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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 3

El sonido del mazo del juez golpeando el estrado resonó en la sala como un disparo seco. Para todos los presentes, era la señal de que la justicia había seguido su curso. Para mí, fue el recordatorio de que mi vida seguía siendo un escenario de madera vieja y leyes frías.

—Felicidades, Alicia. Otra victoria impecable —me dijo mi socio principal, estrechando mi mano con esa presión calculada de quien ve en ti una máquina de facturación, no una persona.

—Gracias, señor —respondí mecánicamente.

Sentía la mano sudada. Mis dedos, los mismos que anoche habían sentido la textura del cuero de una máscara y el calor de una piel desconocida, ahora sostenían un maletín de cuero italiano lleno de documentos que ya no me importaban. Salí de los juzgados esquivando a la prensa y a los clientes satisfechos. El sol del mediodía me quemaba los ojos, recordándome que el mundo real era demasiado brillante, demasiado expuesto.

Llegué al bufete y me encerré en mi despacho. Me apoyé contra la puerta cerrada, respirando con dificultad. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía insoportable. Miré mi escritorio: todo estaba en su lugar. El portalápices alineado con el borde de la mesa, el ordenador encendido con la bandeja de entrada desbordada, el cuadro minimalista de la pared que siempre me había parecido una ventana a la nada.

De repente, una náusea de irrealidad me invadió. ¿Quién era esta mujer? ¿La que redactaba contratos de confidencialidad o la que anoche se convirtió en una confesión viviente bajo una peluca carmesí?

Me senté y traté de trabajar. "Cláusula 4.2: En caso de incumplimiento...". Las palabras empezaron a bailar frente a mis ojos. En lugar de términos legales, mi mente proyectaba fragmentos de la noche anterior. Recordaba el roce de sus dedos contra mi barbilla, la forma en que su pulgar había delineado mi labio inferior sin llegar a besarme del todo. Esa tensión, ese "casi", era más real que cualquier sentencia judicial que hubiera ganado en mi carrera.

Sonó el teléfono interno. Mi secretaria.

—Alicia, tu madre está en la línea dos. Dice que es urgente sobre el menú de la gala benéfica de mañana.

Cerré los ojos con fuerza.

—Dile que la llamo en diez minutos, Marta. Estoy... terminando un borrador importante.

No era un borrador. Era un colapso silencioso. Me levanté y fui al pequeño espejo que tenía en el baño privado de mi oficina. Me solté el moño por un segundo, solo para sentir que mi cabeza pesaba menos. Me miré las ojeras. Eran el único rastro de mi vida secreta.

—Estás jugando con fuego, Alicia —le dije a mi reflejo—. Y lo peor es que te encanta cómo quema.

La presión familiar era un ruido de fondo que cada vez se volvía más estridente. Mis padres no solo esperaban que fuera la mejor abogada; esperaban que fuera el eslabón perfecto de una cadena que se remontaba a generaciones. Pero ese eslabón se estaba agrietando.

Cada vez que mi padre mencionaba mi futuro, yo solo podía pensar en el viernes. Cada vez que mi madre criticaba mi falta de interés por los pretendientes "de buena cuna" que intentaba presentarme, yo solo sentía el eco de la voz de aquel desconocido, esa voz que no necesitaba saber mi apellido para hacerme sentir que existía.

Elena entró en mi despacho sin llamar, como de costumbre. Me encontró con el pelo suelto y la mirada perdida.

—Vaya, la abogada de hierro tiene una fisura —dijo, cerrando la puerta tras de sí y sentándose en el borde de mi mesa—. Tienes esa mirada, Ali. La mirada de quien ha probado el veneno y está esperando a que el efecto llegue al corazón.

—No sé de qué hablas —mentí, recogiendo mi pelo apresuradamente para volver al moño reglamentario.

—Hablo de que no has dejado de tocarte el cuello desde que te vi en el pasillo. ¿Te dejó alguna marca?

—No hizo nada, Elena. Solo... hablamos. Bueno, ni siquiera hablamos de cosas normales. Fue como si nos conociéramos de otra vida, pero sin los nombres que arrastramos en esta.

—Eso es lo más peligroso —advirtió ella, aunque sus ojos brillaban de emoción—. En el club no hay contexto. No hay pasado que te detenga ni futuro que te obligue. Pero ten cuidado, Alicia. El protocolo existe por algo. Si dejas que esa mujer de rojo se coma a la abogada, no habrá vuelta atrás.

—Quizás eso es lo que quiero —susurré, tan bajo que casi no me escuché ni yo.

Esa noche, en la soledad de mi apartamento, no pude dormir. Saqué la peluca roja y la puse sobre la almohada de al lado. En la oscuridad, el color parecía una mancha de sangre. Me pregunté qué estaría haciendo él. ¿Sería también un esclavo del reloj y la apariencia durante el día? ¿O sería alguien libre que solo iba al club por pura diversión?

Me imaginé sus manos de nuevo. Eran manos que daban seguridad, manos que no temblaban. Sentí una punzada de deseo mezclada con un miedo atroz. Estaba empezando a ansiar el viernes con una desesperación que rozaba la locura. La rutina de los lunes a jueves se había convertido en un trámite, en una máscara de cartón piedra que me picaba en la cara.

Mañana sería la gala. Tendría que ponerme el vestido gris perla, sonreír a los senadores y escuchar los planes de mi padre para mi ascenso a socia. Tendría que ser Alicia Vázquez. Pero mientras mi cuerpo estuviera en ese salón de baile lujoso, mi mente estaría en un callejón oscuro, frente a una puerta metálica, esperando a que el hombre de la máscara de plata me dijera: "Bienvenida a casa".

Porque ese era el problema: por primera vez en treinta años, el lugar donde no tenía nombre se sentía mucho más como mi hogar que el lugar donde todos conocían quién era.

Me abracé a mí misma en la cama, sintiendo el frío de las sábanas de seda. Solo faltaban tres días para el viernes. Tres días de protocolo. Tres días de mentiras. Tres días de ser perfecta para poder, finalmente, volver a ser real en la oscuridad.

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