En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.
Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.
Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.
Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.
Ivy no era la víctima inocente que todos creían.
Era una estratega.
Una manipuladora.
Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.
Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.
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LA LLAMADA
El teléfono no dejaba de sonar.
Y estuve a punto de no responder.
Número desconocido.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
La pantalla vibraba sobre la mesa, insistente… como si quien llamaba supiera que yo estaba allí. Observando. Dudando. Al cuarto intento… contesté.
—¿Qué quieres?
—¿Rose Dawson?
La voz era firme. Controlada. Adulta. Del tipo de voz que no pide permiso para nada.
—Sí.
Pausa.
Una pausa que duró demasiado tiempo.
—Le habla el Sr. Sawyer.
Mi cuerpo se tensó como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible.
Por supuesto.
El hombre que destrozó a mi familia.
El hombre que convirtió a Ivy… en Ivy Sawyer. Como si su apellido anterior nunca hubiera existido. Como si nosotras nunca hubiéramos existido.
Pero antes de que continuara… recordé algo.
Ivy siempre llamaba primero.
Siempre.
Incluso cuando yo no respondía… ella lo intentaba de nuevo. A veces tres, cuatro veces. Como si supiera que, tarde o temprano… respondería. Como si tuviera fe ciega en que yo estaría allí.
Una vez le pregunté por qué no se rendía.
—Porque eres mi hermana —dijo—. Y las hermanas no se rinden.
Eso fue hace dos años.
Desde entonces… las llamadas se volvieron menos frecuentes.
Pero seguían llegando.
Siempre el primer domingo del mes.
A las 7 p.m.
Exactas.
Como un reloj.
—Llamo por tu hermana.
Mi respiración se detuvo por un segundo.
Ivy.
No hablábamos todos los días… pero tampoco éramos extrañas. Una vez al mes. Siempre. Una hora exacta. Como si fuera una regla entre nosotras. Una línea que ninguna de las dos se atrevía a cruzar.
Pero esta llamada no venía de ella.
Venía de él.
—¿Qué pasó? —pregunté. Mi voz sonó más fuerte de lo que me sentía por dentro.
Silencio.
Otro silencio.
—Tengo que informarte de algo desafortunado.
Algo en su tono me congeló la sangre. No era tristeza. Era… control. Precisión. Como si estuviera leyendo un comunicado de prensa.
—Ivy fue encontrada muerta en el campus deportivo del Markhan College.
El mundo se detuvo.
Literally se detuvo.
No.
No.
No.
—¿Qué? ¿Estás jugando conmigo?
—Esto no es una broma, Rose. Desearía que lo fuera… pero no lo es.
No podía respirar. No podía pensar. No podía hacer nada excepto escuchar el zumbido en mis oídos.
Mi mente rechazaba cada palabra.
Ivy no podía estar muerta.
Ivy me acababa de llamar… ¿cuándo? ¿Hace una semana? ¿Dos?
Su voz estaba bien.
Ella estaba bien.
Hablamos del examen de Biología que la asustaba. Hablamos de su novio. Hablamos de cosas triviales que ahora… parecían monumentales.
¿Cómo podía estar muerta?
¿Cómo podía dejarme así?
Sin despedirse.
Sin una explicación.
Sin nada.
—Llamo porque el funeral será mañana por la tarde —continuó, como si estuviera dando instrucciones para un evento de negocios—. Quiero que estés presente.
Tragué saliva.
—Sé que ustedes dos no se veían muy a menudo… pero también sé que ella te amaba con todo su corazón.
Eso dolió.
Más de lo que esperaba.
Porque era verdad.
Y porque él lo sabía.
Y porque yo… nunca le dije que la amaba de la misma manera.
—Desearía que hubieras podido despedirte.
El teléfono cayó al suelo.
No se me resbaló.
Cayó.
Mis manos dejaron de responder. Mi cuerpo entró en ese extraño estado donde todo se mueve en cámara lenta, pero la mente gira a mil kilómetros por hora.
¿Ivy… muerta?
No.
No podía ser.
¿Cómo pudo pasar?
¿Dónde estaba yo cuando sucedió?
¿Por qué no lo sentí?
¿Por qué mi hermana no me avisó antes de irse?
Recogí el teléfono del suelo.
Sawyer seguía hablando.
Pero yo ya no escuchaba.
Solo veía a Ivy en mi mente.
Su sonrisa.
Su cabello rubio.
La forma en que se reía cuando le contaba chistes malos.
La forma en que me miraba… como si yo fuera la persona más importante del mundo.
Incluso después de todo.
Incluso después de que su padre nos separara.
A la mañana siguiente, estaba en el funeral.
Todo era negro.
Ropa negra. Flores negras. Miradas vacías. Almas vacías. El aire era pesado. Irreal. Como estar dentro de una de esas películas que ves en la televisión pero que nunca crees que te pasarán a ti.
Pero sucedió.
