Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Suerte
A la mañana siguiente, Vesta Dupont volvió a despertar temprano.
Pero esta vez, no corrió al espejo para admirar lo hermosa que era.
Bueno...
No lo hizo inmediatamente.
Se observó durante unos segundos.
Se acomodó un mechón rubio detrás de la oreja.
Sonrió.
[Sigo siendo preciosa.]
Y recién entonces comenzó a prepararse.
Cuando una de las doncellas abrió el armario, empezó a sacar vestidos elegantes.
Seda.
Encajes.
Adornos delicados.
Colores sofisticados.
Vesta negó con la cabeza.
—No, hoy quiero algo más sencillo.
La doncella parpadeó.
—¿Sencillo... señorita?
—Sí.
—¿Qué tan sencillo?
Vesta señaló un vestido azul claro, bonito, pero mucho menos llamativo que los demás.
—Ese está bien.
El silencio que siguió fue absoluto.
La doncella miró el vestido.
Luego a Vesta.
Luego otra vez al vestido.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Completamente segura?
—Sí.
La joven parecía al borde del llanto.
[La señorita está cambiando de verdad.]
Minutos después, Vesta salió de la mansión, en el carruaje, acompañada por su doncella.
No llevaba joyas llamativas.
Ni un elaborado peinado.
Ni vestidos extravagantes.
Y, aun así, seguía siendo innegablemente hermosa.
Mientras caminaban por el pueblo, la doncella finalmente reunió valor.
—Señorita...
—¿Sí?
—¿Por qué quiere ayudar a otras personas?
Vesta se quedó pensando.
La respuesta habría sido distinta hacía apenas unos días.
Antes, su meta había sido simple.
Ser feliz.
Comer postres.
Escuchar chismes.
Salir con un duque guapo.
Y seguía queriendo esas cosas.
Pero...
Miró a su alrededor.
—Porque puedo hacerlo.
La doncella la observó.
—Y porque creo que sería un desperdicio no intentarlo.
Sonrió.
—He tenido mucha suerte.
Muchísima.
Una segunda vida.
Una familia amorosa.
Dinero.
Seguridad.
Oportunidades.
Y ahora podía elegir.
La doncella bajó la mirada.
No entendía del todo el motivo.
Pero la admiró un poco más.
Sin embargo, mientras se alejaban del centro elegante del pueblo, Vesta comenzó a descubrir una realidad que la antigua Vesta Dupont nunca había querido mirar.
Las calles se volvieron más estrechas.
Las casas más humildes.
Los abrigos más gastados.
Había niños descalzos corriendo entre charcos.
Mujeres remendando ropa vieja.
Ancianos trabajando pese al evidente cansancio.
Y personas acostumbradas a conformarse con muy poco.
Vesta caminó lentamente.
En silencio.
[La antigua Vesta jamás vino aquí.]
Porque no le interesaba.
Porque no lo consideraba importante.
Porque aquellos problemas pertenecían a personas "inferiores".
Vesta sintió una punzada incómoda en el pecho.
[¿Cuántas veces pasaron frente a mí...]
[...y nunca los vi?]
Durante el recorrido descubrió algo que llamó su atención.
Un pequeño orfanato.
Modesto.
Pero limpio.
Varios niños jugaban en el patio.
Una mujer joven supervisaba las actividades.
—¿Quién mantiene este lugar? —preguntó Vesta.
La doncella respondió.
—El Ducado Moriarty.
—¿Ellos?
—Sí. Son conocidos por apoyar orfanatos y ayuda con asistencia para niños sin familia.
Vesta observó a los pequeños.
Una niña ayudaba a un niño más pequeño a ponerse un abrigo.
Otro compartía un trozo de pan.
Y todos sonreían cuando vieron a la mujer encargada acercarse.
Vesta sonrió suavemente.
[Entonces ya hay personas haciendo cosas buenas.]
Y sintió un extraño alivio.
Porque el mundo no estaba completamente abandonado.
Había nobles indiferentes.
Pero también nobles que intentaban cambiar algo.
—El ducado Moriarty hace un buen trabajo —murmuró.
—Así es, señorita.
Vesta asintió.
Entonces continuaron su recorrido en el carruaje.
Porque todavía buscaba aquello que pudiera hacer.
Aquello que sería suyo.
Llegaron finalmente a una pequeña escuela.
O al menos...
Se suponía que era una escuela.
Vesta se detuvo frente al edificio.
Miró la construcción.
Y luego volvió a mirarla.
—¿Esto es una escuela?
La doncella dudó.
—Sí, señorita.
Vesta contempló el lugar.
Parecía más un granero improvisado.
La madera estaba envejecida.
El techo tenía reparaciones visibles.
