Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 12: la entrega de un secreto
El trayecto desde el aeropuerto fue un viaje hacia el silencio. A medida que el vehículo se internaba en las tierras de Ricardo, la civilización quedaba atrás, reemplazada por la inmensidad de los pastizales y el aroma a tierra húmeda que solo el campo posee. El chofer no pronunció una sola palabra, pero su presencia me recordaba constantemente que yo no era una invitada cualquiera; era alguien que estaba siendo "trasladada" al epicentro de un imperio privado..
Al cruzar el gran portón de hierro, las veintidós hectáreas se abrieron ante mí como un reino aparte. Al fondo, la casa principal se alzaba imponente, iluminada por luces cálidas que contrastaban con la oscuridad absoluta de la noche rural. Mi corazón, que ya venía acelerado por el efecto residual de las cervezas y la adrenalina, empezó a martillear con una fuerza renovada.
El coche se detuvo frente a la escalinata de piedra. Allí estaba él, esperándome. No llevaba el traje impecable; vestía unos pantalones oscuros y una camisa blanca de lino con los primeros botones desabrochados. Se veía más joven, más libre, pero también más peligroso en su propio elemento.
—Viniste —dijo simplemente, cuando el chofer me abrió la puerta. Su voz, profunda y cargada de una vibración que me recorrió entera, fue el único recibimiento que necesité.
—Supongo que el destino no me dio otra opción —respondí, tratando de mantener la compostura mientras bajaba.
Ricardo se acercó y, sin mediar palabra, me rodeó con sus brazos. El abrazo no fue tierno; fue posesivo, un reclamo físico que buscaba borrar los dos meses de ausencia en un solo contacto. Me hundí en su pecho, aspirando su aroma, sintiendo que, a pesar del sentido común, este era el único lugar donde mi cuerpo se sentía en casa.
Me tomó de la mano y me guio hacia el interior. La casa era una mezcla de elegancia rústica y modernidad: techos altos de madera, obras de arte seleccionadas y ventanales que ofrecían una vista infinita de su propiedad. Me llevó directamente a la terraza, donde una mesa pequeña estaba servida con una cena ligera y una botella de vino tinto que ya respiraba.
—Sé que las enfermeras te llevaron de copas —dijo con una sonrisa de medio lado mientras servía el vino—. Tienes ese brillo en los ojos que solo aparece cuando bajas la guardia.
—¿También tienes espías en el bar de la esquina de la clínica, Ricardo? —pregunté, sentándome y aceptando la copa.
Su expresión se volvió seria de inmediato. Se sentó frente a mí y me miró con una intensidad que me obligó a dejar el vino de lado.
—Tengo personas que se aseguran de que nadie más que yo esté cerca de ti, Valentina.
él, extendiendo su mano sobre la mesa para apretar la mía—. Por eso te traje aquí. Estas tierras son mías, compradas con mi propio esfuerzo, lejos del patrimonio familiar. Aquí, la Dra. Vingut no tiene que dar explicaciones a nadie.
—Pero no puedo vivir aquí encerrada, Ricardo. Tengo una maestría, tengo pacientes... —mi voz se quebró un poco—.
-Ricardo: He empezado a mover las piezas para asegurar tu futuro, independientemente de lo que pase entre nosotros. Pero esta noche... esta noche no quiero hablar de abogados, ni de acuerdos, ni de amenazas.
Se levantó y me rodeó, colocándose detrás de mi silla. Sus manos bajaron por mis hombros, masajeando la tensión acumulada de mi guardia de 24 horas. Sus labios rozaron mi oreja, enviando una descarga eléctrica a mi vientre.
—Te extrañé tanto que sentía que me faltaba la mitad del aire —susurró—. Necesito que me digas que me perdonas por el silencio. Necesito que me digas que sigues siendo mía.
Me giré en la silla para quedar frente a él. La valentía que me habían dado las cervezas se había transformado en un deseo puro y abrasador. Lo tomé de la nuca y lo atraje hacia mí, sellando nuestra tregua con un beso que sabía a vino, a campo y a una rendición definitiva.
