Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 24
Luego fue al despacho personal de Sloan.
La puerta estaba entreabierta. Nadie la vigilaba. Los matones de Sloan estaban en otras partes del penthouse, confiados de que ella no se movería. Confiados de que la cerradura bastaba.
Pero Renata sabía cómo abrir una puerta cerrada con llave. Eso era pan comido.
Miró por todos lados. Estaba sola. No había rastro de los matones de Sloan.
Entró rápido. Cerró la puerta detrás de ella.
El despacho era amplio. Una mesa grande de madera oscura. Una silla de cuero negro. Estantes con libros que probablemente nunca había leído. Una computadora apagada. Cuadros en las paredes.
Y cajones. Muchos cajones.
Renata comenzó a revisar. Rápido. Metódica. Sabía que no tenía mucho tiempo.
Abrió un cajón. Papeles. Facturas. Nada importante.
Otro cajón. Dinero. Mucho dinero. Lo ignoró.
Otro cajón más.
Y entonces lo encontró.
Un archivo. Grueso. Con su nombre.
No Cielo. Renata.
Lo abrió. Adentro había fotografías. Documentos. Información sobre su vida. Sobre sus identidades falsas. Sobre sus movimientos.
Me investigó, pensó. Bueno, supongo que es predecible.
Cerró el archivo. Lo devolvió al cajón. No podía llevárselo. Era demasiado voluminoso. Él notaría que faltaba.
Siguió buscando.
Esperaba encontrar el Error 44. El arma química. Eso era lo que la DEA buscaba. Eso era lo que justificaba su infiltración.
Revisó otro cajón. Otro más. Una carpeta negra. Documentos con sellos. Nada del arma.
Abrió el último cajón. El más grande. El que estaba más escondido.
Y lo que encontró fue mucho peor.
Una fotografía.
Sloan de niño. Quizás trece años. Estaba cubierto de sangre. Tenía la ceja partida, el labio hinchado, la ropa hecha jirones. Pero no estaba solo.
En la fotografía, además de Sloan, estaban unos curas.
Y su padre.
Lorenzo Montes.
Renata sintió que la sangre se le helaba.
¿Qué hacía su padre con ellos? ¿Qué hacía su padre en una fotografía con Sloan cubierto de sangre? ¿Qué significaba todo eso?
Sus manos temblaban. Tomó unas hojas que estaban junto a la fotografía. Las dobló rápido. Las escondió en su ropa, debajo de la blusa.
No sabía qué era lo que acababa de encontrar. Pero sabía que era importante.
—¿Qué haces?
La voz la hizo girar en seco.
Un matón de Sloan estaba en la puerta. Detrás de él, otro. La miraron con sospecha.
—No tienes autorización para entrar aquí —dijo el matón, con voz dura.
Renata se irguió. Puso cara de inocencia. La cara de Cielo, la secretaria torpe.
—Lo siento —dijo, con voz amable—. Estaba buscando mi celular.
El matón la miró sin creerle.
—Su celular lo tiene el jefe —exclamó él, cruzando los brazos.
—Ah —dijo Renata, como si recién se diera cuenta—. Es cierto. Lo olvidé.
Se encogió de hombros. Pasó entre los dos hombres con paso tranquilo.
—Está bien —dijo, antes de salir—. Ya me voy.
Salió del despacho.
Caminó por el pasillo. Llegó a la habitación de Sloan. Entró. Cerró la puerta.
Se apoyó contra ella.
El corazón le latía con fuerza. Las manos le temblaban. Las hojas escondidas en su ropa le quemaban la piel.
¿Qué hacía mi padre con Sloan?, pensó. ¿Por qué salen juntos en esa foto?
Se llevó una mano al pecho. Intentó calmar la respiración.
No esperaba encontrar eso.
No esperaba encontrar a su padre.
Y ahora no sabía qué hacer con esa información.
¿Continuamos con ella leyendo las hojas que escondió, o con Sloan volviendo a la habitación?
Aquí está la escena.
Ella estaba en la habitación de Sloan, ansiosa.
