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BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno / Mujer poderosa
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7 EL PRECIO DE LA DESESPERACIÓN

Aelion

El peso de mi capa de viaje sobre sus hombros frágiles no lograba ocultar el temblor que recorría todo su cuerpo.

La rodeé con el brazo, apretándola contra mi costado mientras la sacaba de esa maldita guarida de alimañas. Nadie en La Taberna se atrevió a levantar la mirada del suelo. Caminamos entre el silencio sepulcral de los mercenarios y los borrachos aterrorizados. Mis botas resonaban en la madera con la firmeza de un verdugo, pero por dentro, el pecho me ardía en un fuego que amenaza con reducir Aethelgard a cenizas.

En cuanto salimos a la noche fría de las Comarcas, el aire limpio me golpeó el rostro. A unos metros, aguardaba mi carruaje real de madera negra pulida y detalles en plata, custodiado por Albus, mi caballo, quien al verme llegar con la muchacha envuelta en mi manto se alarmó.

—Aelion ¿Quién es ella?

—Silencio Albus. Después te cuento...

La subí al interior del vehículo con delicadeza, aunque mis manos temblaban de rabia contenida. Me adentré tras ella, cerrando la puerta de un golpe seco que sofocó el ruido del viento nocturno.

El espacio dentro del carruaje era amplio, acolchado en terciopelo azul noche y alumbrado por la luz tenue y tibia de un farol de cristal mágico. Mia se encogió en el rincón del asiento, pegando la espalda contra la madera, envolviéndose más en mi capa para cubrir el diminuto cuero que apenas tapaba sus pechos y la desnudez de sus piernas. Las lágrimas seguían limpiando el polvo de sus pómulos blancos, y sus ojos ámbar me miraban con una mezcla de shock, miedo y una vergüenza absoluta.

Me senté frente a ella, apoyando los codos en las rodillas. La sola visión de su rostro, de sus labios entreabiertos y del desamparo en su postura hacía que la cabeza me diera vueltas.

—¿Qué estabas haciendo en ese lugar, Mia? —exigí saber, mi voz sonando grave, rasposa y cargada de una autoridad que no pude disimular—. ¡¿En qué estabas pensando al ponerte esa porquería de ropa y exponerte a que esas bestias te pusieran las manos encima?! ¡Te habrían despedazado si no llegaba a tiempo!

Mia trago saliva con dificultad, ahogando un sollozo que le apretaba la garganta. Evitó mi mirada, fijando la vista en sus propias manos entrelazadas sobre el terciopelo.

—Necesitaba... necesitaba el empleo —musitó en un hilo de voz quebrado, tan débil que casi lo devora el crujido de la madera.

El estallido de frustración en mi pecho fue inmediato.

—¡¿Un empleo?! —repetí, la voz alzándose apenas un tono pero transmitiendo una furia peligrosa—. ¡¿Un empleo servil en el peor prostíbulo de la frontera?! Si trabajo es lo que querías, si estabas tan desesperada... ¡¿por qué no hablaste con mi madre?! ¡¿Por qué no hablaste conmigo?! ¡Te habría dado una posición digna en el palacio, en los jardines o en el mismo sanatorio! ¡No tenías que rebajarte a esto!

Mia se mordió el labio inferior con fuerza, y las lágrimas volvieron a desbordarse por sus pestañas.

—Yo... yo no lo sé... —respondió, su voz apagándose en una mezcla de confusión y orgullo herido.

La miré en silencio durante unos segundos. El farol de cristal iluminaba los contornos de su rostro, las ondas castañas de su cabello desordenado y el escote que la capa abierta dejaba entrever. Se veía tan frágil, tan hermosa, pero al mismo tiempo tan exasperantemente indomable.

Y entonces, la amargura del desengaño volvió a envenenarme la sangre.

Recordé el motivo por el que estaba trabajando ahí: el dinero. Recordé cómo aceptó mi primera bolsa de gemas en el bosque, cómo le mintió a mi madre sobre el "novio" y cómo prefería vender su dignidad en un bar antes que acudir a mí. La rabia, los celos enfermizos y un deseo primitivo que amenazaba con destruir mi cordura se fusionaron en mi mente.

Incliné el cuerpo hacia adelante, metiendo la mano dentro de mi túnica ceremonial. Saqué una segunda bolsa de cuero pesado, idéntica a la que le había dado en el Coto Real, repleta de gemas preciosas que resplandecieron bajo la luz del farol. El sonido sordo del metal y las piedras resonó entre los dos.

—Así que todo se reduce al dinero... —dije, mi tono volviéndose helado, rasposo y cargado de un juicio amargo—. Si tanto necesitas el oro, si estás dispuesta a arriesgarte a que un grupo de cambiaformas te toque por unas cuantas monedas... entonces hagamos un trato.

Mia levantó la cabeza de golpe. Sus ojos ámbar se clavaron en los míos con incredulidad.

—Si quieres más dinero... acuéstate conmigo de nuevo —solté sin anestesia, mostrando la bolsa en la palma de mi mano frente a su rostro—. Entrégate a mí, aquí mismo en el carruaje, y otra bolsa de gemas será tuya. Sin preguntas y sin condiciones.

