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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

La casa de los Reyes

Sebastián no dejó que Adrián Rivas dijera otra palabra.

El frío de escarcha llenó el pasillo con una precisión que no rompía vasos ni apagaba luces, pero obligaba al cuerpo a recordar dónde estaba el depredador más grande.

—Fuera —dijo.

Adrián sostuvo la sonrisa un segundo más.

—Qué protector.

—Qué sordo.

Valentín apareció detrás de Sebastián con la tranquilidad de quien llega tarde solo porque quería ver dónde caía la sangre.

—Adrián, precioso, hay fotógrafos en el salón. Si quieres llorar porque un Alfa supremo te habló feo, este es tu momento.

La sonrisa de Adrián se quebró apenas.

—No vale la pena.

—Eso pensamos todos —respondió Valentín.

Adrián se fue con la copa intacta.

Sebastián giró hacia Emilio.

—¿Qué quiso decir?

Emilio sintió la glándula latir bajo el cuello de la camisa.

—Lo mismo que siempre. Quería lastimar.

—No pregunté eso.

—Y yo respondí lo que puedo responder aquí.

Sebastián no insistió frente a Valentín. Ese control, por alguna razón, fue peor que una orden.

La llamada de Lucía llegó antes de que terminara el foro.

Emilio vio el nombre en la pantalla y se apartó hacia una esquina.

—Luz.

—Emi —susurró ella—. ¿Puedes venir mañana?

Algo en su voz le puso el cuerpo en alerta.

—¿Qué pasó?

—Nada grave. Mamá está... ya sabes. Bruno dice que necesita dinero para un curso de preparación y Papá no quiere discutir. Yo puedo decir que no, pero si lo digo yo, después se desquitan conmigo.

Emilio cerró los ojos un instante.

—Voy mañana.

—No tienes que...

—Sí tengo.

Lucía guardó silencio. Cuando volvió a hablar, sonó más niña de lo que era.

—Gracias.

Al día siguiente, Emilio manejó hasta la colonia donde había crecido con una bolsa de pan dulce en el asiento del copiloto y el contrato de inversión de Valentín escondido en la guantera. No sabía por qué lo llevó. Tal vez porque necesitaba recordar que había una puerta fuera de esa casa.

La vivienda de los Reyes estaba igual: fachada beige descascarada, macetas de plástico, una reja que chillaba al abrirse. En la ventana seguía colgada la cortina que Gloria Medina de Reyes llamaba "provisional" desde hacía ocho años.

Lucía abrió antes de que tocara.

—Emi.

Se lanzó a abrazarlo.

Emilio dejó que la bolsa de pan golpeara contra su pierna y la rodeó con un brazo. Lucía olía a jabón de ropa, lápices y nervios. Tenía dieciocho años, pero en esa casa todos parecían más jóvenes de lo que eran o más viejos de lo que merecían.

—Hola, Luz.

—Te ves cansado.

—Tú también.

—Yo pregunté primero.

—No preguntaste.

Ella sonrió un poco. Eso ya valía el viaje.

La sala olía a caldo recalentado y resentimiento. Ramón Reyes estaba sentado frente al televisor con el volumen bajo, como si fingir que veía noticias lo eximiera de participar en su propia familia. Bruno ocupaba el sillón grande, celular en mano, camiseta cara y expresión ofendida por defecto.

Gloria salió de la cocina secándose las manos en el mandil.

—Mira nada más. El señor importante se acordó de que tiene madre.

No "hola".

Nunca "hola".

Emilio dejó el pan sobre la mesa.

—Lucía me llamó.

Gloria llevó una mano al pecho.

—Claro, porque si yo te llamo, seguro no contestas. Una cría hijos para que después la traten como estorbo.

—Mamá —dijo Lucía en voz baja.

—No, déjame. Tengo derecho a decir lo que siento.

Bruno ni siquiera levantó la vista del celular.

—¿Trajiste dinero?

Emilio lo miró.

—Buenas tardes, Bruno.

—Sí, hola. ¿Trajiste o no?

Ramón tosió.

—No empiecen.

