NovelToon NovelToon
El Precio De Tu Amor

El Precio De Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Baudilio Smith Burgos

Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.

Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.

NovelToon tiene autorización de Baudilio Smith Burgos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Juego De Máscaras

CAPÍTULO 19: El juego de Máscaras

La habitación del sótano olía a humedad y a miedo. Una bombilla desnuda colgaba del techo, oscilando apenas, y su luz amarillenta dibujaba sombras alargadas en las paredes de concreto. El aire era denso, frío, y se oía el goteo constante de una tubería rota. Chávez Pulido los esperaba sentado en una silla de madera, con las piernas cruzadas y una expresión de decepción absoluta.

—Me decepcionan —dijo, sin apartar la mirada—. Creí que eran inversionistas, pero son espías.

—No somos espías —respondió Laura, aunque su voz tembló apenas—. Somos empresarios que querían asegurarse de que su negocio era legítimo.

—¿Y por eso tomaron fotos de mis cajas? ¿Por eso revisaron mis almacenes a escondidas?

Laura no respondió. Sabía que cualquier excusa sonaría falsa. Chávez Pulido se levantó lentamente y se acercó a ella, tan cerca que pudo sentir su aliento con olor a café y tabaco.

—Sé quién es usted, Laura McCormick. O mejor dicho, Laura Salgado. Usted es cubana, economista. Dejó la universidad por un hombre que la maltrató. Luego se fue con un americano rico, y ahora trabaja para el FBI.

Laura sintió que el alma se le salía del cuerpo. Un sudor frío le recorrió la espalda. No podía respirar. ¿Cómo era posible que supiera tanto?

— ¿Cómo lo supo? —acertó a preguntar, con la voz quebrada.

—Tengo contactos en todas partes. Incluso en la embajada americana. El contacto de ustedes que trabaja allí, el que debía socorrerlos en caso de algún problema, está en mi nómina desde hace años.

Laura cerró los ojos. En ese instante comprendió que habían caído en una trampa perfecta, tejida con paciencia y traición. Su mente voló hacia su madre Andrea, sola en su casa de La Habana. Por un momento deseó desaparecer.

— ¿Qué va a hacer con nosotros? —preguntó Alfred. Su voz sonó más firme de lo que Laura esperaba, aunque sus manos temblaban.

—Eso depende de ustedes —dijo Chávez Pulido, recuperando su tono casual—. Pueden colaborar y vivir. O pueden negarse y morir. Pero no aquí. Sería en un accidente de tráfico, o en un asalto. Versiones más creíbles para dos empresarios que vinieron a conocer el país.

— ¿Qué pretende que hagamos?

—Quiero que sigan con la misión, pero ahora trabajando para mí. Le darán información falsa a su suegra, y me dirán lo que el FBI está planeando en mi contra.

— ¿Y si nos negamos? —intervino Laura, aunque ya temía la respuesta.

Chávez Pulido esbozó una sonrisa lenta, cruel, que tenía la maldad impregnada en cada sonido.

—Entonces su madre Andrea, tendrá un accidente en La Habana. Ella vive sola, ¿No es así? Sería una lástima que muera en un incendio. O que resbale en las escaleras de manera casual. Y nadie va a dudar del accidente, porque esas cosas suceden con mucha frecuencia.

Al escuchar que su madre estaba en peligro por su culpa, Laura sintió que la sangre se le congelaba. Las piernas le flaquearon. Alfred la sostuvo por el codo.

—Está bien —dijo Laura, con la voz rota pero decidida—. Trabajaremos para usted.

—Eso es mejor —respondió Chávez Pulido, satisfecho—. Ahora vuelvan a su habitación. Mañana tienen que llamar a la suegra. Y recuerden: si mienten, su madre muere.

Ya en la habitación, Laura esperó hasta las tres de la madrugada. Permaneció en la cama, en silencio, escuchando los latidos de su corazón y los ronquidos de Alfred. Cuando el reloj marcó la hora, sacó el teléfono satelital del fondo de su maleta, lo encendió con manos temblorosas y marcó el número de emergencia de Margaret.

—Dime —respondió Margaret al primer tono. Su voz era un ancla en medio de la tormenta.

—Mami —dijo Laura, y la palabra le supo a infancia y a refugio—. Estamos en problemas.

Le contó todo en dos minutos: lo de Chávez Pulido, lo de Valdés, la amenaza contra Andrea, el contacto infiltrado en la embajada. Cada palabra era un puñal.

—Escúchame bien —dijo Margaret, con esa frialdad quirúrgica que la había hecho legendaria—. No vas a darles información falsa. Vas a darle información real pero controlada. Así ganamos tiempo.

— ¿Y mi madre?

—Ya estoy moviendo algunas fichas. En doce horas tu madre estará en un lugar seguro. No se lo digas a nadie.

Laura suspiró profundo, y sintió que las piernas le temblaban.

