Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
** Todas novelas independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Dylan y Helen
Meses después, el nombre Norhaven ya no circulaba solo en el pueblo ni en los caminos cercanos.. se mencionaba en salones nobles, en cartas selladas con cera fina y en conversaciones cuidadosas entre personas que entendían de poder y dinero. Los carruajes Norhaven se habían convertido en sinónimo de prestigio, seguridad y elegancia, y eso, inevitablemente, atraía miradas influyentes.
Una mañana, entre los documentos habituales, el mayordomo se acercó al despacho de Agnes con una carta distinta a las demás. El papel era grueso, el sello impecable.
—Mi lady.. ha llegado una misiva de Lady Lewis y Lord Dylan Yard. Solicitan una reunión para hablar de negocios.
Agnes tomó la carta, leyó con atención y frunció apenas el ceño. Su primer impulso fue sencillo y honesto.. no recibirlos. No necesitaba socios, ni padrinos nobles, ni promesas envueltas en sonrisas educadas. Su trabajo hablaba por sí solo.
Sin embargo, el mayordomo dudó un instante antes de retirarse y añadió, como quien deja caer una información clave..
—He escuchado… que Lord Dylan Yard ha asesorado a varias duquesas y condesas en distintos reinos. Dicen que tiene un talento particular para hacer crecer negocios..
Eso detuvo a Agnes. No por ambición, sino por cautela. A veces, conocer a ciertas personas era tan importante como saber evitarlas.
La conversación no quedó ahí.
Abby, que siempre parecía aparecer cuando se hablaba de títulos o riqueza, había escuchado lo suficiente. Sus ojos se iluminaron de inmediato, como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro de su cabeza.
—¿Lord Dylan Yard? ¿Y Lady Lewis?
Cuando el mayordomo confirmó los nombres, Abby no perdió tiempo.
—Debes recibirlos.. Personas así no escriben cartas por nada.
Agnes la miró en silencio. Sabía perfectamente qué rondaba por la mente de su prima.. títulos, conexiones, tal vez un posible esposo, tal vez una puerta abierta al lujo que tanto añoraba. No le agradaba la intención, pero tampoco veía motivo para negarse.
—Está bien.. Que vengan.
Más tarde, mientras el taller seguía su ritmo habitual, Lucy se acercó a Agnes con esa expresión suya, mezcla de complicidad y experiencia acumulada.
—Mi lady.. he escuchado algo sobre Lady Lewis.
Agnes levantó la vista, interesada.
—Se divorció hace poco.. Fue muy comentado. Dicen que su esposo le fue infiel… y que ella, siendo más lista y más rica, se quedó con todo lo que era suyo. No aceptó migajas.
Agnes sonrió. No fue una sonrisa amplia, sino una discreta, cargada de comprensión y respeto. Aquello decía mucho más de Lady Lewis que cualquier título.
—Entonces será una visita interesante..
Así, con información suficiente y la decisión tomada, Agnes aceptó la reunión. No por Abby. No por ambición.
Sino porque intuía que aquel encuentro no sería casual… y porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía curiosidad por las personas que llamaban a su puerta.
La visita de Lady Helen Lewis y Lord Dylan Yard se dio en una tarde sobria, sin ostentación innecesaria, como Agnes prefería. Fueron recibidos inicialmente en los patios de la mansión Norhaven, porque cuando llegaron Agnes revisaba un carruaje.. Nada gritaba riqueza; todo hablaba de orden y trabajo.
Agnes compartió té con ellos, escuchó más de lo que habló al principio, observando con atención. Helen Lewis no tardó en mencionar su negocio.. cortinas y sistemas de cubrimiento para grandes casas y salones nobles. Al oírlo, Agnes sintió una ligera desconexión; no entendía de telas, ni de drapeados, ni de modas cambiantes. Por un momento pensó que aquella reunión no llevaría a nada concreto.
Pero entonces Helen empezó a explicar su verdadero problema.
—Mis diseños funcionan.. pero los mecanismos… los rieles, los sistemas de apertura y cierre, los rodamientos. Se traban, se desgastan, hacen ruido. Eso arruina todo.
Ahí, Agnes alzó la vista.
De pronto, todo encajó.
No vio a una comerciante de telas, sino a una mujer que necesitaba precisión, soluciones prácticas. Agnes empezó a hacer preguntas, simples al inicio, luego más técnicas. Hablaron de pesos, de fricción, de desgaste, de engranes pequeños y resistentes. Helen escuchaba con atención genuina, y cuando Agnes describió posibles mecanismos de rodamiento silencioso, los ojos de Lady Lewis brillaron con auténtico interés.
