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Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Status: Terminada
Genre:CEO / Vampiro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.

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Capítulo 03

La lluvia en Shanghái esa noche no era una bendición, sino una mortaja gris que envolvía los rascacielos de Pudong. Shu Yan observaba las gotas deslizarse por el cristal blindado del Maybach negro mientras cruzaban el túnel bajo el río Huangpu. A su lado, Li Zixuan permanecía en un silencio absoluto, su perfil recortado por las luces intermitentes de los túneles que bañaban el interior del coche en ráfagas de blanco y ámbar. No había consultado su teléfono ni una sola vez en los cuarenta minutos de trayecto. No se movía. No parpadeaba. Parecía una estatua de mármol esculpida por un artista obsesionado con la perfección y la muerte.

—La familia Wang no es conocida por su diplomacia, señor Li —dijo Yan, rompiendo el silencio. Su voz sonó pequeña en el habitáculo insonorizado—. Según los informes que hackeé de la división de riesgos, han desviado fondos de la terminal de contenedores de Yangshan. Saben que usted lo sabe. Esta cena es una emboscada política.

Zixuan giró la cabeza con una lentitud que erizó el vello de la nuca de Yan. Sus ojos, en la penumbra del coche, parecían haber perdido su matiz ámbar para volverse pozos de oscuridad absoluta.

—¿Crees que me preocupa el dinero de unos estibadores con ínfulas de grandeza, Yan? —Su voz era un susurro aterciopelado—. Los Wang creen que el hierro y el fuego gobiernan el mundo. No entienden que el mundo pertenece a quienes pueden esperar mil años a que el hierro se convierta en óxido.

El coche se detuvo frente a "El Pabellón de la Grulla", un restaurante exclusivo oculto en el sótano de una antigua concesión francesa. No había letreros, solo una puerta de madera de sándalo protegida por dos hombres cuyos trajes apenas ocultaban el bulto de sus armas automáticas.

Al entrar, el olor a incienso de jazmín y opio suave golpeó los sentidos de Yan. El lugar estaba vacío de otros clientes; la familia Wang había alquilado la noche. En el centro del salón, rodeado de biombos de seda pintados con escenas de torturas celestiales, esperaba Wang Feng, un hombre robusto con cicatrices que narraban una vida de violencia en los puertos.

—¡Li Zixuan! —exclamó Wang, extendiendo los brazos con una falsa jovialidad que no llegaba a sus ojos pequeños y porcinos—. Has traído una nueva flor a nuestra mesa. Una asistente muy hermosa. Espero que sea más resistente que la anterior.

Yan sintió un escalofrío. Sabía que la asistente anterior de Zixuan había "desaparecido" seis meses atrás. Zixuan se sentó sin esperar a ser invitado, y Yan se colocó a su lado, abriendo su tableta digital para registrar la reunión, aunque sus dedos buscaban discretamente el pequeño spray de defensa personal que ocultaba en su muslo.

La cena fue un desfile de excesos: nidos de golondrina, abulones raros y un vino tinto tan oscuro que parecía tinta. Pero nadie comía. La tensión en la sala era como un cable de acero tensado al límite.

—Vamos a los negocios —dijo Wang, golpeando la mesa con su anillo de oro—. El Grupo Li quiere el control total de las rutas de seda digitales. Pero mis muelles son los que mueven el hardware. Quiero el treinta por ciento de las acciones de su subsidiaria tecnológica, o los contenedores empezarán a... caerse al mar.

Zixuan tomó su copa de vino. No bebió. Simplemente observó cómo el líquido se mecía contra el cristal.

—El hierro es un material curioso, Feng —comentó Zixuan, ignorando la demanda—. Es fuerte, pero si lo golpeas en el ángulo correcto, se quiebra. Como tus rodillas.

El silencio que siguió fue tan pesado que Yan podía oír su propio corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. *¡Pum, pum, pum!* Era el sonido de una presa humana rodeada de lobos.

—¿Me estás amenazando en mi propia mesa? —Wang se puso de pie, y sus hombres dieron un paso adelante, sacando sus pistolas—. Tienes mucha clase, Li, pero una bala de 9mm no respeta el linaje ni el dinero.

