A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Caitulo 24 el eco de la piel
La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban sobre las sábanas revueltas. Ian despertó con una pesadez inusual en el pecho, pero no era angustia; era el peso físico del brazo de Eliah, que lo rodeaba con una posesividad que incluso dormido resultaba evidente.
El calor que emanaba del cuerpo del Delta era sofocante y adictivo a la vez. Ian se quedó inmóvil unos segundos, procesando la imagen: ambos estaban desnudos, sus extremidades enredadas bajo el edredón en un caos de piel y vello. El aroma a madera y tormenta de Eliah estaba por todas partes, impregnando sus propios poros. Por un instante, Ian se permitió cerrar los ojos y disfrutar del silencio, del latido rítmico del corazón de Eliah contra su espalda. Pero la realidad volvió de golpe, fría como el acero.
Con un suspiro contenido, Ian intentó deslizarse fuera del abrazo. Fue cauteloso, tratando de no alertar al depredador que dormía a su lado. Sin embargo, apenas puso un pie fuera de la cama, una mano grande y firme lo sujetó de la cintura, tirando de él con una fuerza que no admitía réplicas.
—No te vayas —la voz de Eliah era un rugido bajo, ronco por el sueño.
Ian tropezó de espaldas contra el colchón y, en un parpadeo, Eliah estaba sobre él, rodeándolo como una enredadera. El Delta no se detuvo ahí; empezó a repartir besos suaves por su hombro, subiendo por la nuca con una ternura que resultaba casi desconcertante en un hombre de su naturaleza.
—Quédate conmigo, Ian. Solo un poco más —murmuró Eliah contra su oído, su aliento cálido enviando escalofríos por la columna del Omega—. Te necesito aquí. No tienes idea de cuánto te he echado de menos. Te amo, maldita sea. No me hagas despertar solo otra vez.
Esa vulnerabilidad, esa forma tan "melosa" y desesperada de aferrarse a él, era algo que Ian no estaba preparado para manejar. Eliah, el hombre que solía ser puro hielo y mando, ahora le suplicaba con los ojos empañados por un cariño asfixiante. Ian sintió que su resolución flaqueaba, pero recordó el bar, recordó las palabras y el dolor.
—Suéltame, Eliah —dijo Ian, forzando una voz gélida que no sentía del todo—. No te confundas. No te fíes de lo que pasó anoche.
Eliah se detuvo, con los labios a milímetros de la mandíbula de Ian.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de que esto... —Ian señaló el espacio entre sus cuerpos—... fue solo sexo casual. Un alivio de tensión, nada más. No te he perdonado, y no creas que un par de palabras dulces y una noche de debilidad van a borrar todo lo demás. No somos nada, Eliah.
El ambiente en la habitación cambió drásticamente. El aire pareció electrizarse y la expresión de Eliah se transformó. La ternura se evaporó, dejando paso a una chispa de furia oscura y posesiva. El Delta soltó una risa seca, peligrosa.
—¿Sexo casual? —repitió Eliah, su voz ahora era un susurro vibrante de indignación—. ¿De verdad vas a mentirte así a ti mismo?
Sin previo aviso, Eliah lo inmovilizó contra las almohadas, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza. Ian forcejeó, pero era como intentar mover una montaña. Eliah bajó la cabeza y hundió los dientes en la unión del cuello y el hombro de Ian. No fue un mordisco suave de cortejo; fue una marca, un recordatorio doloroso y urgente de a quién pertenecía.
—No hay absolutamente nada de "casual" en nosotros, Ian —gruñó Eliah contra su piel, antes de lamer el rastro del mordisco—. Puedas odiarme, puedes decir que no me perdonas, pero no me digas que esto no significa nada. Cada vez que me tocas, tu cuerpo me dice una historia distinta a la que sale de tu boca.
Ian jadeó, una mezcla de rabia y deseo quemándole las venas. Intentó protestar, pero Eliah lo silenció con un beso feroz, uno que sabía a posesión y a una necesidad primitiva. El Delta se movió con una urgencia renovada, despojado de cualquier rastro de la suavidad de hacía unos minutos.
Esta vez no hubo mimos ni súplicas. Fue un reclamo. Eliah lo tomó con una intensidad salvaje, como si quisiera grabar su nombre en los huesos de Ian, demostrándole con cada embestida que el vínculo que los unía era demasiado profundo para ser ignorado. El Omega, a pesar de sus palabras, terminó arqueándose hacia él, respondiendo a esa violencia necesaria con la misma desesperación, mientras las paredes de la habitación parecían quedar pequeñas ante la tormenta que acababan de desatar por segunda vez.
En la penumbra, Ian supo que el perdón quizá estaba lejos, pero la huida era, ahora mismo, una imposibilidad absoluta.