El tiempo pareció detenerse dentro del carruaje. El único sonido era el viento nocturno afuera y el latido desbocado de mi propio corazón. Esperaba que me diera otra cachetada. Esperaba que me gritara, que me llamara miserable, que me escupiera a la cara demostrándome que su honor no tenía precio. Anhelaba con desesperación que rechazara la oferta para limpiarla del juicio que la aplastaba en mi mente.

Pero Mia no me golpeó.

Se quedó mirándome, la respiración acelerada, sus pupilas dilatadas. Vi el conflicto brutal que se libraba detrás de sus ojos ámbar, la desesperación devorándola por dentro. Vaciló durante un segundo agónico que se sintió como un milenio. Pasó la lengua por sus labios secos y, lentamente, en un susurro tan tenue que casi se disolvió en el aire, dijo:

—Esta bien.

Las dos palabras cayeron sobre mi pecho como una estocada de acero hirviendo.

Un dolor agudo, profundo y desgarrador me atravesó el centro del alma. No entendía por qué me dolía tanto. Yo había hecho la oferta, yo la había provocado, pero escuchar su aceptación me destruyó por dentro. ¿Tanto amaba el dinero?, me pregunté con una rabia amarga que me ahogaba. ¿Tan poco valía su virtud que era capaz de entregarse a mí una vez más a cambio de una bolsa de piedras brillantes?

Tragué la hulla de mi propia decepción, apretando la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.

—Esta bien —dije, manteniendo la voz dura para enmascarar la grieta en mi orgullo.

Mia no esperó. En un gesto cargado de una desesperación trágica, tomó la iniciativa. Se deslizó desde su rincón y se sentó sobre mi regazo, acomodándose a horcajadas sobre mis muslos. Sentir el peso de su cuerpo, la tibieza de sus piernas desnudas al rozar la tela de mis pantalones y la cercanía de su aliento me hizo perder el control de la razón.

El dolor de mi corazón fue aplastado de golpe por una ola de calor abrasador.

Fui yo quien tomó las riendas de la pasión. La rodeé de la cintura con una fuerza posesiva, pegándola a mi pecho mientras mi otra mano subía por su espalda, colándose por debajo de la capa. Mia soltó un leve jadeo cuando mis labios encontraron la piel suave de su cuello. La besé lentamente, saboreando la calidez de su carne, ascendiendo con caricias hambrientas por su mandíbula hasta alcanzar sus labios.

Cuando nuestras bocas se unieron, el mundo entero pareció desaparecer.

El beso fue intenso, desesperado, lleno de una necesidad mutua que quemaba como el fuego. Sentí que Mia abría la boca bajo la mía, respondiendo a mi toque con un temblor que me enloquecía. Todo ardía dentro de ese carruaje en movimiento. El aroma a jazmín y tierra de su piel inundó mis sentidos; mis manos bajaron por sus caderas, sintiendo la suave curva de su cuerpo que me pertenecía por mandato de la Diosa, mientras mi sangre rugía exigiendo tomarla allí mismo.

Incliné su cuerpo hacia atrás sobre el acolchado del asiento, mi peso comenzando a cernirse sobre ella, cuando de repente...

Las ruedas del carruaje cruzaron sobre un bache profundo en el camino de tierra, haciendo que el vehículo diera un salto violento.

El impacto rompió la atmósfera sofocante.

Mia pareció despertar del hechizo de golpe. Se tensó entre mis brazos como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus manos, que antes se aferraban a mis hombros, me empujaron el pecho con una fuerza desesperada.

—¡No! —suplicó, con la voz quebrada por un pánico real, los ojos ámbar abiertos de par en par y llenos de lágrimas frescas—. ¡No, por favor! ¡No quiero! ¡No me obligues a hacerlo por favor!

Sus palabras resonaron en la penumbra del carruaje con la fuerza de un latigazo.

Me congelé. Mi respiración agitada se detuvo en seco. La miré a los ojos y vi el terror puro, la humillación y el sufrimiento de una mujer que estaba a punto de traicionarse a sí misma por pura desesperación. No había codicia en su mirada; había tormento.

Ese "no me obligues" me atravesó el alma con una piedad y un remordimiento tan feroz que el deseo se apagó de golpe, dejado en su lugar un frío desolador.

Acepté de inmediato.

—Está bien... está bien —dije con la voz suave, raspada por la emoción, liberándola de mi agarre y retrocediendo para darle espacio.

Y eso... no sé por qué me dolió aún más. Me dolió ver que prefería detenerse antes que completar el trato, me dolió darme cuenta de que la estaba presionando como un tirano y me dolió saber que la brecha entre los dos se hacía cada vez más profunda.

Mia se encogió sobre el asiento, sollozando en silencio, intentando cubrirse de nuevo con la capa. Se veía tan agotada, tan rota por los acontecimientos del día, que la rabia en mi interior se disipó por completo, dejando solo un deseo profundo de protegerla.

Me acomodé a su lado, sin tocarla de forma lasciva. Pasé un brazo por detrás de sus hombros con delicadeza.

