Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
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capitulo 22
La mañana en la mansión Blackwood amaneció envuelta en una neblina plateada que hacía que los jardines parecieran un cuadro impresionista, pero dentro de nuestra suite, la realidad era mucho más nítida y afilada. Me desperté con la sensación del cuerpo de Alexander contra el mío; su piel siempre emanaba un calor que contrastaba con la frialdad con la que ambos manejábamos el mundo exterior.
Me quedé un momento observándolo. Alexander dormía con la misma intensidad con la que vivía, con una mano posesiva descansando sobre mi vientre. Su mera presencia era el recordatorio constante de que ya no estaba sola en esta guerra. Me levanté con cuidado, deslizando mis piernas fuera de las sábanas de seda negra, y caminé hacia el ventanal.
Hoy comenzaba la implementación estricta del Protocolo de Respeto. Liam había pasado años creyendo que las reglas no se aplicaban a él; hoy aprendería que, en la jerarquía de los Blackwood, él era poco más que un invitado de cortesía.
Sintiendo su mirada, me giré. Alexander estaba despierto, apoyado en sus codos, observándome con ese brillo de depredador que siempre lograba que mi pulso se acelerara. No había palabras suaves entre nosotros al despertar, solo una tensión eléctrica de complicidad.
—Estás planeando el desayuno —murmuró su voz, profunda y cargada de una vibración que me recorrió la columna—. Sé esa mirada, Luna. Es la mirada de alguien que va a ejecutar una sentencia.
—Solo estoy recordando las normas de la casa, Alexander —respondí, acercándome a la cama. Dejé que mi bata de seda cayera al suelo, quedando solo con el camisón traslúcido. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo mis palmas—. Liam cree que la escena del sobre rojo fue un evento aislado. Necesito que entienda que es su nueva realidad.
Alexander me tomó por la nuca, atrayéndome hacia un beso que sabía a café y a una posesión absoluta. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mis caderas con una urgencia que no pedía permiso. La sensualidad que compartíamos era nuestro lenguaje privado, el único lugar donde no había jerarquías, solo una unión salvaje que nos alimentaba para enfrentar el día.
—Haz que se rompa, Luna —susurró contra mi boca—. Haz que entienda que cada paso que da en esta casa está bajo tu bota.
La Humillación en el Comedor
A las nueve en punto, bajé al comedor. Llevaba un vestido de seda gris perla, sobrio pero con un corte que acentuaba cada una de mis curvas de manera insultante. Alexander ya estaba sentado a la cabecera, leyendo los informes financieros. Liam y Elena estaban allí, sentados a mitad de la mesa, luciendo como si no hubieran dormido en toda la noche.
Me detuve en la entrada. El silencio se hizo denso.
—Liam —dije, mi voz fluyendo como agua gélida—. ¿Dónde está tu saludo?
Liam levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre. Se aferró a su taza de café hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
—Buenos días, Luna —masculló, intentando sonar desafiante.
Alexander no levantó la vista del periódico, pero su voz cortó el aire como un látigo.
—¿Luna? —preguntó Alexander con una calma aterradora—. Creo que le debes el respeto debido a la Matriarca de esta familia, sobrino. En esta mesa no hay iguales.
Liam tragó saliva. Pude ver el momento exacto en que su orgullo se resquebrajó un poco más. Se levantó lentamente, con una rigidez que gritaba dolor, y se inclinó en una reverencia formal.
—Buenos días... Tía Luna.
—Siéntate —sentencié, ocupando mi lugar frente a Alexander—. He revisado tu solicitud para el mantenimiento del club de yates. Denegada. A partir de hoy, ese activo queda bajo mi supervisión directa. Si quieres usar el barco, tendrás que enviarme una solicitud formal con tres días de antelación, detallando la lista de invitados y el propósito del viaje.
—¡Eso es ridículo! —estalló Elena, pero una sola mirada mía la hizo callar—. Es nuestra vida social, Luna.
—Es el dinero de la familia, Elena —corregí, tomando un sorbo de té—. Y tú eres, de momento, solo una prometida. Tu lugar en esta jerarquía es todavía más precario que el de Liam. Sugiero que aprendas a apreciar el silencio.
Liam me miraba con una mezcla de odio y una nostalgia desesperada que me producía una satisfacción casi física. Me gustaba ver cómo buscaba en mi rostro a la chica del orfanato y solo encontraba el frío diamante de una mujer que ya no lo necesitaba para respirar.
El Encuentro en la Biblioteca
Por la tarde, me encontraba en la biblioteca organizando los archivos de la fundación. Sabía que él vendría. La tensión psicológica que estaba ejerciendo sobre él era como una cuerda tensándose hasta el punto de ruptura.
La puerta se abrió y Liam entró. Cerró con llave tras de sí, un gesto de estupidez que solo demostraba su falta de control.
—¿Qué quieres, Liam? —pregunté sin levantar la vista de los documentos—. Tengo poco tiempo y tu informe de gastos del mes pasado todavía tiene "agujeros" que explicar.
—Deja de jugar, Luna —se acercó al escritorio, invadiendo mi espacio personal—. Sé lo que estás haciendo. Me estás asfixiando. ¿Es esto lo que querías? ¿Verme arrastrarme por un poco de dinero?
