Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 18: El Reencuentro
Capítulo 18: El Reencuentro
Europa quedaba lejos, muy lejos. Pero yo estaba dispuesta a llegar hasta el fin del mundo si era necesario. El detective Morales me había dado la dirección de Rebeca: una pequeña villa en el sur de Francia, comprada con dinero sucio. Con el mismo dinero que le había robado a mi padre.
Sebastián no quería que fuera.
—Es peligroso —me dijo la noche antes de mi viaje—. Rebeca ya mató una vez. Puede volver a hacerlo.
—Por eso mismo tengo que ir.
—Deja que la policía...
—La policía no hizo nada cuando mi padre murió. No hizo nada cuando Elena fue baleada. No hará nada ahora.
—¿Y si te pasa algo? ¿Qué hará Nico sin ti?
—No me va a pasar nada.
—Eso no lo puedes garantizar, porque vas a encontrarte con una mujer peligrosa.
—Estoy preparada para lo que surja, y te prometo que volveré.
—Las promesas se rompen.
—Las mías, no.
Me abrazó fuerte. Como si supiera que tal vez no volvería a verme.
El avión aterrizó en Niza un martes por la mañana. El sol brillaba y el mar azul contrastaba con el cielo despejado. Todo parecía tranquilo. Incluso podría decirse que parecía normal. Pero nada era normal.
Tomé un taxi hasta la villa. El camino serpenteaba entre colinas cubiertas de viñedos, casas de piedra y jardines florecidos. Para otra persona, aquello podría parecerle un paraíso. Para mí, era el escondite perfecto para una asesina.
El taxi se detuvo frente a una reja de hierro forjado. Detrás, una mansión blanca con ventanas verdes, jardines cuidados y varias fuentes de mármol. Pagué al taxista.
—¿Le espero? —preguntó.
—Gracias, pero no sé cuánto tardaré.
El taxista, un hombre bajito de rasgos asiáticos y sonrisa fácil, hizo un gesto de despedida.
—Entonces, buena suerte.
Arrancó el auto y se marchó. Yo me quedé sola frente a la reja. Respiré hondo para llenarme de valor y toqué el timbre.
—¿Quién es? —preguntó una voz por el interfono.
—Camila Montes. Vine a ver a Rebeca.
Del otro lado del aparato se hizo un largo silencio. Luego, la reja se abrió.
Caminé por un sendero de piedras, y mis pasos resonaban en el silencio de la tarde. La puerta principal se abrió antes de que llegara, y Rebeca estaba allí. Más vieja. Más delgada. Incluso lucía más cansada, pero conservaba el mismo brillo en los ojos.
—Sabía que vendrías —dijo—. Pasa.
Entré. La mansión era hermosa, con cuadros antiguos colgando de las paredes, muebles de otra época y un fuego crepitando en la chimenea.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó Rebeca, sirviendo té en una taza de porcelana.
—El detective Morales me dio algunas pistas.
—Ese hombre siempre está metido donde no lo llaman.
—Él solo busca justicia, para que pagues por lo que hiciste.
—La justicia no existe, Camila. Solo existe el poder.
—Eso es lo que diría alguien que mató para obtenerlo.
Rebeca dejó la tetera.
—Yo no maté a tu padre.
—Elena dijo que fuiste tú.
—Elena es una mentirosa.
—¿Y tú, qué eres?
—Una superviviente.
—Las supervivientes no huyen a Europa. Las supervivientes se quedan y enfrentan sus crímenes.
—¿Crees que fue un crimen? Tu padre estaba a punto de arruinarme.
—Te arruinaste sola. Tú lo arruinaste todo sola.
—¿Eso te dijo Elena?
—No. Me lo dijo la vida. Vi cómo mi padre moría mientras tú te hacías más rica. Vi cómo mi madre enfermaba mientras tú celebrabas. Vi cómo mi hermana se convertía en un monstruo mientras tú la empujabas al abismo.
—Rebeca siempre fue un monstruo. Yo solo la ayudé a descubrirlo.
—¿Ayudar? ¿Dispararle a Elena en el pecho es ayudar?
—Fue un accidente.
—¿Accidente? ¡Le disparó tres veces!
—Estaba nerviosa. No sabía lo que hacía.
—¡Miente!
Mi grito resonó en toda la mansión.
Rebeca enmudeció. Por primera vez, la vi temblar.
—¿Qué quieres, Camila?
—Que confieses.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces volveré a Estados Unidos y contaré todo a la prensa. La historia de Rebeca Méndez, la asesina que huyó a Francia. Veremos cuánto dura su paraíso cuando todo el mundo sepa la verdad.
—Nadie te creería.
—Tengo las cartas de mi padre. Los documentos que probaban que desviaste fondos. El testimonio de Elena. El informe del detective. ¿Crees que no me preparé antes de venir?
Rebeca palideció.
—Eres más lista de lo que pensaba.
—Aprendí de la mejor. De ti.
—¿De mí?
—Sí. Tú me enseñaste que el poder no se pide. Se toma.
—¿Y ahora qué? ¿Me vas a matar?
—No. No soy como tú.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Llevarte ante la justicia.
—No tienes autoridad para detenerme.
—Pero él sí.
La puerta se abrió. El detective Morales entró, seguido de dos policías franceses.
—Rebeca Méndez —dijo—, está detenida por los asesinatos de Rodrigo Méndez y el intento de homicidio de Elena Montes.
—Es mentira. No tengo nada que ver con eso.
—Tenemos las pruebas. Las cartas. Los documentos. El testimonio de Elena. Y ahora, su confesión grabada.
Rebeca me miró con odio.
—Me tendiste una trampa.
—Aprendí de la mejor —repetí.
Los policías la esposaron.
—¡Pagará por esto, Camila! —gritó mientras la sacaban—. ¡Te juro que pagarás!
—Lo dudo —respondí—. Tú estarás en la cárcel. Y yo, en casa. Con mi esposo. Con mi hijo. En paz.
La puerta se cerró. El silencio volvió.
El detective Morales se acercó.
—¿Está bien, señora Montes?
—Sí. Solo quiero irme a casa.
—La llevo al aeropuerto.
—Gracias.
Salimos de la villa. El sol seguía brillando. Pero yo ya no sentía frío.
Llegué a Miami un jueves por la noche. Sebastián me esperaba en el aeropuerto, con Nico en brazos y lágrimas en los ojos.
—Volviste.
—Te lo prometí.
—Nunca dudé de ti.
—Mentirocito.
—Bueno, tal vez un poco.
Nos abrazamos. Nico se aferró a mi cuello.
—Mami, no te vayas más.
—No voy a irme, mi amor. Nunca más.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Salimos del aeropuerto. La noche estaba estrellada. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que la paz era posible.
- Like si celebraste cuando detuvieron a Elena.
- Corazón si crees que la justicia llegó tarde, pero llegó.
-¿Qué crees que pasará con Rebeca?