Y yo estaba aquí.
La iglesia estaba llena.
Gente que no reconocía.
Gente de su colegio. Gente de su vida. Gente que probablemente la conocía mejor que yo.
Eso dolió de una manera que no esperaba.
Nadie me conocía.
Y yo tampoco los conocía a ellos.
Pero todos hablaban de Ivy… como si hubieran formado parte de su vida. Como si realmente la hubieran conocido.
«Era tan brillante».
«Siempre ayudaba a todos».
«Nunca tuvo una mala palabra para nadie».
Escuchaba fragmentos de conversaciones al pasar.
Fragmentos de una Ivy que no conocía.
¿Era esa realmente mi hermana?
¿O era la versión que mostraba aquí? ¿En su mundo? ¿Lejos de mí?
Mi madre… a quien no había visto en años… lloraba apoyada en el hombro de ese hombre.
El Sr. Sawyer.
El culpable.
El hombre que destruyó a mi familia con su dinero, su poder y su apellido.
Los miré de lejos.
Y me alejé.
No podía estar en la misma habitación que él sin sentir que algo en mi pecho iba a explotar. Ese odio que guardé durante años, ese rencor que crecía cada vez que Ivy me hablaba de su nueva vida perfecta en su nueva casa perfecta con su nueva familia perfecta.
Pero Ivy siempre fue buena conmigo.
Siempre.
Incluso cuando pudo haber elegido olvidarme.
Pero… a veces sentía que había cosas que no me decía.
Momentos en que su voz cambiaba.
Pausas incómodas.
Como si estuviera guardando secretos.
Secretos que ahora… nunca sabría.
Entonces la vi.
Allí.
En el ataúd.
Ivy.
Parecía dormida.
Su cabello rubio perfectamente peinado. Un hermoso vestido de seda blanca. Sus mejillas suavemente sonrojadas… como si estuviera esperando despertar.
Pero no respiraba.
Estaba fría.
Fría como la piedra.
Me acerqué lentamente. Cada paso pesaba toneladas. Cada respiración era un esfuerzo. Dejé la rosa blanca sobre el ataúd. Como dicta la tradición. Como habíamos prometido hacer cuando éramos niñas.
Cayó una lágrima.
Luego otra.
—Ivy… —susurré—. ¿Por qué?
Mi voz temblaba.
—¿Por qué te tuvo que pasar esto a ti… hermana?
No hubo respuesta.
Solo silencio.
El silencio de los muertos.
Volví a mi asiento. Sin fuerzas. Sin esperanza. Sin nada.
El funeral continuó como debía. Palabras vacías. Condolencias de personas que nunca la conocieron. Recuerdos perfectos de una chica que probablemente era mucho más complicada de lo que todos pretendían.
«Lo buena chica que era Ivy».
«Siempre sonriendo».
«Una luz en este mundo oscuro».
Apreté mis dedos hasta que me dolió.
Todo parecía… mal.
Demasiado limpio.
Demasiado organizado.
Demasiado perfecto.
Como si alguien hubiera escrito el guión de antemano.
Después fuimos a la casa.
No era una casa.
Era una mansión.
Grande. Lujosa. Impecable. Y completamente fría. Los sirvientes recibían a los invitados con bandejas de plata. Todo funcionaba a la perfección. Demasiado perfecto. Como si la muerte de Ivy fuera solo un inconveniente en el calendario de eventos.
Las paredes eran blancas.
Las flores eran blancas.
Todo era blanco, gris y vacío.
No había calidez.
No había vida.
Solo… máquinas funcionando.
Gente con trajes caros hablando en voz baja.
Fingiendo dolor.
Fingiendo que les importaba.
Yo estaba en un rincón.
Sentada.
Con la cabeza gacha.
Invisible.
Hasta que lo vi.
El Sr. Sawyer.
Hablando con otros hombres de trajes caros. Recibiendo condolencias como si fuera un premio. Su mano en el hombro de mi madre. Su voz controlada. Su expresión perfectamente triste.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran fríos.
Calculadores.
Como si estuviera haciendo un inventario mental de quién estaba allí. Quién lloraba. Quién se comportaba correctamente.
Fruncí el ceño.
¿Por qué?
¿Por qué él?
Si él había sido la razón de todo.
Si su dinero, su poder, su mundo… habían separado a Ivy de mí.
Giré la cara.
No quería verlo.
Pero no podía evitar pensar:
Ivy… ¿qué te pasó realmente?
Cerré los ojos.
¿Por qué te fuiste?
Mi respiración se volvió pesada.
¿Qué hay detrás de todo esto?
¿Por qué el Sr. Sawyer me llamó personalmente?
¿Por qué no lo hizo mi madre?
¿Por qué me quería aquí?
Y por qué… sus ojos no mostraban tristeza?
Esas preguntas se quedaron conmigo.
Pesadas.
Incómodas.
Peligrosas.
Como veneno.