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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: El fantasma del pasado

Santiago no intentó negar lo que Valentina había escuchado.

Eso, por alguna razón, la enfureció menos y la asustó más. Se quedaron en la cocina de Lomas con la bolsa de comida para Isabella sobre la mesa y Doña Carmen fingiendo revisar una olla que no necesitaba revisión.

—¿Quién es ella? —preguntó Valentina.

Santiago pasó una mano por su cabello.

—Una presión familiar.

—Eso no es un nombre.

—Lo sé.

—¿Estás comprometido?

La palabra salió fría, limpia. Santiago levantó la vista de inmediato.

—No.

—¿Pero tu padre quiere que te cases con alguien?

—Mi padre quiere muchas cosas.

—Santiago.

—No hay boda. No hay promesa mía. No hay nada que yo haya aceptado.

Valentina lo miró, buscando el hueco entre sus palabras.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque cada vez que te acerco a mi familia, algo te lastima.

—Eso no mejora cuando me escondes cosas.

Él cerró los ojos un segundo.

—Tienes razón.

Era la tercera vez que él le daba la razón cuando ella estaba preparada para pelear, y aun así no bastó. Valentina tomó la bolsa para Isabella.

—Necesito irme.

Santiago no la detuvo.

—Te llevo.

—No. Pido un Uber.

—Valentina...

—No me sigas esta vez.

Santiago se quedó inmóvil. Doña Carmen bajó la mirada.

—Está bien —dijo él, con voz baja.

Durante tres días, Valentina habló con él lo mínimo. No lo bloqueó. No hizo un drama. Fue peor: contestó mensajes con frases cortas y evitó verlo a solas. Santiago respetó la distancia, pero su presencia siguió alrededor de su vida como una sombra educada. Flores no mandó. Regalos tampoco. Solo un mensaje cada noche:

"Estoy aquí cuando quieras hablar."

El cuarto día, el trabajo la obligó a ir a las oficinas centrales de Grupo Montero.

CDV había avanzado con la cuenta nueva y el Licenciado Garza decidió que Valentina debía acompañarlo a entregar documentación porque, según él, "Herrera sí entiende los números y no pone cara de susto frente a los grandes". Ella no supo si era elogio o sentencia.

El edificio de Grupo Montero en Santa Fe era todo vidrio, altura y gente caminando como si cada minuto tuviera valor en dólares. Valentina llevaba un traje azul sobrio, la pulsera de mariposa bajo la manga y una carpeta apretada contra el pecho.

—No mire tanto hacia arriba —murmuró Garza junto a ella—. Se nota.

—Licenciado, usted lleva cinco minutos mirando la recepción.

—Es mármol importado.

—Entonces mire con discreción.

Garza carraspeó.

La reunión fue breve, técnica y fría. Santiago no apareció. Valentina se dijo que eso era bueno. También se dijo que no le importaba. Ninguna de las dos cosas sonó del todo cierta.

Al salir del elevador hacia el lobby, una voz la llamó.

—¿Valentina?

Ella se giró.

El hombre que se acercaba desde la zona de seguridad tardó un segundo en encajar con el recuerdo. Más alto, más serio, traje gris en lugar de camisa de preparatoria, barba ligera donde antes había cara de muchacho. Pero la sonrisa era la misma.

—¿Rodrigo?

Rodrigo Fuentes abrió los brazos con una sorpresa genuina.

—¡No puede ser!

Valentina dejó la carpeta contra el pecho y lo abrazó antes de pensarlo. El abrazo olía a loción limpia y a algo familiar, como tardes en Puebla, calles más lentas, una versión de sí misma que todavía no sabía cuánto pesaba vivir sola en CDMX.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, separándose.

—Trabajo aquí. Bueno, en Monterrey casi siempre. Vine a juntas. ¿Tú?

—CDV. La cuenta nueva.

—Claro. Escuché que estaban revisando proveedores. —Rodrigo sonrió—. Sigues metida en cosas complicadas.

—Y tú sigues apareciendo sin avisar.

Garza, detrás de ella, se aclaró la garganta con interés renovado.

—Herrera, ¿nos presenta?

Valentina casi olvidó que su jefe existía.

—Licenciado Garza, Rodrigo Fuentes. Fuimos amigos en Puebla. Rodrigo, mi jefe en CDV.

Rodrigo estrechó la mano de Garza con cortesía.

—Mucho gusto, Licenciado.

—El gusto es mío. ¿Fuentes de la dirección regional?

—Monterrey, sí.

La espalda de Garza se enderezó como si alguien le hubiera conectado corriente.

—Excelente. Muy excelente.

Valentina le lanzó una mirada de advertencia. Garza fingió revisar su celular.

Rodrigo volvió a ella.

—¿Tienes tiempo para un café? Quince minutos. Me debes como ocho años de noticias.

Valentina dudó. No por Santiago. O eso quiso creer. Dudó porque Rodrigo pertenecía a un capítulo viejo, y abrir capítulos viejos siempre levantaba polvo.

—Tengo que volver a la oficina.

Garza levantó la vista demasiado rápido.

—Podemos retrasarnos veinte minutos. La relación con Grupo Montero es prioritaria.

Valentina cerró los ojos un segundo.

Rodrigo sonrió con discreción.

—Prometo hablar de negocios al menos dos minutos.

Terminaron en la cafetería del lobby. Garza se sentó en una mesa cercana "para hacer llamadas", es decir, para fingir que no escuchaba. Rodrigo le contó que llevaba tres años en Monterrey, que la ciudad lo había adoptado a golpes de tráfico y carne asada, que su madre seguía preguntando por Valentina cuando veía a su familia en Puebla.