Emilio sintió el impulso viejo de ordenar la habitación como si fuera un expediente: Gloria, teatro; Bruno, demanda; Ramón, evasión; Lucía, daño colateral.

—¿Para qué es el dinero?

Bruno se enderezó.

—Curso de preparación para certificación Alfa administrativa. Si lo tomo, puedo entrar a una empresa mejor.

—El mes pasado era para una laptop.

—La laptop era necesaria.

—La vendiste.

Bruno chasqueó la lengua.

—No sabes cómo funciona mi vida.

Emilio apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—Sé cómo funciona mi cuenta bancaria.

Gloria soltó una risa dolida, perfectamente ensayada.

—Eso es lo único que te importa. Tu dinero. Nunca piensas en tu hermano. Bruno es Alfa, tiene necesidades distintas.

Lucía bajó la mirada.

Emilio no.

—Lucía es Omega y nadie aquí se preocupa por sus necesidades distintas.

El silencio cayó pesado.

Lucía tenía una libreta abierta sobre la mesa del comedor. Emilio la había visto al entrar, junto a una guía fotocopiada del examen de admisión de Universidad Soberana, con páginas sueltas sujetas por una pinza porque el engargolado costaba más. Había fórmulas escritas en los márgenes y una lista de temas pendientes hecha con letra pequeña.

—Ella necesita un curso también —dijo Emilio—. Y materiales. Y tiempo para estudiar sin que le pidan lavar platos cada vez que Bruno pierde una discusión.

—Lucía entiende la situación de la casa —replicó Gloria.

—Lucía aprendió a no pedir.

La chica apretó los labios.

Bruno resopló.

—No compares. Yo soy Alfa. Mis certificaciones cuestan más.

—Tus caprichos cuestan más —dijo Emilio—. No es lo mismo.

Ramón bajó la vista al control remoto.

Nadie defendió a Lucía.

Eso también era una respuesta.

Y era la misma respuesta de siempre: primero Bruno, luego la paz de Gloria, después la comodidad de Ramón. Lucía quedaba al final, con sus fotocopias y su cuidado aprendido.

Emilio conocía demasiado bien ese orden. Nunca lo había olvidado del todo, jamás.

Bruno al fin dejó el celular.

—No metas a Luz.

—La metieron ustedes cuando la usan para llamarme porque saben que por ella sí vengo.

Ramón se frotó la cara.

—Emilio, hijo, no hagas problemas.

La frase de siempre.

No hagas problemas cuando Gloria lloraba. No hagas problemas cuando Bruno rompía algo. No hagas problemas cuando Lucía se quedaba sin cuadernos porque "tu hermano necesita más apoyo". No hagas problemas cuando Emilio llegaba de trabajar con fiebre y aún tenía que cocinar.

—El problema ya está hecho, Papá.

Gloria se quedó inmóvil.

Su cara cambió. La teatralidad se retiró como agua bajando por un drenaje. Debajo quedó algo frío.

—Qué fácil hablas ahora que trabajas para ricos.

—Trabajo para mí.

—No. Tú siempre trabajas para irte. Desde niño. Siempre mirando la puerta.

Emilio sintió que Lucía le tocaba el brazo.

—Emi...

Gloria miró ese gesto.

—No lo defiendas tanto, Lucía. Tu hermano no es santo. Si hubiera sido normal, esta familia habría sido distinta.

La palabra normal golpeó más fuerte que cualquier grito.

Emilio no se movió.

Bruno apartó la mirada. Ramón subió el volumen del televisor un punto, como si el ruido pudiera tapar una herida vieja.

Lucía se puso pálida.

—Mamá, no.

Gloria se dio cuenta tarde de lo que había dejado salir.

O quizá no.

Emilio miró la cocina, la puerta del pasillo, la esquina donde antes estaba la cuna de Lucía y, más atrás en la memoria, otra habitación, otra cuna, una almohada blanca acercándose demasiado a un bebé que lloraba sin fuerza.

No era un recuerdo completo.

Era un borde.

Y Gloria acababa de tocarlo.

—¿Normal? —preguntó Emilio.

Su voz sonó tranquila.

Eso asustó a Lucía más que si hubiera gritado.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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