Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 15 Cuando los colmillos salen y los nombres pesan
Elio Renard Valemont tardó exactamente una mañana en darse cuenta de que el ambiente del castillo había cambiado.
No fue algo evidente al principio. No hubo gritos ni amenazas abiertas, ni siquiera miradas abiertamente hostiles. Fue peor: el silencio. Un silencio raro, tenso, como cuando en una sala todos saben algo que tú no, y esperan a ver en qué momento te das cuenta.
Los pasillos del castillo seguían siendo los mismos: altos, de piedra clara, con tapices que contaban historias de guerras pasadas y héroes muertos hacía siglos. El sol entraba por los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Los criados iban y venían con bandejas, los guardias cambiaban turno, todo parecía normal.
Excepto por la forma en que bajaban la voz cuando Elio pasaba.
Excepto por la manera en que algunos nobles inclinaban la cabeza con un respeto ligeramente exagerado.
Excepto por la tensión invisible que se colaba en el aire cada vez que su padre, el duque Alaric Valemont, aparecía en un corredor.
—Padre —preguntó Elio una mañana, caminando a su lado por la galería norte—.
—¿Por qué nadie habla cuando tú pasas?
Alaric no respondió de inmediato. Avanzó un par de pasos más, con la capa oscura rozando el suelo de piedra. Luego se detuvo y miró a Elio con una sonrisa que no era del todo paternal.
—Porque recuerdan —dijo finalmente.
Elio sintió un escalofrío que no supo explicar.
—¿Recuerdan qué?
Alaric no respondió.
Y ese silencio fue peor que cualquier explicación.
Elio se quedó pensando en ello durante todo el día. Lo notó en el patio de entrenamiento, donde los soldados parecían más rectos de lo habitual. Lo notó en la sala de audiencias, donde algunos funcionarios evitaban cruzar la mirada con su padre. Lo notó incluso en los sirvientes, que se apresuraban a terminar sus tareas cuando Alaric pasaba cerca, como si temieran ocupar espacio innecesario.
💭 Esto no es normal. Esto es miedo elegante.
La primera pista concreta llegó por accidente.
Elio había ido al patio interior para escapar un poco del ambiente pesado del castillo. El sonido del agua de la fuente siempre le ayudaba a pensar. Estaba distraído, observando cómo el sol se reflejaba en la superficie del agua, cuando escuchó dos voces detrás de una columna.
—¿Sabes quién protege al niño?
—Claro que sí. ¿Quién se atrevería a meterse con el Carnicero del Norte?
Elio parpadeó.
—…¿El QUÉ?
Las voces se interrumpieron de golpe.
Los dos soldados que hablaban se giraron, pálidos.
—Joven señor, no… no era nuestra intención…
Elio dio un paso hacia ellos.
—¿Por qué mi padre tiene un apodo que suena como una leyenda de terror?
Antes de que los soldados pudieran responder, Aurelian, uno de los caballeros más cercanos a la familia Valemont, apareció con expresión seria.
—Es un nombre que se ganó en la guerra fronteriza —dijo—.
—No es algo de lo que se hable en voz alta.
—¿Por qué? —preguntó Elio, con un nudo en el estómago.
—Porque recuerda que cuando el Norte se rebeló… tu padre no negoció.
Elio tragó saliva.
—Eso no suena… legal.
—Fue necesario —respondió Aurelian—.
—Y definitivo.
Elio miró la fuente otra vez. El agua seguía cayendo con la misma calma de siempre, como si no le importaran las historias de sangre que se escondían bajo los títulos nobles.
💭 Yo activé a esto.
💭 Por abrir la boca.
No pasó mucho tiempo antes de que descubriera que su padre no era el único con reputación peligrosa.
Ese mismo día, durante una revisión de documentos en la sala administrativa, Elio notó que un escribano temblaba al firmar unos registros.
—¿Todo bien? —preguntó Elio con su tono habitual de curiosidad inocente.
El hombre levantó la vista, sudoroso.
—S-sí, joven señor. Solo que… el Cuervo del Este está revisando los archivos.
—¿Quién es el Cuervo del Este? —preguntó Elio.
Silencio inmediato.
Seraphiel, que había estado leyendo cerca, cerró el libro con un suspiro suave.
—Mi padre —dijo—.
Elio lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué tu padre tiene nombre de villano de novela?
Seraphiel alzó un hombro.
—Porque no ataca de frente.
—Te rodea con papeles, deudas y decretos hasta que no puedes respirar.
Elio se dejó caer en una silla.
—Estoy protegido por un carnicero y un cuervo.
—Sí —respondió Seraphiel—.
—Eso no es tranquilizador.
—Para ti sí —dijo Seraphiel, con una media sonrisa—.
—Para los demás… es una sentencia.
Elio se pasó una mano por el rostro.
—Yo solo quería que la gente tuviera hospitales y escuelas.
—No desatar a las leyendas urbanas del reino.
Seraphiel lo observó con una mezcla de preocupación y algo parecido a admiración.
—No los desataste.
—Solo recordaste quiénes eran.
El peso real de todo aquello cayó sobre Elio durante la siguiente audiencia pública.
El salón estaba lleno. Nobles de distintas regiones murmuraban entre sí, el ambiente cargado de tensión política. Elio se sentó en su lugar habitual, intentando pasar desapercibido. No lo logró.
Alaric Valemont se colocó a su derecha.
Caelum Nocturne, Marqués del Este y padre de Seraphiel, a su izquierda.
Dos alfas dominantes.
Dos reputaciones que caminaban solas.
El murmullo se apagó poco a poco. Nadie necesitó ordenar silencio. El silencio simplemente ocurrió.
Un noble menor, que claramente no había medido bien el ambiente, carraspeó.
—Con todo respeto —dijo—, creo que el niño no debería influir en decisiones de este nivel.
El aire se volvió pesado.
Alaric dio un paso al frente.
No gritó.
No amenazó.
Solo habló con voz baja.
—Repite —dijo—.
—Quiero estar seguro de haber escuchado bien.
El noble tragó saliva.
Miró a Caelum Nocturne, que sonreía apenas.
—Si lo repites —añadió Caelum con tono suave—, esta conversación será muy corta.
El noble palideció.
—N-no era mi intención…
—Bien —respondió Alaric—.
—Porque si lo fuera, hoy aprenderías algo nuevo.
El rey Aurelius IV golpeó el bastón contra el suelo.
—Basta —ordenó—.
—El proyecto continúa.
Nadie volvió a objetar nada.
Más tarde, en la quietud del pasillo, Elio se dejó caer en un escalón de piedra.
—Mis padres… dan miedo —murmuró.
Seraphiel se sentó a su lado.
—Sí.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
Elio apoyó la cabeza contra la pared fría.
—Yo solo quería ayudar a la gente.
—No quería que nadie temiera por hablar.
Seraphiel lo miró con seriedad suave.
—No te temen a ti.
—Temen a lo que te protege.
Desde el fondo del pasillo se escuchó la voz inconfundible de Alaric:
—¡LYSENNE!
—¿YA CONFIRMAMOS QUE NADIE VA A OLVIDAR QUIÉNES SOMOS?
—ALAAARIC, NO GRITES.
Elio se tapó la cara.
—Mi bocota no da miedo.
Seraphiel sonrió apenas.
—No.
—Ellos sí.
Y en algún punto, entre la risa nerviosa y el cansancio, Elio entendió una verdad incómoda:
no era peligroso por lo que decía,
sino por quién estaba dispuesto a decir “basta” en su nombre.