—Mi mamá todavía dice que tú eras la única que podía hacerme estudiar matemáticas —dijo él.

—Porque te daba miedo reprobar conmigo al lado.

—Porque me daba miedo que dejaras de hablarme.

La frase cayó más suave de lo que debía.

Valentina levantó la vista. Rodrigo sonreía, pero había algo detrás, una memoria que no era solo amistad.

—Éramos niños.

—No tanto.

El aire cambió.

Rodrigo lo notó y retiró la intensidad con elegancia.

—Perdón. No vine a incomodarte.

—No lo hiciste.

—¿Estás bien, Valentina?

El uso de su nombre completo, sin apuro, sin brillo de Polanco, la tocó de una manera distinta. Rodrigo no conocía a la novia de Santiago Montero. Conocía a la muchacha que se fue de Puebla con dos maletas y miedo de no lograrlo.

—Estoy... en una etapa complicada.

—Eso suena a frase de adulto que necesita dormir.

Valentina rió.

Rodrigo apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿Te acuerdas de la feria de Puebla? El año que llovió horrible y aun así querías subirte a la rueda de la fortuna.

—Porque tú decías que te daba miedo.

—Me daba miedo.

—Mentiroso. Solo querías que te invitara el boleto.

—También.

La memoria llegó con olor a tierra mojada y el ruido de juegos mecánicos. Valentina tenía diecisiete años, una chamarra prestada y el cabello empapado. Rodrigo había ganado para ella una mariposa de peluche en un puesto de tiro al blanco después de fallar seis veces y gastar casi todo lo que llevaba.

—Mi mamá todavía tiene esa foto —dijo él—. Tú con el peluche, yo con cara de derrota.

—Fue una derrota carísima.

—Valió la pena.

Otra vez, el tono rozó un lugar que no era solo nostalgia. Valentina miró su taza.

En ese momento, Santiago entró al lobby.

No venía hacia ellos. Caminaba con dos hombres de traje y una mujer con tablet, hablando en voz baja. Pero sus ojos encontraron a Valentina como si la hubieran llamado. Luego bajaron a Rodrigo. Al café entre ambos. A la sonrisa que ella no había logrado borrar a tiempo.

Santiago dejó de hablar.

Los hombres con él también se detuvieron, confundidos por una pausa que nadie esperaba de un Montero.

Rodrigo siguió la mirada de Valentina y se puso de pie.

—Santiago.

Se conocían.

Claro que se conocían.

Santiago se acercó con una calma tan perfecta que Valentina supo que estaba furioso.

—Rodrigo.

No hubo abrazo. Solo un apretón de manos breve, correcto, helado.

—No sabía que estabas en la ciudad —dijo Santiago.

—Llegué ayer. Junta con operaciones.

—Pudiste avisar.

—Pensé hacerlo después de la reunión.

Valentina miró de uno a otro.

—¿Ustedes se conocen?

Rodrigo respondió primero.

—Trabajo para Grupo Montero en Monterrey.

Santiago no la miró. Seguía mirando a Rodrigo.

—Rodrigo dirige una de las unidades regionales.

La palabra "dirige" sonó como un expediente, no como un elogio.

Garza apareció de pronto, oliendo oportunidad y peligro.

—Señor Montero, un gusto verlo.

Santiago le dio la mano sin apartar del todo la atención de Rodrigo.

—Licenciado.

Valentina sintió que todos en la cafetería habían bajado la voz. O quizá solo era ella, oyendo demasiado fuerte su propio corazón.

—Rodrigo y yo somos amigos de Puebla —dijo, porque el silencio empezaba a volverse ridículo.

Santiago la miró por fin.

—Eso escuché.

La frase fue educada. El tono no.

Rodrigo metió las manos en los bolsillos.

—Hace años que no nos veíamos.

—Qué coincidencia —dijo Santiago.

Valentina sintió un pinchazo de enojo.

—Sí, una coincidencia. Existen.

Los ojos de Santiago cambiaron apenas. No le gustó que lo corrigiera frente a Rodrigo.

Bien.

Ella tampoco estaba disfrutando ese espectáculo silencioso.

La mujer de la tablet se acercó a Santiago con cautela.

—Señor Montero, la llamada de Nueva York entra en cinco minutos.

Santiago asintió.

—Voy.

Miró a Valentina.

—¿Hablamos después?

No fue una pregunta real. Fue un intento de no tener esa conversación ahí.

Valentina levantó la barbilla.

—Si quieres.

Rodrigo miró al piso, como si quisiera desaparecer de una escena que no había provocado del todo.

Santiago se fue sin despedirse de él.

El resto del café murió ahí. Garza recordó de pronto que tenían prisa. Rodrigo acompañó a Valentina hasta la salida.

—Perdón —dijo.

—No hiciste nada.

—No estoy tan seguro.

Valentina lo miró.

Rodrigo sonrió, pero esta vez no hubo nostalgia, solo cuidado.

—Cuídate, Valentina.

—Tú también.

En el taxi de regreso a CDV, Garza habló diez minutos sobre lo importante que era no incomodar al cliente. Valentina no escuchó. Tenía el teléfono en la mano y ningún mensaje de Santiago.

Llegó a su departamento a las nueve. Estaba abriendo la puerta cuando el celular vibró.

Santiago.

"Necesito saber algo."

Valentina respiró hondo antes de responder.

"¿Qué?"

La contestación llegó de inmediato.

"¿Quién es Rodrigo para ti?"

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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