Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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La guerra del silencio
Las paredes de la mansión Volkov se convirtieron en el escenario de una batalla donde el arma principal no eran las palabras, sino la indiferencia.
Aria era perfectamente consciente de sus límites. Físicamente, no tenía la menor oportunidad contra la guardia privada de Dante ni contra los muros de seguridad que rodeaban la propiedad. Intentar escapar a la fuerza sería absurdo. Pero ya no le importaba estar confinada.
La paz mental que sentía al saber que Sofia estaba al otro lado del océano, protegida y fuera del alcance de su padre, le daba una fuerza inquebrantable. Sus dos restaurantes funcionaban en piloto automático bajo la supervisión de administradores impecables que contrató años atrás, y en la Terminal Central, Mateo tenía las riendas bien sujetas desde las sombras.
Su imperio estaba a salvo. Su hermana estaba a salvo. Por lo tanto, Dante se había quedado sin armas.
Durante toda una semana, Aria aplicó la estrategia más efectiva para desquiciar a un hombre acostumbrado al control absoluto: la invisibilidad.
No le dirigió la palabra. Si Dante entraba a una habitación, ella se ponía de pie y salía en absoluto silencio. Si compartían el comedor por compromiso, ella leía un libro, cenaba tranquilamente y lo ignoraba como si el lugar estuviera vacío. Ni una sola mirada, ni una queja, ni un gesto de rabia. Solo una muralla de hielo pulcro e impenetrable.
Y para Dante Volkov, el silencio de Aria se convirtió en una tortura lenta.
Era viernes por la noche. Llovía torrencialmente sobre la ciudad y el eco del agua contra los ventanales llenaba el salón principal.
Dante llevaba más de una hora intentando concentrarse en unos informes financieros sobre la mesa de centro, pero su mirada volvía inevitablemente hacia el sillón junto a la chimenea. Allí estaba Aria, luciendo un vestido sencillo de punto color crema, con las piernas cruzadas y la vista fija en una novela, completamente ajena a su presencia.
Dante apretó la mandíbula. Había manejado crisis corporativas, traiciones de la mafia y amenazas de muerte sin perder la cabeza, pero llevar siete días siendo un fantasma en su propia casa lo estaba volviendo loco.
Dejó caer la carpeta sobre la mesa con un golpe más fuerte de lo necesario. Aria ni siquiera pestañeó. Ni un solo sobresalto.
—¿Vas a seguir jugando a la estatua de hielo el resto del mes? —la voz de Dante rasgó el aire, cargada de una irritación apenas contenida.
Aria pasó lentamente la página de su libro con elegancia, sin alzar la cabeza.
Dante soltó una risa amarga, se puso de pie y caminó con pasos firmes hacia ella. Se detuvo justo frente a su sillón, bloqueándole la luz de la lámpara con su enorme sombra.
—Te estoy hablando, Aria.
Aria cerró el libro despacio, marcando la página con un listón de seda. Se tomó cinco segundos completos para alzar la mirada, encontrándose con los ojos grises y tormentosos de su esposo. Su rostro era una máscara de absoluta neutralidad.
—Si no hay ninguna cláusula del contrato que deba revisar o alguna farsa pública a la que deba asistir, no tenemos nada de qué hablar —dijo ella con una voz tan tranquila y desprovista de emoción que parecía de mármol.
—Vivo en esta casa. Eres mi esposa —reclamó él, acortando la distancia y apoyando una mano en el respaldo del sillón de ella, inclinandose levemente.
—Soy una prisionera a la que mantienes encerrada —corrigió ella con frialdad—. Y los prisioneros no están obligados a entretener a sus captores. Si me disculpas...
Aria intentó ponerse de pie para marcharse a su habitación como hacía cada noche, pero la mano de Dante se movió rápido, tomándola del brazo para detenerla.
El contacto quemó. A pesar del aislamiento y la distancia, la tensión física entre los dos seguía siendo una corriente eléctrica a punto de estallar.
Aria no se zafó. Simplemente miró la mano de él sobre su brazo y luego volvió a conectar sus ojos con los suyos, sin mostrar una pizca de miedo.
—Suéltame, Dante. O vas a tener que sumar el uso de la fuerza física a tu lista de logros.
Dante apretó los dientes. El desafío en los ojos de Aria no era el de una víctima; era el de una reina que sabía que su captura era solo temporal. Lentamente, abrió los dedos y la soltó, sintiendo el vacío de inmediato.
—No vas a poder ignorarme para siempre, pequeña —murmuró él con voz rasposa.
Aria esbozó una sonrisa helada, dio un paso atrás y respondió con un susurro que resonó en todo el salón:
—Pruébame, Volkov. Porque hasta ahora, me estoy divirtiendo bastante viendo cómo te desesperas.