Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que empieza a quedarse
Samira regresó del buceo con la piel salada y el ego magullado. Las palabras de Gerard le daban vueltas en la cabeza como un zumbido molesto, pero al cruzar el umbral de la suite, su actitud volvió a endurecerse. Esperaba encontrar a Dominic esperándola, quizás con algún comentario sarcástico sobre su seguridad o una pregunta sobre su día.
Pero no hubo nada.
Dominic estaba sentado en el escritorio, con una computadora portátil frente a él y un fajo de papeles que Samira no reconoció. Ni siquiera levantó la vista cuando ella cerró la puerta con un golpe seco. El silencio en la habitación era tan denso que Samira sentía que se asfixiaba.
—He vuelto —anunció ella, dejando caer su equipo con estrépito.
—Me doy cuenta —respondió él, sin apartar los ojos de la pantalla. Su tono era plano, despojado de cualquier emoción. Era la voz de un extraño atendiendo a un cliente molesto.
—¿Eso es todo? —Samira se acercó, cruzándose de brazos—. ¿Ni una advertencia? ¿Ni un "no deberías andar sola con desconocidos"?
Dominic hizo un pequeño movimiento con la mano, pasando una página, e ignoró su provocación. La indiferencia era absoluta. Samira sintió una oleada de calor subirle por el cuello; prefería mil veces su insolencia que ese vacío.
Los tres días siguientes fueron una guerra de desgaste donde solo Samira disparaba. Ella buscaba su atención de forma errática: caminaba frente a él con vestidos que sabía que eran demasiado llamativos, subía el volumen de la música, incluso dejaba sus pertenencias tiradas en su camino. Pero Dominic se movía por la suite como si ella fuera un mueble más.
Él preparaba su propia comida, salía a caminar por su cuenta y, cuando coincidían en el espacio común, se limitaba a asentir con la cabeza. La bofetada había levantado un muro que el dinero de los Johnson no podía derribar.
Al tercer día, durante la cena que su padre les obligaba a tener en la suite para "mantener la imagen", Samira no pudo más.
—Es fascinante cómo te has adaptado a esta vida de parásito, Dominic —dijo ella, cortando su carne con una violencia innecesaria—. De un agujero en la pared a un hotel de cinco estrellas. Debes sentir que ganaste la lotería con la desgracia de mi familia.
Dominic masticó con calma y bebió un poco de agua. No la miró.
—Dime —continuó ella, bajando el tono, volviéndolo más afilado—, ¿tu madre sabe que vendiste tu apellido por un par de trajes caros y una cuenta de gastos pagada? ¿O ella también se vende al mejor postor?
Fue un golpe bajo, sucio. Samira esperaba que él saltara, que golpeara la mesa, que le gritara que era una niña mimada. Necesitaba que él se defendiera para ella sentirse menos culpable por lo que sentía.
Pero Dominic solo dejó los cubiertos sobre el plato. La miró a los ojos, pero no había fuego en ellos. Solo una fatiga infinita.
—¿Ya terminaste? —preguntó él suavemente—. Porque si buscas una pelea para sentirte viva, estás perdiendo el tiempo. Ya me dijiste lo que soy, Samira. Ya me golpeaste. No tengo nada de qué defenderme ante alguien que solo sabe destruir lo que no entiende.
Se levantó y se retiró a su habitación, dejándola sola frente a una cena que de repente sabía a ceniza. Samira se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole en los oídos. Lo había provocado con lo más sagrado, y él ni siquiera le había concedido el honor de una respuesta airada. Estaba ganando la batalla del silencio, y Samira se sentía cada vez más pequeña.
Desesperada por escapar de esa opresión, Samira comenzó a salir cada vez más. Si las tardes en la villa eran insoportables, las noches en los clubes de la isla eran su único refugio. Buscaba la mirada de otros hombres, el ritmo de la música que impedía pensar y el exceso que la hacía sentir, por unos minutos, que seguía siendo la reina de Orlando.
—¡Otra ronda! —gritaba en bares llenos de humo y luces de neón, rodeada de personas que no sabían su nombre pero amaban su dinero.
Ella creía que estaba sola. Creía que finalmente había logrado que Dominic se rindiera y la dejara a su suerte.
Lo que Samira no sabía era que, cada vez que ella cruzaba el umbral del hotel, una figura se levantaba de las sombras del vestíbulo. Dominic no la seguía de cerca; se mantenía a una distancia prudencial, moviéndose entre la multitud como un fantasma que conocía bien los peligros de la noche.
Se quedaba en las esquinas oscuras, observando cómo ella bebía demasiado, cómo reía con hombres que tenían manos rápidas y ojos vacíos. Dominic ya no intervenía, no podía defender ni pedir respeto a quien no se respetaba. Pero se quedaba allí, con la mandíbula tensa y los puños en los bolsillos, asegurándose de que regresara al hotel con el pulso intacto.
Una noche, mientras ella caminaba tambaleante hacia un taxi, Dominic la vio desde el otro lado de la calle. Samira se detuvo un momento, mirando hacia la oscuridad, como si presintiera que alguien la observaba. Pero él no se mostró.
Él no estaba allí por amor, ni por el contrato, ni por el dinero de Lucas Johnson. Estaba allí porque, aunque ella lo despreciara, era la única persona que lo mantenía anclado a una realidad donde todavía valía la pena proteger algo.
Samira regresó a la suite y cerró la puerta, creyendo que había burlado a su guardián. Detrás de ella, en el pasillo, Dominic escuchó el clic de la cerradura y solo entonces se permitió soltar un suspiro de alivio, antes de caminar hacia su propia soledad. La grieta seguía allí, pero mientras ella intentaba ensancharla, él, sin que ella lo supiera, la estaba usando para vigilar que no se terminara de romper.