Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo XIV:La tormenta que viene en camino
Mónica, sintiendo que perdía el control de la situación, se recompuso rápidamente y desvió la atención a lo que más le interesaba el tema económico.
—¡Ah, miren qué valiente salió la niña! ¡Resulta que ahora es abogada! —se mofó Mónica, cruzándose de brazos— Como tienes dinero y tiempo de sobra para demandas, ahora que cumpliste los dieciocho años vas a tener que empezar a pagar renta si quieres seguir viviendo bajo mi techo.
Ada ni siquiera parpadeó, sino que le sostuvo la mirada a Mónica a través del espejo retrovisor y esbozó una sonrisa carente de toda calidez, porque ya faltaba poco tiempo para que se mudara de esa casa así que no necesitaba seguir fingiendo sumisión.
—Me parece perfecto —respondió Ada con total serenidad—Y me imagino, entonces, que Victoria también va a pagar su parte de la renta, porque ella también tiene dieciocho años.
Al escuchar su nombre, Victoria abrió sus ojos de par en par, saliendo de inmediato de su papel de víctima.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué me metes a mí en tus asuntos?! —se quejó Victoria, enderezándose en el asiento—¡Papá, dile algo!
—Victoria, tú también eres mayor de edad —dijo Ada, con una lógica implacable—Supongo que la ley y las normas de esta casa se aplican para todos por igual. O todos pagan, o no paga ninguna.
Mónica balbuceó, respondiendo de forma completamente evasiva; porque la idea de cobrarle un solo centavo a su propia hija le parecía un absurdo, sin embargo, al verse acorralada por la aplastante lógica de Ada la dejó sin argumentos.
—Gerardo, mira cómo me habla tu hija —lloriqueó Mónica, adoptando un tono de voz lastimero para manipularlo.
Para Gerardo la actitud insolente y de superioridad intelectual de Ada terminaron por destrozarle los nervios, y perdiendo los estribos, pisó el acelerador a fondo.
El motor rugió y el vehículo rozó el límite de velocidad en plena avenida, el violento tirón hizo estremecer a Ada; la velocidad extrema era uno de sus peores traumas debido al accidente en el que murió su madre.
Estaba a punto de saltar del susto cuando, para colmo, su padre soltó un grito desencajado, lleno de pura frustración:
—¡Eres insoportable, Ada! ¡Eres una persona tóxica, manipuladora y agresiva! ¡Eres idéntica a tu madre!
Lejos de encogerse o de tomar el comentario como el insulto como su padre pretendía, Ada, por el contrario, enderezó la espalda.
—Estoy muy orgullosa de parecerme a mi madre —respondió Ada con dignidad.
El resto del trayecto, que duró casi treinta minutos debido al tráfico pesado de la hora pico, y se transformó en un debate encarnizado de tres contra uno, con Mónica, Gerardo y Victoria apelando al chantaje emocional, a la gratitud filial y a los gritos.
Sin embargo, esta era una batalla perdida desde el principio, porque estas tres personas movidas por la rabia y el orgullo y carente de toda lógica no tenían la más mínima oportunidad de ganarle un solo argumento a la campeona regional de debate de la preparatoria, Ada desmantelaba cada insulto con datos, leyes y una frialdad matemática.
Cuando el auto se detuvo en el estacionamiento de la casa de los Medina, el silencio en el auto era el de cuatro personas profundamente agotadas, por desgracia esta solo era la calma antes de la tormenta, porque Gerardo no pensaba dejarlo así, porque estaba decidido a que esa noche pondría en su lugar a Ada a cualquier costo.
Mateo había regresado a la casa por su cuenta, porque al enterarse del escándalo en la secundaria sabía que el ambiente se pondría muy pesado, y al igual que Gerardo sabía perfectamente que Ada era la mente maestra detrás de todo el colapso del grupo de los populares.
Sin embargo, a diferencia de su padre, él sentía una profunda satisfacción porque a pesar de que Victoria era su propia sangre, se había encargado de hacer de su vida en la secundaria un infierno, llamándolo afeminado de forma despectiva y esparciendo rumores sobre su sexualidad, lo que lo había convertido en el blanco de un incesante acoso escolar.
Mateo estaba a punto de prepararse la cena cuando el teléfono fijo de la casa rompió el silencio, y al atender, la voz firme de Damián se escuchó al otro lado de la línea.
La conversación entre ambos comenzó con naturalidad y se prolongó por un buen rato, Damián le contaba sobre su rutina en la academia de bomberos y Mateo sobre la tensa calma en el hogar.
Eventualmente, el tema de lo ocurrido en la secundaria salió a colación, fue en ese instante cuando Damián confirmó el presentimiento que lo había asaltado durante el entrenamiento.
—No te preocupes Damián, porque Ada está bien —le dijo Mateo en un tono cómplice y divertido, intentando tranquilizarlo—Pero te tengo una excelente noticia: Sebastián casi reprueba el examen de contingencia.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó Damián, genuinamente asombrado.
—Completamente en serio, apenas obtuvo la nota mínima aprobatoria.
