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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 12

​El cielo sobre la catedral privada de los Valerius se teñía de un azul metálico, frío y majestuoso. No era una boda, era un despliegue de armamento diplomático. En el exterior, francotiradores apostados en las gárgolas vigilaban el perímetro; en el interior, la flor y nata del crimen organizado y las finanzas globales ocupaban los bancos de madera tallada, moviéndose entre el aroma a incienso y el perfume caro de las mujeres que sabían que estaban asistiendo a un pacto de guerra.

​Alan esperaba en el altar. Su figura era la definición de la perfección geométrica: un esmoquin negro impecable, una camisa de seda blanca sin una sola imperfección y un reloj que marcaba los segundos con una crueldad rítmica. Sus manos, entrelazadas frente a él, estaban relajadas, pero su mirada estaba fija en las puertas dobles de roble. No había nerviosismo, solo una anticipación depredadora. Para Alan, este momento era la culminación de su obra maestra de control. El punto azul en su terminal privada le indicaba que Madelyn estaba a pocos metros de distancia.

​Cuando las puertas se abrieron, el murmullo de la catedral murió instantáneamente.

​Madelyn avanzaba por el pasillo central, pero no caminaba como una novia. Caminaba como una reina que se dirige a reclamar un territorio enemigo. Su vestido, una versión reconstruida y reforzada tras el ataque, brillaba con miles de cristales cosidos a mano que, bajo la luz de las vidrieras, parecían escamas de una armadura. El velo era una fina bruma de encaje que ocultaba su rostro, pero no podía esconder el fuego de sus ojos.

​A cada paso, el zafiro en su cuello emitía un destello azulado, un recordatorio constante de la marca de Alan. Vincenzo Moral la acompañaba, con el rostro pálido y las manos sudorosas; él sabía que estaba entregando a su hija a un lobo para salvar su propio pellejo. Madelyn, sin embargo, no miraba a su padre. Sus ojos estaban clavados en Alan.

​La tensión entre ambos era casi física, una corriente eléctrica que quemaba más que el sol de la tarde que se filtraba por los vitrales. Cuando llegó al altar, Alan dio un paso adelante y tomó su mano. El contacto fue un choque térmico: la frialdad de Alan contra el calor febril de Madelyn.

​Él levantó el velo. Sus ojos se encontraron en un duelo silencioso que duró una eternidad. Alan notó el rastro casi invisible de la cicatriz en su mejilla, y sus dedos rozaron su mandíbula con una posesividad que hizo que Madelyn apretara los dientes.

​—Estás radiante, Madelyn —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. La sangre te sienta bien.

​—Disfruta del espectáculo, Alan —respondió ella con una sonrisa gélida—. Porque este es el último día que me verás caminar hacia ti por voluntad ajena.

​La ceremonia transcurrió como un ritual litúrgico de poder. Las palabras del sacerdote sobre el amor y la entrega sonaban vacías, casi cómicas en medio de un salón lleno de hombres con armas ocultas bajo sus chaquetas de seda.

​Llegó el momento de los votos. Alan tomó el anillo de oro blanco y lo sostuvo entre sus dedos. Miró a Madelyn, no con la ternura de un novio, sino con la intensidad de un conquistador que pone la última piedra en su fortaleza.

​—Yo, Alan Valerius, te tomo a ti, Madelyn Moral, para protegerte, para vigilarte y para integrarte en mi imperio. Mi nombre es ahora tu escudo, y mi voluntad, tu frontera.

​Deslizó el anillo en su dedo con una firmeza que no admitía réplica. El metal se sintió como un grillete.

​Madelyn tomó el anillo de Alan. Sus manos no temblaban. Sus ojos eran dos pozos de petróleo ardiendo.

​—Yo, Madelyn Moral, te tomo a ti, Alan Valerius. Acepto tu nombre como un arma y tu casa como mi campo de batalla. No prometo obediencia, sino presencia. Y prometo que, desde hoy, nunca volverás a dormir con el silencio que conocías.

​Los invitados contuvieron el aliento. No era un intercambio de amor; era una declaración de guerra bajo el amparo de la iglesia. Alan sonrió, una mueca oscura y satisfecha. Le gustaba el desafío; le alimentaba la obsesión.

​—Puede besar a la novia —anunció el sacerdote, su voz temblando ligeramente.

​Alan rodeó la cintura de Madelyn con un brazo de hierro y la atrajo hacia sí. No fue un beso suave. Fue una colisión de egos, un reclamo de propiedad que sabía a traición y a necesidad. Madelyn respondió con la misma fuerza, clavando sus uñas en los hombros de Alan, demostrándole que, si él quería poseerla, tendría que pagar el precio en dolor. El beso quemaba, cargado de un deseo retorcido nacido del odio compartido y de un respeto que ninguno se atrevía a nombrar.

​Cuando se separaron, un estruendo de aplausos hipócritas llenó la catedral. Alan la tomó del brazo, su mano apretando con fuerza el encaje del vestido, y juntos caminaron hacia la salida.

​Al cruzar el umbral, la luz del sol los golpeó de frente. Los fotógrafos dispararon sus flashes, capturando la imagen de la pareja perfecta: la Sangre y el Cristal unidos por fin. Pero bajo la superficie de la seda y el esmoquin, la realidad era mucho más oscura.

​—El coche nos espera —dijo Alan, conduciéndola hacia la limusina blindada—. La recepción es un trámite. Esta noche, Madelyn, el mundo sabrá que eres una Valerius.

​—Esta noche, Alan —respondió ella, mirando el anillo en su dedo antes de subir al vehículo—, tú empezarás a entender que haber ganado la batalla del altar no significa que hayas ganado la guerra de mi cama.

​El coche se puso en marcha, escoltado por una caravana de seguridad que parecía un desfile militar. Atrás quedaba la catedral, testigo de un enlace que no buscaba la paz, sino la supervivencia del más apto.

​La Boda de Sangre había concluido. El contrato estaba sellado con oro y zafiros. Alan miró a su esposa, ahora legalmente su posesión, y sintió una satisfacción que rozaba la locura. Madelyn miró por la ventana, viendo cómo su antigua vida desaparecía, mientras su mente ya trazaba el mapa de la mansión Valerius para encontrar la primera grieta.

​Las miradas que se cruzaron dentro del coche eran dos espadas desenvainadas. El sol podía quemar fuera, pero dentro de ese vehículo blindado, el invierno de Alan y el fuego de Madelyn acababan de fusionarse en una tormenta que amenazaba con devorarlo todo. La boda había terminado, pero la verdadera carnicería estaba a punto de comenzar tras las puertas cerradas de su nueva vida compartida.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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