El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 14: Metáforas, sospechas y cuentos chinos
La fiesta por el cumpleaños de la pelirroja estaba en su punto máximo. El aire en el departamento estaba viciado por el humo, el aroma a ponche de frutas con demasiado alcohol y el sudor de decenas de estudiantes bailando apretados bajo luces de neón moradas. Pero para las tres mejores amigas de Sky, la verdadera fiesta no estaba en la pista de baile, sino en el rincón donde Sky intentaba, sin mucho éxito, parecer una persona normal.
Sky sostenía un vaso rojo, balanceándose ligeramente al ritmo de una canción de trap, pero sus ojos no estaban en sus amigas. Sus ojos eran imanes que, cada vez que creían no ser observados, se desviaban hacia la entrada, donde Ian Thorne conversaba con un grupo de jugadores.
Ian se veía como el capitán de siempre: relajado, con una mano en el bolsillo de sus cargo y esa sonrisa carismática que repartía como si fueran dulces. Sin embargo, cada vez que sus miradas se cruzaban con las de Sky, el aire parecía espesarse. No eran miradas de amigos, ni siquiera de "conocidos que se llevan bien". Eran miradas que recordaban el sabor del agua caliente, el olor a harina y la presión de una espalda contra los azulejos.
—Bien, ya basta —soltó la pelinegra, cortando el espacio frente a Sky—. Si sigues mirando a Thorne así, vas a terminar prendiéndole fuego a su playera con la mente.
Sky parpadeó, regresando a la realidad del círculo de sus amigas. La rubia y la pelirroja —la cumpleañera— la rodeaban con expresiones que oscilaban entre la diversión y la sed de sangre informativa.
—¿Qué? No lo estaba mirando —mintió Sky, bebiendo un sorbo largo de su vaso.
—Sky, querida, somos tus amigas. No nos vendas el mismo humo que le vendes a Madison —dijo la pelirroja, ajustándose su corona de "Birthday Girl"—. Entraron al baño cubiertos de harina y salieron... bueno, tú saliste como si hubieras visto a Dios y él salió con una cara de "he cometido un pecado y pienso volver a hacerlo". Suelta la sopa. ¿Qué pasó?
Sky sonrió, esa sonrisa descarada y sinvergüenza que era su mejor armadura. Sabía que si les daba un solo detalle real, la interrogarían hasta el amanecer. Así que decidió usar su arma favorita: la confusión.
—Oh, chicas... lo que pasa es que la ciencia es un camino tortuoso —empezó Sky, gesticulando de forma exagerada—. Ian y yo simplemente estábamos llevando el experimento de la biomecánica a un entorno no controlado. ¿Saben lo que pasa cuando una partícula de alta energía choca con una masa inerte?
—Sky, no nos hables de física —gruñó la rubia—. Háblanos de si el capitán sabe usar esa lengua afilada para algo más que dar órdenes en la duela.
Sky se inclinó hacia ellas, bajando la voz como si fuera a revelar el secreto del universo.
—Miren, es como el cuento del lobo y la luna. La luna cree que está a salvo porque está muy alto, pero el lobo... el lobo no necesita alcanzarla para que ella brille solo para él. Digamos que el lobo encontró una escalera, y la luna descubrió que le gusta que le aúllen de cerca.
Las tres amigas se miraron entre sí, desconcertadas.
—Eso no tiene ningún sentido —dijo la pelinegra—. ¿Ian es el lobo? ¿Tú eres la luna? ¿La harina era la escalera?
—Es una metáfora, chicas —rio Sky, dándole una palmadita en la mejilla a la rubia—. La vida es un jardín de senderos que se bifurcan, y a veces, para entender la anatomía de un momento, tienes que perderte en el bosque. Ian es solo... un guardabosques muy dedicado que estaba ayudándome a no tropezar con las raíces.
—Sky, te juro que si vuelves a darnos un "cuento chino" sobre bosques y lobos, te voy a tirar el ponche encima —amenazó la pelirroja, aunque se estaba riendo—. Dinos la verdad. ¿Se besaron?
Sky miró por encima del hombro de su amiga. Ian la estaba observando en ese preciso instante. Él se llevó la mano a la cadena de plata y tiró de ella suavemente, un gesto que antes era de nerviosismo y que ahora parecía una señal privada. Sky sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—Digamos que el fémur es el hueso más largo del cuerpo, pero el deseo es el músculo que más se estira sin romperse —soltó Sky con un guiño—. Hubo una colisión de placas tectónicas. Hubo un eclipse. Y ahora, el clima en Saint Jude está a punto de volverse tropical.
—¡Es imposible hablar contigo! —exclamó la rubia, frustrada—. ¡Eres una esfinge con purpurina!
—Es que no hay nada que decir —insistió Sky, recuperando su tono más ligero—. Somos compañeros de laboratorio. Él es el modelo, yo soy la científica. Si el modelo decide que la científica necesita una demostración práctica de la respuesta refleja... ¿quién soy yo para contradecir al método científico?
A unos metros de distancia, Ian Thorne sentía el peso de la mirada de las amigas de Sky. Sabía que lo estaban analizando, que estaban tratando de descifrar el código. Pero él se mantenía impasible. Al pv, su lengua era afilada, pero en público, su silencio era su mejor defensa.
Evans se le acercó, dándole un codazo.
—Oye, Thorne, las amigas de la loca no te quitan el ojo de encima. ¿Hiciste algo para ganarte a la guardia pretoriana o es que finalmente te aceptaron en el club de los desquiciados?
Ian soltó una carcajada nasal, esa que solo Sky sabía que era real cuando estaba relajado.
—Solo estamos coordinando la próxima entrega de Anatomía, Evans. Ya sabes cómo son de dramáticas las chicas de arte. Ven misterios donde solo hay libros de texto.
—Ya, claro. Libros de texto que te dejan esa mirada —bufó Evans, alejándose hacia la mesa de bebidas.
Ian volvió a mirar a Sky. Ella estaba riendo, envuelta en su círculo de amigas, siendo la loca descarada que todos conocían. Pero él sabía que debajo de esa fachada de metáforas y cuentos chinos, había una mujer que había temblado bajo su tacto hacía apenas unas horas.
El juego de la normalidad se estaba volviendo una tortura deliciosa. Cada palabra que ella decía para despistar a sus amigas era un ladrillo más en el muro que estaban construyendo alrededor de su secreto. Un muro que, Ian sabía, tarde o temprano terminaría por caer, pero mientras tanto, disfrutaría de cada segundo de esa construcción privada.
Sky levantó su vaso hacia él en un brindis silencioso que solo él notó. Ian asintió con la cabeza, manteniendo la calma y el control, mientras por dentro, el recuerdo de la suavidad de su piel y la respuesta de su cuerpo lo hacían desear que la fiesta terminara pronto para que la luna y el lobo pudieran volver a encontrarse en el bosque.
—Salud por la ciencia —susurró Sky para sí misma, ignorando las quejas de sus amigas que seguían exigiendo detalles que ella nunca les daría con palabras sencillas.