— ¿Y Alfred?

—Alfred tiene que mantener la calma, y dejar de beber. Una sola copa de más y los delatará.

Laura buscó el rostro de Alfred, que la miraba fijamente con los ojos brillantes de insomnio.

—Lo dejaré —susurró él, como un juramento.

—Escuchaste, Margaret —dijo Laura.

—Bien. Ahora tengo que cortar. Nos comunicamos mañana. Cuídense.

La llamada terminó. Laura guardó el teléfono y se quedó mirando el techo. A su lado, Alfred le tomó la mano. Al día siguiente, después de una mañana de fingir normalidad, Laura tuvo una idea.

—Vamos a contactar a Esteban Valdés, sin que Chávez Pulido se entere.

— ¿Eso para qué? —preguntó Alfred, frunciendo el ceño.

—Porque Valdés es el que realmente tiene el poder. Chávez Pulido es solo su empleado. Si logramos que Valdés nos crea, podemos ponerlo en contra de su socio.

—Eso es muy arriesgado. Si Valdés nos delata, estamos muertos.

—En este trabajo todo es arriesgado —dijo Laura, con una calma que no sentía.

Alfred asintió.

—Está bien. ¿Cómo lo hacemos?

—Valdés almuerza todos los días en un restaurante privado, que se llama el Mirador. Iremos mañana.

Al día siguiente, en el restaurante "El Mirador", Laura y Alfred se sentaron cerca de la entrada. El lugar olía a mariscos y a cuero viejo. Los guardaespaldas de Valdés ocupaban dos mesas contiguas. Valdés llegó a la una en punto, con un traje blanco y gafas oscuras. Alfred se levantó y caminó hacia su mesa con pasos firmes.

—Disculpe —dijo—. ¿Es usted el señor Valdés?

Valdés lo miró con sorpresa, y luego con recelo. Sus guardaespaldas pusieron las manos sobre las sobaqueras.

—Sí. ¿Y usted?

—Alfred McCormick, inversionista americano. ¿Podemos hablar?

Valdés hizo una leve seña a sus hombres. Se sentó y señaló la silla enfrente.

—Siéntese. Pero tenga cuidado con lo que dice.

Alfred se sentó, manteniendo las manos a la vista.

—Chávez Pulido le está mintiendo. Planea huir con el dinero, y dejarlo a usted como el único responsable.

—Eso es mentira—Dijo Chávez sin dudar ni un segundo.

— ¿Cómo lo sabe? ¿Ha visto sus cuentas en las últimas semanas?

Valdés guardó silencio, pero su mandíbula se tensó.

—No tiene pruebas de lo que dices, y eso puede ser muy peligroso.

—Las tengo, pero no aquí. Si usted quiere verlas, tendrá que darme garantías.

— ¿Qué garantías?

—Que mi esposa y yo salgamos de Cuba vivos, y que Chávez Pulido pague por lo que nos está haciendo.

Valdés sonrió. Era una sonrisa peligrosa, la de un tiburón que huele sangre.

—Trato hecho —dijo, y le tendió la mano—. Esta noche, a las ocho, en el puerto de La Habana habrá un barco que los llevará a México. Yo haré los arreglos para que el capitán los deje entrar, y los meta en un camarote hasta que lleguen. Pero antes quiero las pruebas de la traición de Gustavo.

—Las tendrá —dijo Alfred, estrechando su mano.

Esa noche, a las siete, Chávez Pulido salió de su suite. Laura y Alfred lo vieron desde el pasillo, ocultos tras una columna. Cuando el ascensor se cerró, corrieron hacia la puerta. Laura sacó una tarjeta de crédito vieja del bolsillo. La deslizó entre la puerta y el marco. La cerradura cedió al tercer intento, con un clic seco, y entraron.

Laura fue directo a la computadora portátil.

—Busca documentos financieros —dijo Alfred, cerrando la puerta tras de sí.

Laura encontró una carpeta cifrada. Pero recordó el programa que Margaret le entregó para decodificar, lo conectó por USB y lo ejecutó. En menos de un minuto, la carpeta se abrió.

—Aquí está todo. Transferencias a Panamá, Islas Caimán, Suiza. Más de diez millones de dólares.

— ¿Y la parte de Valdés?

—También. Una cuenta a nombre de su esposa.

Alfred sacó una memoria USB y copió los archivos. Cada segundo era una eternidad.

—Listo. Ahora vámonos.

Pero cuando se dieron la vuelta, la puerta estaba abierta. Y en el marco, Gonzalo Chávez Pulido sonreía con un arma en la mano.

— ¿Buscaban algo? —preguntó, con una calma aterradora—. No sé cómo entraron, pero sí sé cómo van a salir.

Laura se puso delante de Alfred, con el USB en la mano.

—Usted no va a disparar. Si lo hace, perderá todo.

— ¿Usted cree?