No podía dejar de pensar en lo que había leído.
Las hojas que escondió en su ropa quemaban como fuego contra su piel. Las palabras que había visto en esos documentos no se borraban de su mente. Su padre. Los curas. Sloan. Sangre. Negocios. Niños.
¿Qué clase de monstruo es mi padre?, pensó.
Se paseaba de un lado a otro de la habitación, mordiéndose las uñas, con el corazón acelerado. Necesitaba su teléfono. Necesitaba llamar a Nazareno. Necesitaba contarle lo que había encontrado.
Pero Sloan se lo había llevado.
Tranquila, se decía a sí misma. Tranquila. Piensa. Actúa con calma.
Pero no podía.
A los minutos, la puerta se abrió.
Sloan entró como si nada. Con su paso seguro, su traje impecable, su mirada intensa.
—Hola, mi amor —dijo con total naturalidad, como si la llamara así desde siempre.
Renata parpadeó, descolocada.
—Te traje ropa limpia —dijo él, dejando una bolsa sobre la cama—. Ropa decente. Para que dejes de parecer una vagabunda.
Ella no respondió. Solo lo miró, con los nervios a flor de piel.
Sloan la observó. Algo en ella no estaba bien. La notaba tensa, pálida, inquieta.
—¿Necesitas ayuda para bañarte? —preguntó, con un dejo de picardía, intentando aliviar el ambiente.
Ella no respondió.
No le hizo gracia. No le sonrió. No le insultó.
Sloan frunció el ceño. Algo andaba mal.
—¿Me puedes dar el celular? —preguntó ella de repente, con la voz entrecortada por la ansiedad—. Por favor.
Sloan la miró. No respondió.
—Por favor, Sloan, lo necesito —insistió ella, con un tono que bordeaba el pánico—. Si no me lo das, me iré.
—Está bien —dijo él, alzando las manos en un gesto de calma—. Tranquila.
Notó su angustia. La vio temblar. Se acercó a la mesa de noche, abrió el cajón, sacó el teléfono. Se lo tendió.
—¿Sucede algo? —preguntó, con voz baja, seria.
—No —respondió ella, apenas.
Apenas agarró el celular, salió corriendo hacia el baño. Cerró la puerta de golpe. Sloan oyó la puerta cerrarse
Sloan se quedó solo en la habitación.
Miró la puerta del baño. Escuchó el silencio.
Y sintió algo que no le gustaba.
Angustia.
¿Por qué?, se preguntó. ¿Por qué se comporta así? ¿Qué le pasa?
Se pasó una mano por el rostro. Caminó hacia la ventana. Miró la ciudad allá abajo, sin verla.
No sabía en lo que ella andaba. No se abría a él. Le gustaría que confiara en él. Como para poder decirle lo que le sucedía.
—Maldita sea, Renata —murmuró, apoyando la frente contra el vidrio frío—. ¿Qué te escondes?
Porque él había escondido cosas de ella. Muchas cosas. Su pasado. Su infancia. Que la conocía de antes. Que su padre era Lorenzo Montes.
Pero ella también escondía cosas. Y eso lo volvía loco.
Quería que confiara en él.
Quería que lo mirara y no tuviera miedo.
Quería ser, para ella, el hombre que nunca nadie había sido para él.
Pero ella seguía corriendo al baño a esconderse.
Y él se quedaba afuera, esperando.
En el baño, Renata se sentó en el borde de la bañera.
Las manos le temblaban. Abrió el teléfono. Buscó el contacto de Nazareno.
Escribió rápido:
"Encontré algo. Documentos de Sloan. Hablan de mi padre. De curas. De niños. No sé qué significa. Pero es grave."
Pausa. Miró la puerta. Oyó los pasos de Sloan en la habitación.
Añadió:
"Sloan sabe quién soy. Mi nombre real. Pero no lo demás. Por ahora estoy a salvo. Te mantengo al tanto."
Envió.
Borró los mensajes.
Cerró el teléfono.
Se abrazó las rodillas.
Y se quedó allí, en silencio, con el corazón hecho un lío.