—Recuéstate en mí y descansa —le dije en un murmullo bajo, dejando de lado al príncipe y al cazador, siendo solo el hombre que quería velar por su sueño—. Te llevaré a tu casa.

Mia me miró con timidez durante un segundo, procesando la suavidad de mis palabras. Parecía no tener fuerzas para seguir luchando. Con un largo suspiro, dejó caer su cabeza cansada sobre mi pecho, apoyando su mejilla contra la seda de mi túnica.

—Dime hacia dónde vamos —pedí en voz baja.

—Toma el camino del este... pasando el molino de agua... la casa de madera junto al arroyo —susurró ella, cerrando los ojos por el cansancio acumulado.

Me asomé ligeramente por la ventanilla frontal del carruaje.

—Albus —llamé mentalmente —. Toma el desvío del este, hacia el arroyo pasado el molino.

—A la orden, su alteza —respondió la voz de mi amigo.

El resto del viaje transcurrió en un silencio pacífico y denso. Escuché la respiración de Mia volverse pausada y profunda contra mi pecho. Su calor me reconfortaba, pero la mente me funcionaba a mil por hora. Miraba el techo del carruaje preguntándome qué secreto guardaba esta mujer, qué dolor la llevaba a extremos tan desesperados y cómo iba a lograr que me mirara sin miedo ni resentimiento.

Veinte minutos después, el carruaje se detuvo suavemente junto a una pequeña y humilde casa de madera a las afueras de la comarca.

Mia abrió los ojos de golpe, despabilándose. Al darse cuenta de que había estado dormida sobre mi pecho, se incorporó a toda prisa, acomodándose la capa alrededor del cuerpo con torpeza.

—Ya llegamos —dije con suavidad.

Ella me miró, con el rostro sonrojado por la vergüenza.

—Gracias... por traerme —musitó, alcanzando el picaporte de la portezuela para bajar.

Antes de que sus pies tocaran el suelo de tierra, tomé la bolsa de cuero pesado con las gemas que había dejado sobre el asiento. Se la extendí con firmeza.

Mia miró el oro y luego me miró a mí, negando con la cabeza.

—No... no hicimos nada. No puedo aceptarlo —dijo con orgullo.

—Tómala —insistí, cerrándole los dedos alrededor del cuero suave, sin dejar espacio para réplicas—. Por si lo necesitas. No me debes nada, Mia.

Ella se quedó inmóvil, mirando la bolsa en sus manos con una mezcla de conmoción y algo indescifrable en sus ojos ámbar. Bajó del carruaje con la capa real aún sobre sus hombros, pisando el suelo de su hogar.

No esperé a que dijera nada más. Cerré la portezuela del vehículo para no ceder a la tentación de bajarme tras ella.

—En marcha, Albus —ordené.

El carruaje arrancó de inmediato, las ruedas girando sobre la tierra, alejándome de la pequeña casa de madera. Me asomé por la ventanilla trasera y la vi parada junto al arroyo, envuelta en mi manto negro, viendo cómo me marchaba en la penumbra de la noche. Y mientras la distancia nos separaba una vez más, supe en lo más profundo de mi ser que esto no había terminado.

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Nery Guerrero
así me gusta q te superes y le calles la boca a la gente
Nery Guerrero
así es Mia para adelante y más nada
Nery Guerrero
q bien Mia les diste en la mera torre nadie se burla de ti
Nery Guerrero
así es demuestra lo que eres y lo q sabes q todos te respeten
Nery Guerrero
te admiro Mia supérate para q estés a la altura del Príncipe no dejes q nadie te pisotee
Nery Guerrero
Bueno Mia ese es un riesgo que tú tienes que correr
Nery Guerrero
q Rico y a la vez frustrante la interrupción pero lo disfrutaron un rato
Nery Guerrero
bien por Dorian y Mia pero los humillaran por ser pobres los defenderá la reina estará embarazada Mia
Nery Guerrero
q lindo conquista a tú chica ella es una buena niña no la hagas sufrir
Nery Guerrero
esa Mia si es boba dígale la verdad y punto deja q el Príncipe crea lo peor de ella en el fondo ellos dos se gustan
Nery Guerrero
q Mia ella sabe que el Príncipe la consigue dónde sea pero es una necia y el Príncipe la humilló muy feo
Nery Guerrero
q chimbo Mia de dijo lo del novio para no delatar al Príncipe pero el Príncipe no se lo q está pensando
Nery Guerrero
será q la reina se dará cuenta de lo q pasó entre ellos
Nery Guerrero
hay q ver q los hombres son idiotas la embarran y después se hacen los inocentes después de q la disfruta la caga
Nery Guerrero
q rico seguro q ella queda embarazada más a favor de el
Nery Guerrero
wow ese afrodisiaco si q es fuerte ojala y la chica le haga el favor y después q castigue a la princesa por mala gente
Nery Guerrero
por el pedazo que leí se ve q va ser buena
Zaida Sanchez
primera vez que la protagonista quiere el aborto 😭🤔
Zaida Sanchez
excelente historia me encanta 😍😍😍😍
Zaida Sanchez
puro fuego 😵‍💫🫨🥵
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