Yan sintió el pánico subir por su garganta. Se preparó para tirarse al suelo, pero algo la detuvo. Una mano fría, gélida, se posó sobre su antebrazo. Zixuan.

—Yan —susurró él sin apartar la vista de Wang—. Cierra los ojos. No es una petición.

Yan, impulsada por un miedo instintivo que anulaba su voluntad, obedeció. El mundo se volvió negro.

Lo que siguió no fueron disparos. Fue un sonido húmedo, un crujido metálico y un grito que se cortó en seco, como si alguien hubiera apagado una radio de golpe. Oyó el estrépito de la porcelana rompiéndose y el siseo del vino derramándose. No hubo forcejeos prolongados. Solo una ráfaga de movimiento tan rápida que el aire en la sala se desplazó, golpeando el rostro de Yan como un latigazo.

—Ábrelos —ordenó la voz de Zixuan.

Cuando Yan abrió los ojos, su mente se negó a procesar lo que veía. Wang Feng estaba de rodillas, pero no por voluntad propia. Sus piernas estaban dobladas en ángulos imposibles, el hueso atravesando la tela del pantalón. Sus guardaespaldas estaban esparcidos por la sala como muñecos de trapo desechados. Lo más aterrador era que no había rastro de armas en las manos de Zixuan. Él seguía sentado, con la copa de vino en la mano, perfectamente impecable. Ni una gota de sudor, ni un cabello fuera de lugar.

Pero la copa... el cristal estaba agrietado por la mera presión de sus dedos, y el líquido que Zixuan estaba lamiendo de sus nudillos no era vino. Era demasiado denso. Demasiado brillante bajo los faroles rojos.

—Eres un monstruo —susurró Wang, con la voz rota por el shock—. No eres humano... qué demonios eres...

Zixuan se levantó y caminó hacia él. Sus movimientos eran fluidos, carentes de la fricción que el peso de un cuerpo humano debería generar. Se inclinó sobre el mafioso herido y, por un segundo, Yan vio algo que la dejó paralizada: el reflejo de la luz en los ojos de Zixuan reveló unas pupilas que no eran redondas, sino alargadas, como las de un depredador nocturno.

—Soy la consecuencia de tu codicia, Feng —dijo Zixuan—. Dile a tu familia que el Grupo Li no negocia con hierro. El hierro nos pertenece desde antes de que tu estirpe aprendiera a caminar erguida.

Zixuan se volvió hacia Yan. Su mirada era una mezcla de desprecio y una fascinación oscura.

—Recoge tus cosas, Yan. Hemos terminado aquí.

Salieron del restaurante mientras los gemidos de dolor de Wang llenaban el pasillo. Mientras caminaban hacia el coche bajo la lluvia persistente, Yan se detuvo, obligando a Zixuan a girarse.

—Usted no usó una pistola —dijo ella, con la voz temblando de horror y una extraña adrenalina—. Se movió... nadie se mueve así. No tiene pulso, señor Li. Lo sentí cuando me tocó en la oficina y lo sentí en el coche. ¿Qué es usted? ¿Qué es esta familia?

Zixuan se acercó a ella, ignorando la lluvia que empapaba su traje de miles de dólares. La acorraló contra la puerta del Maybach, colocando sus manos a ambos lados de su cabeza. El olor a sándalo y lluvia fue reemplazado por el olor ferroso de la sangre fresca que aún manchaba sus manos.

—Eres inteligente, Yan. Demasiado para tu propio bien —dijo él, inclinándose hasta que sus labios rozaron la oreja de ella—. Estás buscando venganza por un padre que creías conocer, pero te has metido en una guerra que empezó siglos antes de que Shanghái fuera más que un pantano. Si quieres la verdad, prepárate para perder tu alma en el proceso. Porque los monstruos de los que hablas... son los únicos que pueden mantenerte a salvo de lo que viene ahora.

Él abrió la puerta del coche para ella con una cortesía aterradora. Yan entró, sintiendo que el mundo que conocía —un mundo de leyes, bancos y lógica— acababa de morir bajo los pies de Li Zixuan.

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