El viento frío entraba por pequeñas aberturas.
Dentro había apenas unas cuantas sillas.
Algunas mesas deterioradas.
Y un pizarrón tan gastado que apenas podía distinguirse.
La maestra levantó la vista sorprendida al verla entrar.
—S-señorita Dupont.
Vesta sonrió.
—¿Podemos observar un poco?
La mujer asintió nerviosamente.
Y entonces Vesta vio a los niños.
Niños atentos.
Curiosos.
Entusiasmados.
A pesar de todo.
Uno levantaba la mano para responder.
Otro intentaba copiar cuidadosamente unas letras.
Y, en un rincón...
Dos pequeños llamaron especialmente su atención.
Estaban sentados en el suelo.
Compartiendo un único cuaderno.
Viejo.
Sucio.
Las hojas arrugadas.
Los bordes desgastados.
Uno escribía con extrema concentración.
El otro observaba fascinado.
—¿Lo hice bien?
—Creo que sí.
—Mira, esta letra me salió más bonita.
Ambos sonrieron orgullosos.
Como si hubieran descubierto un tesoro.
Vesta permaneció inmóvil.
Mirándolos.
Los niños no tenían ropa elegante.
No tenían tutores privados.
No tenían bibliotecas inmensas.
No tenían las oportunidades que ella había tenido como Vesta Dupont.
Y aun así...
Sus ojos brillaban de emoción por aprender.
Por escribir.
Por descubrir.
Uno de ellos levantó el rostro.
—Cuando sea grande quiero leer libros enormes.
—Yo quiero escribir cartas para mi mamá sin pedir ayuda.
Volvieron a inclinarse sobre el cuaderno.
Concentrados.
Felices.
Esperanzados.
Algo se quebró dentro del corazón de Vesta.
No de tristeza.
Sino de comprensión.
Recordó su propia educación.
Los profesores particulares.
Los libros nuevos.
La comodidad.
Los privilegios.
Y recordó también su vida anterior.
Cuántas veces había dado por sentado que sabía leer.
Que podía estudiar.
Que podía elegir.
Lentamente, se arrodilló frente a los dos niños.
—¿Les gusta estudiar?
Los pequeños levantaron la cabeza.
Y respondieron al mismo tiempo.
—¡Sí!
La respuesta fue inmediata.
Sincera.
Llena de ilusión.
Vesta sintió que los ojos se le humedecían.
Porque entendió algo muy importante.
No todos necesitaban que alguien les regalara sueños.
Muchos ya los tenían.
Lo único que necesitaban...
Era una oportunidad.
Se puso de pie lentamente.
Miró el viejo granero.
Las mesas deterioradas.
El cuaderno gastado.
La maestra haciendo lo mejor que podía con tan poco.
Y luego miró nuevamente a los niños.
Finalmente sonrió.
Una sonrisa firme.
Llena de decisión.
La doncella la observó.
—¿Señorita?
Vesta volvió a mirar a los dos pequeños escribiendo sobre aquel cuaderno viejo.
Y supo la respuesta.
No serían orfanatos.
Porque ya había personas maravillosas apoyándolos.
No serían bailes benéficos.
Ni simples donaciones ocasionales.
Lo que quería hacer...
Era esto.
—Quiero construir escuelas.
La doncella abrió mucho los ojos.
Vesta miró hacia las ventanas por donde entraba el frío.
—Escuelas de verdad.
Miró las mesas.
—Con pupitres.
Miró los cuadernos.
—Con materiales.
Miró a la maestra.
—Con buenos profesores.
Miró a los niños.
—Para que quienes quieran aprender tengan una oportunidad.
Su voz tembló ligeramente.
Pero sus ojos verdes brillaban con una convicción absoluta.
Porque había sido feliz siendo rica.
Había sido feliz descubriendo el mundo.
Había sido feliz coqueteando con un duque absurdamente atractivo.
Pero aquella felicidad era diferente.
Más profunda.
Más tranquila.
Se llevó una mano al pecho.
Y sonrió.
Había decidido que sería hermosa.
Que sería rica.
Que intentaría convertirse en una buena persona.
Y ahora, finalmente, había encontrado la forma.
Porque quizás el mayor privilegio de una segunda vida no era recibir más oportunidades.
Sino poder convertirse en la clase de persona que siempre habría querido admirar.
Y mientras observaba a aquellos dos niños compartir un cuaderno viejo con una sonrisa enorme en el rostro, Vesta Dupont comprendió cuál sería el sueño que daría sentido a su nueva vida.
Que algún día, en todo Sunderland, ningún niño que deseara aprender tuviera que escribir sus sueños sobre hojas desgastadas por falta de opciones.