Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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14 La violencia de inez
Saliendo del sanatorio, Miguel buscó con la mirada cualquier rastro, cualquier indicio de hacia dónde había podido ir Sasha. Ella había desaparecido con tanta prisa que él no logró alcanzarla, ya ella no quieso detenerse solo se molesto.
Se quedó allí parado, respirando con dificultad, invadido por un profundo desaliento y una rabia amarga: estaba frustrado consigo mismo, por no haber entendido antes lo que le pasaba, Por haberla dejado escapar justo cuando ella se le iba de las manos. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse; ella seguía siendo su objetivo, y sabía exactamente lo que tenía que hacer: iría directamente a su casa, ahí la encontraría.
Se apresuró a subir a su vehículo, un auto de alta gama, llamativo y poco común entre las personas que no gozaban de la misma posición y calidad de vida que él. Dio marcha atrás con movimientos rápidos y nerviosos, y luego salió a la calle conduciendo a toda prisa, decidido a llegar antes de que ella pudiera alejarse más.
Lo que él no sabía era que, desde lejos, alguien lo observaba oculto. Una cámara se enfocó hacia él, capturando su imagen justo en ese momento, registrando cada uno de sus movimientos sin que él lo supiera.
Dentro de la mansión, Ronald caminaba hacia su despacho con paso firme pero pesado. Su mirada, habitualmente serena, ahora mostraba una tensión que trataba de ocultar, y su respiración era lenta y cansada, como quien carga con un peso inmenso.
Había tomado una decisión que le costaba, pero que sentía inevitable: desde ese momento, trataría con frialdad absoluta a quien alguna vez fue su esposa.
Por fuera, cualquiera habría dicho que se amaban; pero él sabía la verdad, la historia oculta: ella se había aprovechado de él, de su generosidad, de su posición y de su corazón, hasta agotarlo todo. Esa frialdad recién nacida no era maldad, sino una barrera que construía para protegerse, y por dentro le causaba una angustia silenciosa que se leía en sus gestos.
Se detuvo un instante, alerta, y miró fijamente hacia un pasillo lateral. Había escuchado un susurro o un roce, algo que rompió su silencio por un instante. No vio a nadie, ni sombra ni movimiento, así que sacudió levemente la cabeza, como si quisiera apartar sus propios pensamientos, y entró en su despacho cerrando la puerta con suavidad pero con firmeza.
Al sentir el ruido de la puerta ceranda aparecieron desde detrás de una columna dos figuras: Melisa y Morena, las empleadas. Ellas no habían estado afuera durante el incendio que poco antes había alterado la calma; se habían quedado resguardadas, observando todo desde una ventana discreta. Y no solo habían visto el fuego: también habían visto claramente cómo Inez, con dureza y desprecio, maltrataba a Doris, tratándola como si fuera algo sin valor.
Eran conocidas por ser curiosas y chismosas, expertas en moverse por los rincones de esa mansión inmensa, investigando en silencio, guardando cada detalle, cada conversación a medias, cada cambio de humor de sus jefes. Para ellas, nada pasaba desapercibido.
—¿Crees que va a llamar a su abogado para empezar el divorcio? —susurró Melisa, con la voz cargada de tristeza y preocupación—. Por fuera parecían tan enamorados... y ahora ya nada será igual. No lo entiendo. Si hubieran hablado, si cada uno hubiera tratado de mejorar... seguro se habría arreglado todo. Me duele mucho que lleguen a separarse.
Morena, en cambio, sonrió con satisfacción, una sonrisa que ocultaba planes muy propios. Se acomodó el cabello y miró hacia la puerta cerrada del despacho con brillo en los ojos.
—¿Qué dices tú? —respondió con tono de entusiasmo contenido—. Yo llevo tiempo esperando esto con ansia. Ya era hora de que él se diera cuenta de la clase de mujer que tenía al lado. Y ahora... ahora todo cambiara. Ese hombre, ese "bombon" va a quedarse libre. Y esta sera mi oportunidad, por fin, de estar cerca de él, de que me vea.
Tengo todo pensado, voy a poner en marcha lo que quiero.
Ya que de esta manera sere yo, quien ocupe ese lugar vacío.
Melisa la miró con incredulidad y enojo, se apartó un paso y le habló con frialdad, marcando la distancia que había entre ambas.
—¿Cómo puedes decir eso, Morena? ¿Te alegra de verdad esta situación? Para mí es lo más triste que le puede pasar a esta mansion.
Un familia se va a quebrar.
No entiendo porque en un momento asi, solo buscas tu propio benéficio para tus propios intereses.
Mientras ellas discutían en voz baja, la puerta se abrió de manera inesperada quedando ellas sin palabras siendo atrapadas vista hay hablando y tambien quisas oídas de lo que decían.
Justo en el momento en que ronald iba hablarles a ellas, dispuesto a decirles algo, el sonido de una discusión, áspera y cargada de furia, llegó desde la distancia. Eran las voces, inconfundibles, de Doris e Inez.
Sin dudar un segundo, melisa y morena se movieron hacia allí, seguidos de cerca por su jefe, que avanzaba con paso rápido, angustiado por comprender qué estaba ocurriendo y qué tensión estallaba entre ellas.
Al acercarse, la imagen los detuvo en seco. A lo lejos, vieron a Doris: su rostro estaba empapado en lágrimas, el cuerpo temblando de rabia y dolor, mientras Inez la sujetaba del brazo con una fuerza brutal, aferrándola como si fuera su prisionera, impidiéndole a toda costa que diera un solo paso para alejarse.
—No te vas a ir a ningún lado —escupió Inez, la voz entrecortada por la ira y un miedo oscuro que le brillaba en los ojos—. Te lo aseguro: si te atreves a hablar, si dejas escapar una sola palabra, te arruino la vida entera. Porque te arrepentirás hasta tu último aliento.
Y mientras hablaba, tiraba de ella con violencia, sacudiéndola, desesperada por callarla, por enterrar lo que creía una amenaza a destruirlo todo.
—¡Señora, suélteme! —exigió Doris, rebelándose con todas sus fuerzas, el rostro endurecido por la decisión de no callarse más—. ¡Suélteme no voy callarme, me podrá matar pero yo no seré su cómplice.
Con un tirón fuerte, logró zafarse de aquel agarre que le estaba marcando la piel, y echó a correr escaleras abajo, gritando ya, dispuesta a romper el silencio que su jefe queria mantener.
—¡La señora Inez…! —alcanzó a decir con voz alta y clara, antes de que todo se cortara de golpe.
Inez se le había lanzado detrás, furiosa, y con toda la fuerza de su cuerpo la empujó violentamente por la espalda. Fue un movimiento rápido, brutal, sin piedad alguna.
—Te irás a la tumba antes de arruinarme —susurró, fría y peligrosa, al mismo tiempo que Doris perdía el equilibrio.
Ante sus ojos, Ronald y las empleadas vieron la escena congelada en el horror: Doris cayó rodando escaleras abajo, golpeándose contra cada escalón, hasta quedar inmóvil en el suelo, en silencio absoluto.
Todos quedaron paralizados, sin aliento, sin poder creer lo que acababan de ver. Ninguno había imaginado jamás que Inez fuera capaz de semejante acto de violencia, ni hasta dónde llegaría para mantener oculta esa mentira.