Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 14
Capítulo 14
Clara se apartó medio paso y bajó la cabeza.
—Luna Elena me pidió entregarle esto.
Gael miró el cilindro envuelto en tela. La sombra cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarla. Sobre la superficie oscura se veía una mancha seca.
Sangre.
—¿Cómo está Elena? —preguntó.
Clara apretó los labios.
—Tiene que alimentar a Valeria y también a usted. ¿Cómo cree que está?
El aire se tensó.
César, al otro lado de la puerta, se quedó inmóvil.
Gael miró a Clara con frialdad.
—¿Qué dijiste?
Clara dobló las rodillas.
—Hablé de más. Acepte mis disculpas.
No se arrepentía.
Gael lo supo. También supo que tenía razón.
—No te equivocas —dijo al fin—. Yo también estoy drenando su vida.
Por un momento ninguno habló.
Clara alzó los ojos.
—¿Lo suyo es veneno?
—Fuego Negro.
—No lo conozco.
—Nadie vivo sabe curarlo.
Clara pensó en Elena cortándose la muñeca una y otra vez. Pensó en Valeria exigiendo sangre como si fuera jarabe dulce. Se obligó a respirar.
—Conozco a un sanador capaz de resolver venenos raros. Es difícil de encontrar, pero existe.
Gael tomó un papel bajo el tintero y se lo dio.
—Ya encontré su rastro. El viejo dejó un acertijo. Si nadie lo resuelve, no tratará a nadie.
Clara leyó en voz baja. Hablaba de equilibrio, fuego y agua, raíz amarga, frío oculto, sangre que no debía hervir y un capítulo antiguo de sanación de linaje.
Al terminar, soltó una risa.
Gael levantó una ceja.
—¿Qué te causa tanta gracia?
—¿Esto? ¿De verdad es el acertijo? Es demasiado simple para un sanador de ese nivel.
Gael la observó.
—Esa forma de irritar a la gente es talento.
Clara sonrió apenas.
—Mande la respuesta. Cuando el sanador venga, yo hablaré con él.
—¿Y tú qué ganas ayudándome?
La pregunta cayó entre los dos con peso conocido.
Clara recordó la noche en que le había dicho que quería riqueza, cama suave y gente que la sirviera. No era mentira del todo. Solo no era el corazón de la verdad.
—En la manada Robles camino sobre filo. Si algún día mi vida corre peligro, espero que el Alpha Gael me ayude.
—Lo haré.
Clara dejó el lienzo sobre el escritorio.
—Entonces esto es mi agradecimiento por la lluvia.
Gael no lo tocó delante de ella.
—Puedes irte.
Clara salió. En el corredor se detuvo. La puerta no estaba bien cerrada.
Gael desplegó el lienzo.
En él aparecía una mujer de belleza fría y serena, con una media luna plateada junto a la sien.
El rostro de Gael cambió.
Tocó la mejilla pintada con los dedos.
—Madre.
La palabra no parecía de un Alpha. Parecía de un niño.
—Hace mucho que no vienes a mis sueños. ¿Sigues culpándome porque no encontré a quien te mató?
Clara bajó la mirada y siguió caminando.
Así que incluso Gael tenía un lugar roto.
No había llegado lejos cuando una joven se desplomó frente a ella.
—¿Abril?
La muchacha alzó la cara llena de lágrimas.
—Clara, salve a mi ama. Van a matarla.
Clara sintió un golpe en el pecho.
—¿Regina?
—La Matriarca Suárez quiere entregarla a Julián Rivas. Regina intentó quitarse la vida. La salvó su madre, pero ahora la están sacando para llevarla a la manada Rivas.
Clara echó a correr.
Cuando llegó, Regina estaba siendo arrastrada por dos criadas de la casa Suárez. Tenía los ojos hinchados y la muñeca lastimada.
—¡No quiero ir! ¡Mamá, ayúdame!
Pilar, su madre, estaba arrodillada en el suelo, retenida por otras mujeres.
—Hija, vive. Aunque vayas allá, vive.
