Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 1
Me recosté en paz luego de haber matado a ese cerdo que robó mi infancia y me obligó a volverme mujer.
La horquilla de bambú ya no estaba. Kakashi se la había llevado, junto con cualquier rastro que pudiera unirme a Takeshi. El cuerpo estaba en el río. Los documentos, en manos de mi enemiga de la cocina. Los investigadores, convencidos de que ella era la cómplice del traidor.
Un crimen más. Un crimen menos.
No había diferencia en esta jungla. Debíamos sobrevivir.
Pero sobre todo... reinar.
Tres noches después, alguien golpeó suavemente mi puerta.
—¿Otra vez, Ai? —preguntó una voz conocida.
Kakashi.

*Kakashi 28 años Guardia imperial de bajo rango*
Solo él llamaba así, con ese tono entre cansado y divertido. Solo él venía a estas horas, cuando el yuukaku estaba en silencio y las otras chicas dormían.
Abrí la puerta.
Kakashi era un guerrero imperial. No de los importantes, no de los que tenían nombres ilustres, pero llevaba su espada con orgullo y servía en la guardia del palacio. Era el único hombre en este mundo que había sido bueno conmigo. El único que nunca me había obligado a nada. El único que me cuidaba sin pedir nada a cambio.
A veces me preguntaba por qué.
Pero había aprendido a no hacer preguntas cuya respuesta podía doler.
—¿Todo bien? —preguntó, entrando.
—Todo según lo planeado.
Asintió. Se sentó en el borde de mi futón. Había algo diferente en él esa noche. Algo que no supe descifrar.
—Esta vez te ayudé —dijo—. Pero debes ser más cuidadosa. Ocultar este crimen no fue nada fácil. Takeshi era un hombre importante.
Me acerqué a él. Me agaché lentamente hasta quedar frente a su rostro, mirándolo a los ojos desde abajo.
—Todos los hombres son importantes —dije—. Sin importar lo miserables que sean. Lo son por el simple hecho de ser hombres.
Kakashi me miró en silencio.
—En este mundo —continué—, si eres mujer, solo naces para ser prostituta. Pero si naces hombre, tienes honra. Sin siquiera hacer algo importante. Sin merecerla. Solo por existir con esa cosa entre las piernas.
Él no discutió.
Sabía que tenía razón.
Después de un largo silencio, Kakashi extendió la mano.
—Te traje un regalo.
En su palma abierta descansaba una horquilla de jade. Verde pálido, casi translúcida, con una pequeña flor de cerezo tallada a mano. Era la cosa más hermosa que había visto nunca.
—Es muy hermoso —dije, y por un instante, olvidé fingir.
—No tanto como tú —respondió él—. Cuídate mucho.
Inclinó la cabeza y besó mi frente. Un gesto extraño, casi paternal, que no encajaba con nada de lo que conocía.
Luego se fue, deslizándose por el pasillo oscuro como una sombra más.
Me quedé mucho rato con la horquilla en la mano. Jade auténtico. Valía más que todo lo que había poseído en mi vida. Más que yo.
¿Por qué? pensé. ¿Por qué eres bueno conmigo?
Guardé la pregunta junto con la horquilla, en mi escondite secreto.
Algún día la respondería.
A la mañana siguiente, apenas había dormido dos horas cuando los golpes en la puerta me sacudieron.
—¡Ai! ¡Ai, despierta! —era la voz de la dueña, aguda e insistente—. ¡Un cliente te busca! ¡Arréglate!
Me incorporé con el cuerpo entumecido. Toqué instintivamente la horquilla de jade, escondida bajo mi almohada. Luego me vestí, me peiné, me puse la máscara.
Siempre la máscara con la que fingía ser sumisa y dulce,
Cuando salí, la dueña me esperaba con una expresión que no supe descifrar. Algo entre nervios y codicia.
—Es un hombre importante —susurró—. De los que pagan bien. Compórtate.
Lo vi nada más entrar en la sala común.
Un hombre bien vestido. Kimono de seda oscura, con bordados discretos pero carísimos. Sello de familia en el cinturón. Cabello engrasado y recogido con esmero. Zapatos limpios, como si hubiera volado sobre el barro de las calles.
Me miró de arriba abajo con desprecio.
—¿Tú eres la mujerzuela más famosa de este lugar? —preguntó, y su voz era como aceite rancia—. No eres nadie especial.
Sonreí. Mi sonrisa perfecta.
—Lo sé —dije—. Lo que importa es cómo logro hacerlo sentir.
Me acerqué lentamente. Envolví mis brazos alrededor de su cuello, pegando mi cuerpo al suyo. Podía oler su perfume caro, su aliento a té caro, su desprecio.
Por un instante, creí que funcionaría. Como siempre.
Pero él no se relajó.
Me empujó con violencia. Su mano se enredó en mi cabello, tirando hacia atrás con tanta fuerza que sentí los ojos llenarse de lágrimas.
—¡Me estás lastimando! —exclamé, y no fue fingido.
—¿Ah, sí? —su voz era un susurro venenoso—. Bueno.
No soltó mi cabello. Al contrario, tiró más fuerte y empezó a arrastrarme.
—¡Suélteme! —grité, esta vez a la dueña, a los sirvientes, a cualquiera que pudiera oírme—. ¡Que me suelte!
Nadie hizo nada.
La dueña miraba hacia otro lado. Los sirvientes habían desaparecido. Los otros clientes bebían su sake como si no pasara nada.
Me arrastró por el pasillo, sujetándome del cabello. Mis pies descalzos raspaban contra la madera. Grité, lloré, supliqué. Pero nadie vino.
Nadie vino.
Me lanzó al interior de una habitación y cerró la puerta.
—Así es la vida de una mujerzuela —dijo, mientras se desabrochaba el cinturón con calma—. No tienes derecho a ser tratada con respeto. Eres un producto. Algo que se usa. Y se usa a su antojo.
No recuerdo todo lo que pasó después.
Recuerdo el dolor. Recuerdo las manos. Recuerdo su risa. Recuerdo que en algún momento dejé de gritar, porque gritar no servía de nada.
Cuando terminó, me dejó en el suelo como un trapo sucio. Mi cuerpo era un mapa de magulladuras. Mi kimono, jirones. Mi cara, un río seco de lágrimas.
Él se vistió lentamente, arreglándose la ropa con la misma calma con la que había llegado.
En la puerta, se detuvo.
—Al final, sí eres asombrosa —dijo, sin mirarme—. Voy a volver. Me gusta oírte gritar. Eres tan sexy...
Regresó. Se agachó a mi lado. Mordió mi oreja con fuerza, haciéndome sangrar.
Luego se fue.
Me quedé en el suelo mucho tiempo.
Horas, quizás.
En algún momento, la dueña asomó la cabeza.
—Límpiate —dijo, y cerró la puerta.
Esa noche, cuando las sombras cubrieron mi habitación, saqué la horquilla de jade de su escondite.
La luz de la vela bailaba en su superficie verde. La flor de cerezo parecía casi viva.
La apreté contra mi pecho.
No lloré.
En lugar de eso, pensé.
Pensé en Takeshi, muerto en el río. Pensé en Kakashi, el único ser decente en este infierno. Pensé en el hombre bien vestido, en su sonrisa, en su promesa de volver.
Pensé en todos ellos.
Y supe, con una claridad absoluta, que este dolor no era en vano.
Cada golpe. Cada lágrima. Cada noche en el suelo.
Todo eso me estaba haciendo más fuerte. Más dura. Más lista.
El hombre bien vestido volvería.
Y cuando lo hiciera, yo estaría lista.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.