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Herencia De Sangre Y Deseo

Herencia De Sangre Y Deseo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Solecito87

Cuando la mafia y el amor se cruzan...

NovelToon tiene autorización de Solecito87 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El arte de romper sin tocar

Ubicación desconocida – Penthouse Salvatore | Madrugada

El reloj marcaba las 3:17 a. m., y el penthouse era una cárcel de mármol y cristal.

Isabella se movía por el lugar como un animal acorralado: con pasos suaves, atentos, pero tensos. El vestido que llevaba desde la tarde anterior comenzaba a incomodarla. La piel le picaba, los pies le dolían y el alma la tenía hecha un nudo.

Pero no iba a quebrarse.

Cada rincón del lugar tenía el sello de Dante Salvatore: elegante, minimalista, calculado. Todo estaba dispuesto con una perfección inquietante. Hasta el aire parecía tener una medida exacta.

Entonces, sin previo aviso, él apareció. Como si hubiera emergido de las sombras.

Camisa negra entallada, el primer botón abierto. Pantalón gris oscuro impecable. Descalzo, como si no necesitara protección ni

siquiera del suelo que pisaba. Y esa mirada… Esos ojos que veían demasiado.

—¿No podes dormir ? —dijo, su voz ronca, serena, más cercana a un murmullo que a una frase.

—No necesito dormir. Necesito irme de acá —replicó ella con un hilo de voz filoso.

Dante no se inmutó. Caminó hasta la barra de bebidas y sirvió dos copas de vino. El tinto resbaló lento en el cristal, como sangre. Le tendió una copa.

—¿No confiás en mí?

—¿Me estás jodiendo?

Él sonrió. No con burla. Con deleite.

—Bien. El día que confíes en mí, voy a preocuparme.

Isabella se mantuvo firme. Aunque por dentro… el miedo y la rabia le tejían telarañas en el pecho.

—¿Qué querés de mí? —preguntó al fin.

—La verdad. Pero no la tuya. Quiero la de tu padre… y vos sos mi carnada.

—No soy una carnada.

—Entonces demostralo.

Dante se sentó en el sofá de cuero negro, cruzó una pierna sobre la otra, y la observó. Sin apuro. Como si verla luchar fuera más satisfactorio que ganarle.

Ella no se movió. Solo lo enfrentó con los ojos.

—¿Qué sabés de mí?

—Lo suficiente. Y también sé que no sos como tu padre.

—Él no me crió pero…¿Y cómo se supone que soy?

—Incompleta. Pero intacta.

Aún no descubriste todo lo que sos capaz de hacer… o soportar. El silencio cayó como una losa.

Isabella se acercó dos pasos. El vino seguía en la copa, intacto. Las luces tenues del penthouse daban a la escena un aire irreal, como un cuadro de Caravaggio: sombras densas, piel iluminada, tensión pura.

—¿Por qué me mirás así? —preguntó en voz baja.

—Porque me intriga saber cuánto podés soportar antes de romperte. —Su tono fue suave. Peligrosamente suave.

—¿Y qué pasa si no me rompo?

Dante sonrió con los labios apenas curvados.

—Entonces te voy a admirar. Y eso... sería más peligroso que cualquier otra cosa.

Ella sintió un cosquilleo que no quería reconocer. Un escalofrío que no nacía del miedo, sino de algo mucho más complejo. Y oscuro.

—No vas a tener el placer de quebrarme —le dijo. Pero su voz ya no sonaba tan segura. Él se levantó. Caminó hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla.

Apenas unos centímetros entre ambos.

—No quiero quebrarte, Isabella. Quiero que te rompas sola. Y cuando lo hagas… vas a venir a mí. No por sumisión, sino por decisión.

Ella tembló. No visiblemente. Pero por dentro, algo se agrietó. Y eso lo sintió él.

—Buenas noches, princesa —dijo, antes de girarse y desaparecer por el pasillo. Isabella se quedó sola. Más sola que nunca.

Mansión Mancini – 6:32 a. m.

La luz del amanecer se colaba por las cortinas pesadas del despacho de Vittorio.

Él estaba ahí, sentado en su sillón de cuero, con los codos sobre las rodillas, los puños apretados y el rostro cubierto de sombras. No había dormido. No podía.

En la mesita, al lado de su copa de whisky a medio terminar, descansaba una carta. Un sobre sin remitente.

Un perfume tenue, masculino.

Vittorio lo había recibido una hora antes, de manos de uno de sus hombres. Nadie había visto quién la dejó. Nadie escuchó pasos. Pero allí estaba.

Con pulso firme, pero corazón acelerado, la abrió. Solo una frase:

“¿La querés de vuelta, Mancini? Hablemos de lo que me debés.”

Vittorio la leyó tres veces.

Cada palabra era un disparo directo a su pasado.

Encendió un cigarro. Dio una calada profunda, hasta que le ardió el pecho. Y por primera vez en muchos años… sintió miedo.

No por él. Por su hija.

1
Eneida Acosta
y las siguientes??? me dejo en suspenso
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