Me levanté lentamente, rodeando el escritorio. Me detuve a escasos centímetros de él. Podía oler su rabia, el aroma a tabaco y ese perfume caro que yo misma le había ayudado a elegir cuando aún creía que era un hombre digno.
—¿Verte arrastrarte? No, Liam —susurré, bajando la voz hasta que solo él pudiera oírme—. Quiero verte entender que no eres nada sin el apellido que Alexander te permite llevar. Me dejaste en un apartamento vacío porque yo no "encajaba" en tu nuevo mundo. Mírame ahora. Yo soy el mundo en el que intentas desesperadamente sobrevivir.
Liam perdió la cabeza. Me tomó de los hombros con una fuerza que buscaba desesperadamente una reacción, un rastro de la antigua Luna.
—Tú me amabas —dijo, su voz quebrándose—. Puedo verlo en tus ojos. Todo este poder, todo este teatro con mi tío... es solo para hacerme daño porque todavía sientes algo.
Me reí. Fue una risa suave, desprovista de cualquier calidez. Puse una mano sobre su pecho, justo encima de su corazón, sintiendo su latido desbocado.
—Lo que siento por ti, Liam, es lo mismo que siento por el polvo en estos libros antiguos: una ligera molestia que debe ser limpiada —deslicé mi mano hacia arriba, rozando su mandíbula con la punta de mis dedos, viendo cómo su respiración se volvía errática—. No te confundas. Si estoy con Alexander no es para vengarme de ti. Estoy con él porque él es un hombre de verdad, alguien que construye imperios, mientras tú solo eres un niño que heredó un juguete que no sabe usar.
Sus ojos viajaron a mis labios, una mezcla de deseo y desesperación que me produjo asco. Intentó inclinarse hacia mí, pero puse un dedo sobre su boca.
—Cuidado, sobrino —dije con una sonrisa letal—. Un paso en falso más y le pediré a Alexander que te retire la asignación de vivienda. ¿Te imaginas a Elena Miller durmiendo en un hotel de tres estrellas?
Lo empujé suavemente, pero él retrocedió como si le hubiera dado una bofetada. En ese momento, escuchamos el sonido de la llave girando. Alexander entró. No parecía sorprendido; él sabía exactamente cómo yo manejaba a Liam.
—¿Algún problema con los archivos, Luna? —preguntó Alexander, caminando hacia nosotros con una elegancia que hacía que Liam pareciera un mendigo con traje.
—Ninguno, querido —respondí, caminando hacia Alexander y rodeando su cuello con mis brazos en un gesto de posesión absoluta—. Liam solo estaba agradeciéndome por las nuevas directrices de comportamiento. Ya se iba.
Alexander me tomó de la cintura, marcando su territorio frente a su sobrino. La mirada que le lanzó a Liam fue de un desprecio tan puro que vi al joven encogerse físicamente.
—Vete, Liam —ordenó Alexander—. Y la próxima vez que cierres una puerta con llave en esta casa, asegúrate de que no sea la última que abres.
Liam salió de la habitación con la cabeza gacha, la imagen misma de la derrota.
La Recompensa del Poder
Cuando nos quedamos solos, el silencio de la biblioteca se volvió denso, cargado de la adrenalina de la confrontación. Alexander me alzó y me sentó sobre el escritorio de caoba, apartando los documentos de la fundación con un movimiento brusco.
Sus manos subieron por mis muslos, deshaciendo la pulcritud de mi vestido. Me miraba con una intensidad que siempre me recordaba que éramos dos de la misma especie: ambiciosos, oscuros, letales.
—Has estado jugando con fuego, Luna —murmuró, su aliento caliente contra mi cuello—. Te gusta ver cómo se desespera.
—Me gusta que sepa quién manda, Alexander —respondí, enredando mis dedos en su cabello, tirando levemente para obligarlo a mirarme—. Me gusta que sepa que la mujer que despreció es ahora la que sostiene su vida en sus manos.
La sensualidad de esa tarde fue una celebración de nuestra posición. En la penumbra de la biblioteca, rodeados de siglos de conocimiento y poder acumulado, Alexander me reclamó con una pasión que era tanto física como simbólica. No era solo el placer de su cuerpo contra el mío, era la validación de que habíamos ganado. Mientras sus labios recorrían mi piel, sentí que cada caricia borraba una cicatriz del pasado, reemplazándola con el hierro candente de mi nuevo presente.
Alexander me hizo suya allí mismo, entre los libros contables y las sentencias de muerte financiera de Liam. Fue un acto de reafirmación de nuestra alianza. En sus brazos, no era una tía, ni una ex, ni una víctima; era la reina de un imperio que estábamos consolidando beso a beso, contrato a contrato.
Cuando finalmente descansé mi cabeza en su hombro, escuchando su respiración volver a la normalidad, estaba funcionando a la perfección. Liam ya no era una amenaza; era un juguete. Y el juego apenas estaba empezando.
el sonido de la lluvia comenzando a golpear los cristales, un recordatorio de que afuera el mundo era inhóspito, pero aquí, en el centro del poder, el fuego nunca se apagaba.