Su voz se rompió.
Clara tomó la muñeca de Regina.
—¡Suéltenla!
Regina la miró como si no entendiera.
—Clara... ¿viniste a despedirme?
Clara le limpió las lágrimas con los dedos.
—Vine a sacarte de aquí.
La Matriarca Adela Suárez apareció con una pantalla de palma en la mano.
—¿Quién te crees para meterte? Ya aceptamos el pacto con Julián Rivas. Nadie va a impedir que Regina entre como compañera menor.
—Puedo denunciar que la están vendiendo.
Adela soltó una carcajada.
—¿Denunciar? Adelante. Toda Obsidiana vive de pactos arreglados. ¿Qué consejo te va a escuchar?
Regina le apretó la mano a Clara.
—No te metas. Tu situación ya es difícil.
Clara no la soltó.
—¿Cuánto pagó Julián?
Adela se puso rígida.
—No digas tonterías.
—¿Cuánto?
Después de un silencio lleno de vergüenza, Adela levantó siete dedos.
—¿Setecientas monedas?
—Setenta.
Regina cubrió su rostro. Una hija viva, limpia, asustada, valía menos que un capricho de taberna.
—En siete días le daré trescientas —dijo Clara—. Por Regina y Pilar.
—Clara, no —susurró Regina—. No valgo eso.
—Para mí sí.
Adela dudó. Su propia hija menor también podía ser vendida si el Alpha Suárez seguía perdiendo dinero. Trescientas monedas podían comprar silencio y salvar a la niña que ella sí quería.
—Escribamos el acuerdo.
Firmaron dos contratos de libertad y una deuda. Clara presionó su dedo manchado de tinta. Adela hizo lo mismo.
—No mires atrás —murmuró Clara—. Camina.
Pero no alcanzaron la esquina.
Julián Rivas llegó con varios hombres. A su lado caminaba Adrián De la Vega.
Adrián sonrió al verla.
—Parece que te llevas la compañera de alguien.
Julián señaló a Regina.
—Adela, ¿qué significa esto? Te pagué por ella.
Adela abrió las manos.
—Esperé tu pago. No llegó. La vendí a otra persona.
Julián arrojó una bolsa al suelo.
—Aquí está.
—Llegas tarde.
Regina se puso helada cuando Julián se acercó.
—¿Ya no quieres ser mía?
Clara se interpuso.
—No quiere.
Regina tragó saliva.
—No quiero.
Julián levantó la mano.
Clara habló antes de que golpeara.
—¿La lección de la gala de la Matriarca Carmen no te alcanzó?
La cara de Julián se oscureció.
—Tú eres una hija no reconocida. ¿Quién te respalda?
Clara miró a Adrián.
—Soy hija del Alpha Rodrigo. Tú eres hijo de una familia menor de patrulleros. Si hablamos de rango, no estás por encima de mí.
Julián hizo una seña.
Sus hombres avanzaron.
Regina susurró:
—Déjame ir con él. Cuida a mi madre.
—No.
Clara habló más alto.
—Si hoy nos pasa algo, el Alpha Adrián también quedará implicado.
Adrián puso una mano sobre el hombro de Julián.
—Basta. Si esto crece, me salpica.
Julián rechinó los dientes.
Adrián se acercó a Clara.
—Puedo ayudarte. Pídemelo. O acepta mi vínculo.
Clara lo miró con calma.
—¿El Alpha Adrián aceptaría a una hija de rama menor como Luna oficial?
Él titubeó.
—Sabes que eso no depende solo de mí. Podrías ser mi segundo vínculo. Después lo arreglamos.
—No.
La palabra fue limpia.
Adrián perdió la sonrisa.
—Piénsalo. Sigues siendo una rama menor.
Clara tomó a Regina de la mano.
—Solo quiero vivir tranquila.
Y se fue.
Adrián la vio alejarse con la seguridad de quien se miente para no sentir.
Volvería.
Tres días, quizá menos.
Elena y Rodrigo
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CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