Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°14
El sol apenas comenzaba a colarse por entre las gruesas cortinas de la habitación cuando Isabella abrió los ojos. Parpadeó un par de veces, reconociendo el techo alto, la suave manta lila sobre ella y el pijama nuevo que aún olía a tienda. Se quedó unos segundos en silencio, escuchando. No había ruidos fuertes, solo el canto lejano de los pájaros y el eco suave de pasos en algún lugar de la casa.
Se sentó en la cama, tallándose los ojos con las manos pequeñas, y luego bajó con cuidado. Las pantuflas estaban justo donde las había dejado, así que se las puso, y con ese andar curioso que ya comenzaba a hacer suyo, salió al pasillo.
—¿Señor Leon? —llamó en voz baja, mirando hacia ambos lados.
No hubo respuesta.
Bajó las escaleras lentamente, sujetando con una mano la baranda y con la otra acariciando la pared decorada con marcos dorados. Apenas llegó al primer piso, el aroma del desayuno recién hecho la envolvió: pan tostado, algo dulce… ¿tal vez canela?
—¡Buenos días, señorita Isabella! —exclamó una voz alegre desde el comedor.
Isabella giró con sorpresa y vio a una de las sirvientas, vestida de manera impecable, colocándole azúcar a una tetera.
—Buenos días… —dijo ella con una sonrisa tímida.
Otra mujer apareció desde la cocina, trayendo una bandeja con frutas frescas y panecillos calientes. También la saludó con una sonrisa amplia, como si ya llevaran años conociéndose.
—¿Durmió bien, señorita? —preguntó amablemente.
—Sí… —asintió Isabella, mirando hacia los lados como si aún esperara que él apareciera en cualquier momento—. ¿Y el señor Leon? ¿Dónde está?
Las dos mujeres se miraron por un instante, con una expresión suave pero un poco incómoda. La más mayor se inclinó levemente hacia la niña y le habló con dulzura.
—El señor Leon lo lamenta mucho, señorita Isabella. Le dijeron esta mañana que debía salir por trabajo… algo importante, urgente.
—¿No va a venir? —preguntó ella, bajando un poco la mirada.
—Volverá pronto, claro que sí —aseguró la otra sirvienta, colocándole una taza de chocolate caliente frente a ella—. Pero por hoy… sus planes con él tendrán que esperar un poquito. Nos pidió que la cuidáramos y que no le faltara nada.
Isabella asintió lentamente. No era la primera vez que alguien grande decía que “el trabajo” venía primero. Pero aún así, no podía evitar sentir una pequeña puntada de decepción.
—¿Puedo esperarlo en el salón? —preguntó.
—Por supuesto. Le pondremos algo de música, si desea, o podemos sacar algunos de sus juguetes nuevos —respondió con entusiasmo una de ellas.
Isabella se dejó guiar con paciencia. Se sentó en uno de los grandes sillones de la sala principal, sus pies colgando sin alcanzar el suelo, mientras tomaba su chocolate caliente en silencio. Afuera, el jardín brillaba con los rayos del sol matinal. Dentro, la mansión parecía tranquila… pero ella sentía ese pequeño hueco, esa ausencia.
Leon no estaba. Y aunque lo entendía, empezaba a darse cuenta de algo: el mundo de los adultos siempre tenía un precio. Incluso el de los adultos que te trataban como una princesa.
Aun así, no se enojó. Solo apretó su taza entre las manos y pensó, en voz baja, como una promesa para sí misma:
“Voy a esperar. Porque él dijo que estaría. Y yo… le creo.”
Y mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, muy lejos de los ventanales soleados de la mansión, Leon bajaba de un auto blindado con el ceño fruncido, rodeado de hombres armados, sabiendo que ese día, el trabajo no le permitiría cumplir su palabra. Pero también sabiendo que haría lo imposible para volver a casa antes de que ella se durmiera otra vez.
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