En ese momento, rodeada por las veintidós hectáreas que lo hacían el dueño de todo lo que alcanzaba la vista, comprendí que mi vida "moralista" había muerto definitivamente. Estaba en el corazón del volcán, y aunque sabía que la lava terminaría por alcanzarnos, no quería estar en ningún otro lugar.
—Mi Valentina... cuánto te extrañé —susurró Ricardo, con una voz que parecía venir de un lugar profundo y contenido.
—Ricardo... —le corté, buscando su aliento—. Solo tómame. Mañana hablaremos.
No hicieron falta más palabras. En un instante, la mirada de Ricardo se encendió, transformada en un deseo voraz que no admitía tregua. Me despojó de la ropa con la urgencia de quien recupera algo perdido y me lanzó a la cama. Caí boca abajo, sintiendo la frialdad de las sábanas contra mi piel antes de que el calor de sus labios empezara a recorrer mi espalda, ascendiendo en un rastro de fuego.
Entró en mí de una estocada, sin preámbulos, sin la cortesía del caballero. Fue salvaje, como un león que finalmente alcanza a su presa después de una larga vigilia. Un grito escapó de mi garganta al primer impacto, pero pronto dio paso a jadeos rítmicos. Yo también lo necesitaba así: sin juegos, sin máscaras. Lo quería a él, descarnado, aunque el universo entero me señalara por mis pecados. En ese momento, la moral era un concepto lejano que no podía competir con el instinto.
Ricardo no se saciaba, pero se contenía lo justo para prolongar mi placer, con una maestría casi cruel. Conocía mis puntos débiles y jugaba con ellos mientras me reclamaba en susurros posesivos contra el oído: "Eres mía, Valentina... solo mía". Cuando finalmente estallamos, el mundo pareció detenerse.
Se quedó sobre mí, recuperando el aliento sin romper el contacto, abrazándome como si temiera que me desvaneciera. Pasaron los minutos antes de que el hambre nos obligara a levantarnos. Me trató como a una reina; no me permitió mover un dedo, sirviéndome con una delicadeza que contrastaba con la furia de hacía un momento. Finalmente, nos tendimos a observar el horizonte que rodeaba la finca, y la curiosidad me venció.
—Ricardo, ¿por qué estas tierras son tan importantes para ti? —pregunté, rompiendo el silencio—. Hablas de ellas como de tu bien más valioso. Tienes mucho, pero este sitio... se siente distinto.
Él guardó silencio un momento, con la vista perdida en la penumbra del campo.
—Te he hablado de la carencia con la que crecí —comenzó con amargura—. Mis padres me daban lo monetario, pero saboteaban cada idea mía. Creo que, a pesar de mis logros, para ellos sigo siendo aquel niño inútil. Pero hubo alguien que siempre creyó en mí: mi abuelo. Él me defendía a muerte, incluso desautorizándolos para protegerme.
Hizo una pausa, y su voz se volvió más suave, casi nostálgica.
—Un día, siendo yo pequeño, me trajo a estas hectáreas. Entonces pertenecían a otro dueño. Me contó que aquí se enamoró por primera y única vez. En sus ojos vi una mezcla de añoranza y dolor que nunca olvidé. Aquella mujer no era mi abuela; lo de ellos fue un matrimonio arreglado por conveniencia. Qué ironía, ¿no? Compré estas tierras hace tiempo para regalárselas a él, pero se fue antes de que pudiera dárselas.
Se giró hacia mí, y su mirada volvió a intensificarse.
—La única persona que consideré merecedora de conocer este lugar eres tú, mi linda Valentina... Te he mostrado una versión de mí que nadie más conoce. Supe que mi vida cambiaría desde aquel primer instante en que te observé desde la oscuridad y sentí esa electricidad.
—Es una historia triste para tu abuelo —respondí, conmovida—. Pero estoy segura de que, desde donde esté, ve con orgullo lo que has construido aquí.
—Creo que está viendo, orgulloso, lo que su nieto es capaz de hacer por ti —concluyó él, rodeándome con sus brazos—. Y estoy seguro de que no querría que yo repitiera sus pasos y perdiera mi oportunidad. Pero basta de charlas; tus ojos ya se cierran. Recuéstate en mi pecho y duerme.