—Mire esto.

Laura levantó la memoria USB.

—Aquí están todas las pruebas. Si esto llega al FBI, usted no vuelve a ver la luz del sol. Pero si nos deja ir, podemos hacer un trato.

— ¿Qué clase de trato?

—Usted desaparece, se lleva el dinero y se olvida de Cuba. Valdés se queda con el negocio y nosotros nos vamos. Todos ganan.

Chávez Pulido bajó el arma lentamente. Su mirada pasó del USB a los ojos de Laura.

— ¿Y por qué debería confiar en usted?

—Porque no le queda otra opción —intervino Alfred, con una entereza sobrehumana—. Si nos mata, las pruebas llegarán igual. Mi esposa ya las envió a la embajada por un canal seguro.

Chávez Pulido los miró largamente. El silencio se hizo eterno. Finalmente, guardó la pistola en la cintura.

—Está bien —dijo, haciendo a un lado—. Váyanse. Pero si me mienten, encontraré a su madre aunque tenga que remover el cielo.

Laura y Alfred caminaron hacia la puerta sin correr, ni mirar atrás. En el pasillo sus piernas temblaban. El corazón de Laura golpeaba tan fuerte, que creyó le iba a estallar.

—Vamos al puerto antes de que cambie de opinión —susurró Alfred.

Fueron a la habitación y recogieron sus pertenencias. Bajaron por las escaleras de emergencia, saltaron una verja de dos metros y salieron a la calle. Corrieron hacia el malecón con el aliento entrecortado. Llegaron al puerto a las ocho y cuarto. Un barco pesquero de casco oxidado los esperaba atracado.

— ¿Valdés los envía? —preguntó el capitán, un hombre de piel curtida.

—Sí… él nos envió.

—Pues suban rápido que el viento está cambiando.

El barco zarpó. La ciudad de La Habana se hizo pequeña en la distancia, y sus luces titilaban como un último adiós. En la capitanía del puerto, un funcionario de aduanas levantó el teléfono y le informó a su jefe que según lo acordado con la agente del FBI, que colaboraba con el gobierno en el caso contenedor, la pareja de estadounidenses estaba bien y ya había zarpado rumbo a México.

Laura se sentó en la popa, abrazándose las rodillas. Alfred se sentó a su lado, jadeando aún.

—Lo logramos —dijo él.

—Casi nos matan —respondió ella, con un hilo de voz.

—Pero no lo lograron.

Laura apoyó la cabeza en su hombro. El mar estaba en calma, y la luna dibujaba un sendero plateado sobre el agua.

— ¿Crees que tu madre nos vaya a perdonar, por haber soltado a Chávez Pulido?

—No lo soltamos —dijo Alfred, con una sonrisa pícara—. Cuando lleguemos a Estados Unidos, le daremos a Margaret la dirección de la cuenta en Suiza. El FBI puede congelarla. Y el gobierno cubano va a tener las pruebas que necesita, para encerrar a esos bandidos en la cárcel.

Laura levantó la vista, sorprendida.

— ¿Eso lo planeaste todo el tiempo?

—Desde que le propuse el trato a Valdés —dijo Alfred, sonriendo—. Si Chávez Pulido huía, Valdés se quedaría sin socio y con las manos limpias. Pero las pruebas lo incriminan a él también. En cuanto el FBI actúe, ambos caerán.

—Eres más astuto de lo que pareces.

—Aprendí de la mejor —dijo Alfred, acariciándole el cabello—. Aprendí de ti.

El barco se adentró en la noche. El rugido del motor era un latido constante, sobre el oleaje del mar. Laura cerró los ojos y respiró hondo, oliendo la sal y la libertad. No sabía qué les depararía el futuro. Pero en ese momento, en medio del mar Caribe, sintió que había vuelto a nacer.

1
BsB
Hola Beatriz ! Soy el escritor de la novela y te adelanto que ya tengo listos el ochenta por ciento de las capítulos. Te agradezco mucho que hayas leído algunos de los que están publicados, y aunque no lo manifestaste abiertamente, que esperes a que esté termina significa que tal vez te gustó. Me complacería muchísimo saber tu opinión de lo que has leído, y si tienes alguna sugerencia que hacerme. Fue un placer interactuar con usted.
Beatriz
Cuando esté terminada la leo. Está inconclusa
Saily Smith
me en
Sarai Smith
Me encanta esta novela!! Que sucederá con Laura?
BsB: Laura es una mujer luchadora, una guerrera dispuesta a enfrentarse a todos, por defender a su familia y a la empresa. La mafia la amenaza y la coacciona para que forme parte de su nómina, pero ella se resiste. Laura cederá ante la mafia, o trabajará con el FBI para acabar con los mafiosos? Qué tu harías si fueras la escritora de la novela? Tu opinión es muy importante para mí. Gracias por leer y apreciar mi obra.
total 2 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play