Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 22 Lo que no se puede ocultar
La lluvia había dejado el suelo de los viñedos cubierto de un brillo suave, como si la tierra misma hubiera sido pulida durante la noche.
Isabella caminó de regreso a la mansión en silencio.
Sus pasos eran lentos, casi automáticos.
Aún sentía el eco del beso en los labios.
Pero más fuerte que eso…
sentía el vacío que vino después.
Marco no había dicho nada más.
Solo se había ido.
Como si aquello hubiera sido un error.
Como si ella lo hubiera sido.
Cuando entró en su habitación, cerró la puerta con suavidad.
Se quedó unos segundos apoyada contra la madera.
Respiró hondo.
Intentó convencerse de que no debía darle demasiadas vueltas.
Que quizá él solo se había asustado.
Que quizá era normal.
Pero el corazón no siempre escucha a la razón.
Marco, por su parte, no regresó a la mansión hasta entrada la noche.
Había caminado sin rumbo entre las viñas, empapado, sin importar la lluvia ni el frío.
Su mente era un caos.
El beso seguía repitiéndose una y otra vez.
No como un recuerdo bonito.
Sino como una amenaza.
Porque por primera vez no había sentido miedo al contacto.
Había sentido deseo.
Un deseo real.
Profundo.
Y eso lo aterraba más que cualquier otra cosa.
Se detuvo bajo un gran olivo.
Apoyó una mano en el tronco.
Respiró con fuerza.
—No puedo… —murmuró—. No puedo fallarle.
Pero ni siquiera él sabía a quién se refería exactamente.
A Isabella.
A sí mismo.
O a la mentira que había construido durante años.
Lucía lo esperaba en el pasillo cuando entró en la mansión.
Solo con verlo supo que algo había cambiado.
—La hiciste llorar —dijo sin rodeos.
Marco se detuvo.
No preguntó cómo lo sabía.
No hacía falta.
Lucía siempre lo sabía.
—No fue mi intención —respondió en voz baja.
La mujer lo observó con firmeza.
—Eso no cambia lo que pasó.
Él pasó una mano por su cabello mojado.
—No sé qué hacer.
Lucía suspiró.
—Empieza por dejar de huir.
Marco la miró.
—No estoy huyendo.
—Claro que sí.
Huyes de ella.
Huyes de ti.
Y sobre todo…
huyes de la verdad.
Aquellas palabras lo golpearon más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Pero no respondió.
Solo siguió caminando hacia su habitación.
Isabella no bajó a cenar esa noche.
Lucía le llevó un plato a su cuarto, pero ella apenas lo tocó.
—¿Quieres hablar? —preguntó la ama de llaves con suavidad.
Isabella negó.
—Estoy bien.
Lucía la miró con tristeza.
—No tienes que fingir conmigo.
La joven sonrió débilmente.
—No es fingir.
Solo… necesito pensar.
Lucía asintió.
No insistió.
Pero antes de salir, dejó una frase en el aire.
—El amor no debería doler así desde el principio.
La puerta se cerró.
Y aquellas palabras se quedaron resonando en la habitación como un eco imposible de ignorar.
Al día siguiente, Marco intentó actuar como siempre.
Desayunó temprano.
Revisó documentos.
Supervisó el trabajo en la bodega.
Respondió llamadas.
Sonrió cuando era necesario.
Pero todo era mecánico.
Vacío.
Porque cada vez que su mente se detenía por un segundo…
aparecía ella.
El beso.
Sus ojos cerrados.
La forma en que había respondido sin miedo.
Y el modo en que él había huido.
Isabella, en cambio, decidió ocupar sus manos para no pensar.
Se fue con Elisa a ordenar los jardines del ala este.
Plantaron flores nuevas.
Podaron arbustos.
Limpiaron fuentes antiguas.
Pero incluso mientras trabajaba, su mente regresaba una y otra vez a la misma escena.
—No debí ilusionarme —murmuró en voz baja.
Elisa la escuchó.
—¿Qué dices?
Isabella negó rápidamente.
—Nada, mamá.
Elisa la observó con atención.
—Ese hombre te importa.
No era una pregunta.
Isabella se detuvo.
El silencio fue suficiente respuesta.
Elisa dejó las tijeras a un lado.
—Entonces no te quedes con dudas.
Las dudas son lo único que puede destruir algo que aún no ha tenido la oportunidad de nacer.
Isabella bajó la mirada.
—No sé si hay algo que pueda nacer entre nosotros.
Su madre la tomó de las manos.
—Solo lo sabrás si te atreves a mirar la verdad.
Esa tarde, Marco tomó una decisión que no había querido tomar.
Buscó a Isabella.
La encontró en el invernadero.
Entre las plantas que ella misma había devuelto a la vida.
Estaba de espaldas, regando unas flores.
Cuando sintió su presencia, se giró lentamente.
Sus miradas se encontraron.
El silencio fue inmediato.
Tenso.
Pesado.
—Necesitamos hablar —dijo Marco finalmente.
Isabella asintió.
—Sí.
Él dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Se detuvo a una distancia prudente.
Como si aún tuviera miedo de acercarse demasiado.
—Lo de ayer… —empezó.
Isabella apretó las manos alrededor de la regadera.
—No tienes que explicarlo.
Marco negó.
—Sí tengo que hacerlo.
Ella lo miró con cautela.
—Entonces habla.
Él respiró hondo.
Y por un instante pareció que iba a decir la verdad.
Toda la verdad.
Pero las palabras correctas no salieron.
Solo una parte de ella.
—No estoy preparado.
Isabella cerró los ojos un segundo.
No fue sorpresa.
Pero dolió igual.
—¿Preparado para qué? —preguntó en voz baja.
Marco dudó.
Su voz salió más rota de lo que esperaba.
—Para ser lo que esperas de mí.
El silencio que siguió fue distinto.
Más frío.
Más definitivo.
Isabella dejó la regadera lentamente.
—Yo no espero nada de ti, Marco.
Él la miró.
—Eso es lo que dices ahora.
Pero no es lo que quieres.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Y qué es lo que crees que quiero?
Marco bajó la mirada.
No pudo responder.
Porque la verdad era demasiado peligrosa.
Porque si decía en voz alta lo que creía que ella quería…
tendría que admitir lo que él mismo deseaba.
Y eso era precisamente lo que había jurado no volver a sentir.
Isabella dio un paso atrás.
—Creo que te estás alejando de mí.
Marco cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, su voz fue más firme.
—Estoy intentando no hacerte daño.
Isabella lo miró con una tristeza silenciosa.
—Pero ya lo estás haciendo.
El invernadero quedó en completo silencio.
Marco no respondió.
Porque sabía que ella tenía razón.
Y por primera vez desde que la conoció…
no supo cómo arreglarlo.