Al escuchar aquello, Damián soltó una carcajada limpia y sonora, y llena de alivio desde el otro lado del teléfono.
—Mi madre debe de estar al borde de un colapso nervioso en este mismo instante—respondió, imaginando el orgullo herido de Pamela de Hernández.
El ambiente de la llamada era ameno, y un pequeño refugio de paz para el adolescente, el cual sabía que en cuanto regresaran sus padres se desataría un infierno, y continuaban conversando hasta que el sonido violento de un portazo lejano sacudió las paredes de la casa.
El eco de los tres tiranos entrando por la puerta principal interrumpió la tranquilidad, las voces de Gerardo, Mónica y Victoria se superponían en un coro de gritos e insultos dirigidos hacia Ada, la cual acababa de cruzar el umbral junto a ellos.
—¡Eres una zorra descarada!, ¡Una maldita resentida y una pagafantas! —chilló Victoria, perdiendo por completo los papeles y descargando toda la humillación por su nota nula.
—Yo al menos tengo la decencia de respetar esta casa —le dijo Ada, manteniendo su voz implacable—Y no estoy esperando a que nuestros padres se tomen la noche libre, para meter a un desconocido a mi habitación a hacer quién sabe qué cosas.
La insinuación cayó como una bomba en la sala, y Mónica al escuchar que los secretos de su hija consentida quedaban expuestos, perdió los estribos, y cegada por la rabia, caminó hacia Ada y le propinó una bofetada que resonó por todo el espacio.
—¡Cállate de una vez, maldita mentirosa! —bramó Mónica, fuera de sí.
Gerardo apartó a Mónica, pero no para defender a Ada, sino para propinarle otro golpe, sin embargo, Ada, que ya se cubría la mejilla herida, reaccionó a tiempo y esquivó el impacto.
—¡¿Te atreves a esquivarme?! —rugió Gerardo, carcomido por la impotencia de verse burlado.
Entre tanto en la cocina, el impacto del golpe y el grito subsiguiente sorprendieron a Mateo, y al otro lado de la línea, Damián, el cual alcanzaba a escuchar los gritos distorsionados, exigió saber qué estaba pasando con voz urgente.
Mateo, impulsado por el coraje que solo mostraba para defender a su hermana mayor, no colgó la llamada; sino que dejó el auricular sobre la encimera para que Damián fuera testigo de la barbarie que estaba ocurriendo y corrió a toda prisa hacia la sala, dispuesto a interponerse entre Ada y sus agresores.
Al otro lado de la línea, a tres horas de distancia, Damián escuchaba el caos en tiempo real, los gritos distorsionados, y los insultos cruzados inundaban el auricular hasta que, de pronto, el sonido seco de un impacto fue seguido por un quejido de dolor.
Mateo había llegado a la sala justo a tiempo para interponerse, recibiendo en su propio cuerpo el golpe que Gerardo pretendía descargar sobre Ada.
—¡Quítate de en medio, Mateo! —rugió Gerardo, con los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada— ¡Quítate o el próximo vas a ser tú!
A pesar de ser solo un chico de quince años y del miedo que sentía en ese momento, Mateo se plantó con firmeza, abriendo los brazos para proteger a su hermana, miró de reojo a su hermana y ella era tan delgada, y frágil, que sabía, que si recibía un golpe con esa intensidad por parte de un hombre adulto, terminaría malherida en el suelo.
—No voy a dejar que la golpees… papá.
Mateo sacudió la cabeza, aguantando las lágrimas debido al dolor del impacto recibido, y se negó a moverse, porque su instinto de protección a su hermana había superado todos sus temores.
Mientras tanto, en la academia de bomberos, la mente de Damián se llenó de una sola idea, se sentía lleno de frustración al saber que ella era frágil y los separaban tres horas de distancia, así que tomó una decisión visceral.
A pesar de que las enseñanzas de la academia le repetían a diario que su deber era salvar vidas, se dijo a sí mismo que Ada era su verdadera familia, y que si no podía salvarla a ella, entonces nada en su vida tenía sentido.
No le importó los reglamentos ni las consecuencias académicas, buscó a su compañero más cercano y le pidió prestada su moto porque sabía que así llegaría más rápido.
—No hagas una tontería, Hernández —le advirtió Martínez, lanzándole el llavero.
Damián con mucha habilidad las atrapó en el aire, y se dirigió al estacionamiento.
—Descuida, Martínez, que voy a llegar a tiempo a clase —respondió con una seguridad que rayaba en la temeridad.
Subió a la motocicleta y recorrió el trayecto a una velocidad que desafiaba a la muerte, con una meta fija en su cabeza: llegar a la casa de los Medina, derribar la puerta principal si era necesario y propinarle a Gerardo un par de golpes tan brutales que lo obligaran a arrodillarse.
«Quiero ver qué siente ese mal llamado padre cuando alguien más fuerte, más joven y más imponente lo maltrata», pensó, apretando el acelerador a fondo.
El viaje de tres horas acababa de comenzar mientras que la tormenta llamada Damián se dirigía a la casa de los Medina y esta vez no pensaba contenerse.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre