Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Bajo el mismo techo
La puerta de la habitación de invitados se cerró con un clic suave que sonó más fuerte de lo que debería.
Me quedé ahí, inmóvil, con la espalda apoyada en la madera, escuchando mi propia respiración. El departamento de Adrián estaba en silencio, pero no era un silencio cómodo. Era uno atento, como si cada pared supiera que dos personas estaban conteniendo demasiado.
Me quité el abrigo despacio y lo dejé sobre la silla. La habitación era simple, ordenada, impersonal. Nada de fotos. Nada que delatara emociones. Muy Adrián.
Me senté en el borde de la cama y pasé las manos por mis piernas para dejar de temblar.
Solo esta noche, me repetí.
Del otro lado de la pared, escuché pasos. Él se movía por el departamento, seguramente apagando luces, cerrando cortinas, revisando cerraduras. Siempre había sido así: protector sin hacer ruido.
Me levanté y abrí apenas la puerta.
Adrián estaba en la cocina, de espaldas, con una taza en la mano. Se giró al sentirme.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Tampoco tú —observé.
Sonrió de lado.
—Nunca fui bueno para dormir cuando algo no encaja.
Me acerqué con cuidado, manteniendo la distancia justa para no romper el equilibrio frágil que habíamos acordado sin decirlo.
—No tienes que quedarte despierto por mí —dije.
—No lo hago solo por ti —respondió—. Lo hago porque si algo pasa, quiero estar despierto.
Asentí.
—Gracias.
Hubo un silencio breve. De esos que no incomodan, pero tampoco relajan.
—Hice té —dijo—. Si quieres.
Acepté. Tomé la taza caliente entre las manos, agradeciendo el ancla que me daba algo tan simple. Nos apoyamos en la encimera, uno frente al otro, sin tocarnos.
—Cuando dijiste que Lucía salvó una vida… —empezó Adrián—. Supe que no ibas a mentir. No del todo.
—Nunca fui buena para mentirte —respondí sin pensar.
La frase quedó flotando entre nosotros.
Adrián me miró con atención, pero no sonrió. Tampoco insistió.
—No voy a preguntarte más —dijo—. Esta noche no.
—Lo sé.
—Pero sí voy a decirte algo —añadió—. Pase lo que pase, no voy a dejar que te hagan daño.
Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.
—No puedes prometer eso —susurré.
—Ya lo hice.
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Adrián vibró sobre la mesa. Ambos miramos la pantalla.
Un mensaje.
Número desconocido: Bonito lugar para esconderse. Dile que cuide bien la puerta trasera.
Mi sangre se heló.
—Es Isabella —dije en voz baja.
Adrián tomó el teléfono, leyó el mensaje y alzó la vista con el gesto endurecido.
—¿Cómo sabe que estás aquí?
—Porque siempre va un paso adelante —respondí—. O eso cree.
Él caminó hacia la ventana y miró hacia la calle, atento.
—Nadie puede verte —dijo—. No desde aquí.
—No necesita verme —repliqué—. Solo necesita que yo sepa que está mirando.
El silencio volvió, esta vez cargado de peligro real.
—Ven —dijo Adrián—. Quédate en la habitación. Cierra con llave.
—No —respondí—. Si me escondo, gana.
Me miró con una mezcla de preocupación y algo más… admiración.
—Eres increíblemente terca.
—Sobreviví porque aprendí cuándo no moverme —dije—. Y cuándo no retroceder.
El teléfono vibró de nuevo.
Isabella: Mañana hablamos. Y esta vez no será una invitación.
Guardé el teléfono con calma, aunque por dentro todo se tensaba.
—Mañana va a intentar algo —dije.
—Entonces mañana no estarás sola —respondió Adrián.
Nos miramos. La distancia entre nosotros se redujo sin que ninguno diera un paso. Podía sentir su respiración, el calor de su cuerpo, la cercanía peligrosa de todo lo que no habíamos dicho.
—Esto es mala idea —susurré.
—Siempre lo fue —respondió—. Incluso antes.
Durante un segundo eterno, pensé que iba a tocarme. Que iba a romper la promesa. No lo hizo. En lugar de eso, apoyó la frente apenas contra la mía.
—Duerme —dijo en voz baja—. Yo me quedo despierto.
Cerré los ojos.
Porque ahí, bajo el mismo techo,
la mentira temblaba,
la verdad empujaba desde adentro,
y el amor…
el amor seguía siendo el riesgo más grande de todos.