Fue entonces cuando ambas comprendieron que no necesitaban hacer lo mismo para trabajar juntas.
—Podríamos cooperar.. Yo no me veo diseñando cortinas; mi tiempo está en los carruajes, y aún invierto en restaurar propiedades. Pero puedo diseñar y fabricar los mecanismos que tú necesitas. Sistemas durables, suaves, pensados para durar años.
Helen sonrió. No era una sonrisa social, sino la de alguien que por fin veía una solución real.
—Seríamos socias en eso.. Tú vendes los mecanismos, yo los integro en mis productos. Ambas ganamos.
El acuerdo no se selló con papeles ese día, pero sí con algo más importante.. respeto mutuo.
Durante toda la visita, Abby no se quedó quieta. Cambió de vestido, buscó excusas para aparecer en el salón, rió un poco más alto de lo necesario y lanzó comentarios cuidadosamente calculados hacia Lord Dylan Yard. Agnes lo notó todo, sin necesidad de mirar directamente.
Y también notó algo más.
Dylan Yard apenas desviaba la mirada hacia Abby. Su atención, constante y natural, estaba puesta en Helen. No con exageración, sino con esa cercanía silenciosa que solo existe cuando dos personas se conocen de verdad.. la escuchaba, asentía, completaba sus ideas, sonreía cuando ella hablaba de negocios, no de apariencias.
Agnes lo entendió de inmediato.
Abby estaba compitiendo por algo que no estaba disponible, y ni siquiera lo sabía.
Agnes no lo comentó en voz alta, pero lo notó desde el primer momento.. Lady Helen Lewis no viajaba sola.
No era algo evidente para cualquiera.. no vestían como soldados ni portaban armas a la vista, no se colocaban rígidos ni intimidantes. Pero la disciplina estaba ahí, silenciosa y precisa. Dos hombres permanecían siempre a una distancia exacta, nunca demasiado cerca, nunca demasiado lejos. No hablaban entre ellos, no se distraían, no observaban con curiosidad; vigilaban. Sus miradas recorrían los accesos, las ventanas, los caminos laterales. Cuando Helen se movía, ellos ajustaban su posición con naturalidad, como si formaran parte del paisaje.
Agnes lo encontró… interesante.
No por miedo, sino porque reconocía ese tipo de precaución. No era paranoia; era experiencia. Helen Lewis no solo era rica.. era una mujer que había aprendido a protegerse.
Esa observación se conectó de inmediato con otra inquietud que Agnes arrastraba desde el día anterior.
Había vuelto a ver dos rostros.
Al principio pensó que era sugestión, residuos de los recuerdos que no terminaban de asentarse en su mente. Pero no. Los había visto cerca del taller, observando desde una esquina con fingida indiferencia. Y luego, cerca de la mansión, como simples transeúntes que pasaban demasiado seguido por el mismo camino.
Los hermanos Wolfson.
En su vida anterior, esos dos hombres habían sido la ruina silenciosa. Encantadores, persuasivos, expertos en disfrazar estafas como oportunidades. Se habían ganado la confianza de Abby con halagos y promesas, y cuando Agnes quiso intervenir, ya era tarde. El dinero había desaparecido. Los contratos eran trampas. Y ellos… humo.
Ahora aún no habían hecho nada.
No se habían presentado, no habían enviado cartas, no habían pedido reuniones. Pero Agnes sabía que eso era lo más peligroso de ellos.. la espera. Observaban primero. Medían. Calculaban debilidades.
Y esta vez, Agnes no era la misma.
Desde que los reconoció, no bajó la guardia. Dio instrucciones discretas al mayordomo para que reforzara el control de visitas. Pidió a Donald que limitara el acceso al taller y que nadie entrara sin ser anunciado. Observó con más atención a quienes preguntaban por los carruajes, por los precios, por la producción.
Nada alarmista. Todo meticuloso.
Mientras Abby seguía concentrada en vestidos, peinados y posibles esposos, Agnes pensaba en riesgos reales. Sabía que el éxito atraía algo más que clientes.. atraía oportunistas. Y esta vez, los reconocía por nombre y apellido.
Cuando recordó a los guardias de Helen, no pudo evitar una leve sonrisa.
[Hace bien, en cuidarse, muy bien.]
Quizás no era mala idea aprender de eso también.
Porque si los Wolfson estaban de vuelta en su vida, Agnes no sería la víctima desprevenida de otra historia. Esta vez, los vería venir… y esta vez, no habría estafa, ni ruina, ni sorpresa.
Solo una mujer preparada, esperando el primer movimiento.