lupe. Le preguntó cómo se cocía el arroz como era debido y fue anotando, paso por paso, cómo se preparaba un arroz frito. Doña Lupe se ofreció a ir al departamento para hacérselo ella misma a Camila, pero Max se lo prohibió: el bebé solo quería comer el arroz frito que él cocinara.
Después de casi una hora entera, aquel arroz frito, fruto de tanta lucha, por fin quedó listo. Max no tenía idea de a qué sabía y no se atrevía a probarlo. Lo único seguro era que, de todos los intentos, ese último era el único que no se le había quemado.
Con el corazón latiéndole a toda prisa, llevó su obra maestra a la sala. Se moría de ganas de ver a la mujer comerse lo que había cocinado. Pero se encontró con otra escena: Camila se había quedado profundamente dormida, con el control remoto de la tele en la mano.
Max dejó el plato en la mesa y se acercó a ella con la intención de despertarla. Ver su rostro tan de cerca le despertó algo distinto. Tal vez era que ese día no tenía la cabeza muy clara, pero sintió unas ganas enormes de protegerla. No quería que volvieran a lastimarla.
Le apartó el cabello de la cara y empezó a acariciarle la mejilla con suavidad. Una sensación cálida lo fue envolviendo. Sin darse cuenta, acercó su rostro al de ella y le dio un beso largo en la frente.
El propio Max se quedó pasmado por lo que acababa de hacer. Se apartó de ella de golpe. ¡Estoy loco! ¡Loco! ¡Completamente loco!* ¿Por qué la había besado? ¿En qué estaba pensando? ¡Pervertido de porquería!* Se maldijo a sí mismo. No podía creer su propia conducta. Por lo general sabía controlarse, y encima ahora ni siquiera estaba borracho. Entonces, ¿por qué había besado a esa mujer en la frente? ¿Qué demonios tenía en la cabeza?
Se puso a caminar de un lado a otro, desconcertado consigo mismo. Estaba tan confundido que no notó que Camila ya había abierto los ojos.
—¿Ya está el arroz frito? Tengo mucha hambre.
Al oír su voz, Max se volteó rápidamente.
—¿Ya despertaste?
—Sí, tengo muchísima hambre… —empezó a lloriquear ella.
Max tomó el plato que había preparado, rogando por dentro que aquello fuera comestible.
—Aquí está tu arroz. No estoy seguro de cómo quedó de sabor…
Camila le arrebató el plato. Lo que Max dijo después ni siquiera lo escuchó. Con ojos de hambrienta, se llenó la cuchara hasta el tope y se la metió a la boca. Comía con un apetito voraz, como alguien a quien no le hubieran dado de comer en varios días.
—Despacio. —Max tomó un pañuelo desechable de la mesa y le limpió los labios, embarrados de arroz.
Camila no le hizo caso. Solo se concentraba en masticar y masticar.
—Come despacio. ¿Está rico?
Ella asintió con entusiasmo, y a él le picó todavía más la curiosidad. Era lo primero que cocinaba en su vida. ¿De verdad estaría tan bueno como ella decía? ¿Sería un genio de la cocina? ¿El primer intento y ya le llovían elogios? Sin poder aguantarse, agarró otra cuchara y lo probó.
—¡Pfffff…!
Escupió el bocado. Los granos de arroz salieron volando para todos lados. Corrió al refrigerador y se tomó toda el agua que pudo. Era lo más asqueroso que había comido en su vida: una salazón brutal combinada con un sabor a cebolla demasiado fuerte. En pocas palabras, ¡aquello no se podía comer!
Le quitó el plato a Camila y lo dejó en la mesa.
—¡Mi arroz! ¡Mi arroz! —protestó ella, nada conforme con lo que él acababa de hacer.
—Esto no se puede comer. Te voy a comprar un arroz frito que esté rico. Toma mucha agua.
Max le tendió una botella de agua, pero ella le apartó la mano de un manotazo.
—¡No quiero! ¡Quiero mi arroz frito! —gritó Camila. Al parecer, la paciencia se le estaba agotando.
—Oye, cariño, tranquila. Te voy a comprar algo rico. Esto no se puede comer…
—¡Pero está rico! ¡Yo quiero ese! ¡No quiero otro!
Camila no daba su brazo a torcer. Después de casi diez minutos de discusión, Max terminó cediendo en cuanto vio que a ella empezaban a salírsele las lágrimas.
Le devolvió el plato, y Camila volvió a devorarlo con ganas.
—¡Quiero más!
Negando con la cabeza, Max regresó a la cocina y preparó otra tanda de arroz frito. Hasta que se terminó tres platos, Camila no se sintió llena. Se recargó en el sofá, satisfecha. Max la observaba con curiosidad.
—¿Ya te llenaste?
—Ajá.
—¿Qué tal estuvo el arroz?
—Riquísimo. —Camila levantó los dos pulgares.
—¿En serio?
—Sí.
Ella sonreía muy satisfecha, y Max no entendía nada. ¿Acaso a las embarazadas les cambiaba el sentido del gusto? ¿Cómo era posible que algo tan incomible le supiera delicioso? ¿Había algo mal?
—Ya estoy llenísima. Tengo sueño… —Camila empezó a bostezar.
—Ve a dormir a tu cuarto.
—No, quiero dormirme aquí…
—¡A dormir al cuarto!
—¡No! ¡Me quiero dormir aquí! —se empecinó ella otra vez.
—Te vas a resfriar si duermes aquí. El sofá está muy angosto. Te puedes caer…
—¡Me quiero dormir aquí!
Max trató de contener el enojo. Hasta entonces, nadie se había atrevido a llevarle la contraria. Pero esa mujer lo contradecía una y otra vez. Sin pensarlo dos veces, se acercó a Camila y la levantó en brazos de un solo movimiento.
—¡Ay…! Bájame. ¡Bájame…!
—Te voy a llevar al cuarto. Tienes que dormir en la cama.
—Pero el bebé quiere dormir ahí…
—No pongas al bebé de pretexto. Sé que lo que quieres es dormirte en el sofá viendo la tele. Mañana te pongo una televisión en el cuarto.
—P-pero…
—Nada de peros. Hazme caso antes de que me enoje.
El tono de amenaza en su voz la hizo callar. Max la acostó con cuidado en la cama y la tapó con la cobija.
—Que duermas bien.
Y salió del cuarto.