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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 21

Narrador: Enrique García Ubicación: Cárcel de Najayo-Hombres / Celda de Aislamiento / Sala de Visitas Especiales

El olor de las cárceles siempre es el mismo. Una mezcla de sudor rancio, lejía barata y desesperanza. Mis zapatos de medida crujían sobre el suelo de cemento, un sonido que resultaba obsceno en un lugar donde la mayoría camina arrastrando chancletas de plástico.

—Señor García, le recuerdo que tiene quince minutos —dijo el alcaide, un hombre que me debía su puesto y la mitad de la hipoteca de su casa—. He despejado el ala. Nadie los interrumpirá.

—Gracias, Ramírez. Asegúrate de que las cámaras estén en "mantenimiento".

—Por supuesto.

La puerta de hierro se abrió con un gemido metálico. Dentro, sentado a una mesa de madera atornillada al suelo, estaba él.

Leo Candelario.

Tenía un ojo morado, el labio partido y las manos esposadas a una barra de acero. Llevaba el uniforme naranja de los preventivos, pero lo vestía con una insolencia que me resultó fascinante. No bajó la cabeza cuando entré. Me miró como si yo fuera un insecto bajo un microscopio.

—Vaya —dijo Leo, con una voz rasposa—. El gran Enrique García baja a las alcantarillas. ¿Te has perdido de camino al club de golf?

Me senté frente a él. Saqué una pitillera de plata, extraje un cigarrillo y lo encendí. El humo bailó entre nosotros.

—No fumo, gracias —añadió él con sarcasmo.

—No te he ofrecido uno —respondí con calma—. He venido a ver qué queda del gran artista después de una noche en una celda compartida. No pareces tan heroico sin tus botes de spray y tu altura de edificio.

Leo se inclinó hacia delante, haciendo que las cadenas tintinearan.

—Pareces preocupado, Enrique. Se nota en el nudo de tu corbata. Un poco flojo, ¿no? ¿Te ha costado dormir con los gritos de la gente frente a tu torre?

—La gente es ruido, Candelario. El ruido se apaga con el tiempo. Lo que no se apaga son las sentencias por terrorismo doméstico, sedición y secuestro de un menor —puse un maletín de cuero sobre la mesa y lo abrí—. Tienes veinte años de prisión esperándote. No saldrás hasta que seas un anciano que apenas puede sostener un pincel.

Leo soltó una carcajada seca que terminó en una mueca de dolor.

—Si estuvieras tan seguro de esos veinte años, no estarías aquí. Estás aquí porque Mateo no aparece. Porque Clara está soltando tus trapos sucios en la red más rápido de lo que tus abogados pueden borrarlos. Estás aquí porque tienes miedo de un chico de veinte años con una sudadera con capucha.

—Tengo recursos, Leo. Tengo tiempo. Pero admito que Mateo es un cabo suelto que me resulta molesto.

—¿Molesto? Es tu hijo —dijo Leo, y por primera vez vi fuego real en sus ojos—. No es un cabo suelto. Es el chico al que intentaste borrar la memoria con pastillas porque no encajaba en tu folleto publicitario.

—Mateo está enfermo —dije, manteniendo el tono gélido—. Tiene una mente frágil que tú has manipulado para tus propios fines narcisistas. Pero yo soy un hombre pragmático. He venido a ofrecerte una salida.

Leo se recostó, entornando los ojos.

—Soy todo oídos. Sorpréndeme.

Saqué un documento del maletín. Tres páginas, papel de alto gramaje, el sello de mi bufete de abogados en la esquina superior.

—Esto es un acuerdo —expliqué—. Se te retiran todos los cargos. Se te otorga una indemnización por "error en el procedimiento policial". Te pongo en un vuelo a Berlín esta misma noche. Tengo contactos en la escena artística de allí. Te darán un estudio, materiales, una galería. Serás el "exiliado político" que el mundo del arte adora. Tendrás éxito, Leo. El éxito que nunca alcanzarás aquí, donde solo eres un vándalo del barrio.

Leo miró el papel como si fuera un animal muerto.

—¿Y el precio? Porque siempre hay un precio con los García.

—Mateo —dije—. Mateo tiene que entregarse. Tiene que firmar una declaración jurada admitiendo que tú lo secuestraste, que lo drogaste y que todo lo que dijo en la clínica fue producto de un delirio inducido por las sustancias que le suministraste.

Leo se quedó inmóvil. El silencio en la sala se volvió tan denso que casi se podía tocar.

—Quieres que lo destruya —susurró Leo—. Quieres que lo devuelva a la jaula y que, además, le obligue a decir que la jaula era su hogar.

—Quiero que vuelva a casa, donde pertenece. Yo me encargaré de su recuperación. Lejos de ti. Lejos de esta locura. Si firmas esto, tú eres libre. Si no lo firmas, mañana te trasladan a la Victoria. Sabes lo que les pasa a los chicos como tú allí, ¿verdad? No durarías una semana.

—Me estás pidiendo que lo traicione —dijo Leo—. Después de todo lo que hemos pasado.

—Te estoy pidiendo que seas inteligente. Mírate, Leo. Estás esposado a una mesa en una cárcel tercermundista. Mateo está escondido en algún callejón, probablemente asustado y sin dinero. ¿Cuánto tiempo crees que durará esa lealtad? En cuanto pase el hambre, en cuanto eche de menos el aire acondicionado y la seguridad, me llamará. Es mi hijo. El lazo de sangre es más fuerte que el de la pintura.

Leo miró sus manos. Tenía los nudillos pelados y restos de pintura dorada bajo las uñas.

—¿Y qué pasa con Vanessa? —preguntó de repente—. Ella también está metida en esto.

—Vanessa es una Rivera —respondí con desdén—. Su padre se encargará de que pase una temporada en Suiza "recuperándose". Ella no es un problema. El problema eres tú. Tú eres la mecha, Leo. Y yo he venido a apagar la mecha con una oferta de oro.

Leo levantó la vista. Su mirada era extrañamente tranquila.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de pintar paredes, Enrique? Que no puedes comprar la luz. Puedes comprar el muro, puedes comprar al dueño del edificio, puedes comprar hasta al guardia de la esquina. Pero la luz que cae sobre la pintura... esa es gratis. Y esa luz es la que hace que la gente se detenga.

—No estamos en un museo, muchacho. Estamos en una celda. Firma el papel.

Leo se acercó al documento. Cogió el bolígrafo con sus manos esposadas. El metal de las cadenas golpeó la mesa con un eco seco.

—Si firmo esto... —empezó Leo—, ¿me aseguras que no le pasará nada a Mateo? ¿Que no volverá a esa clínica?

—Irá a una casa de reposo privada en los Pirineos. Con los mejores médicos. Estará bien.

Leo puso la punta del bolígrafo sobre la línea de la firma. Se quedó allí unos segundos. Yo sentí la victoria en el pecho. Siempre era así. Al final, el idealismo se rinde ante la supervivencia.

De repente, Leo sonrió. Una sonrisa lenta, rota, llena de una satisfacción que me desconcertó.

—Casi me convences —dijo Leo—. Casi. Tienes ese tono de voz que hace que las mentiras suenen a música.

Leo soltó el bolígrafo. No firmó. En su lugar, usó la mano izquierda para escupir sobre el documento.

—¿Qué haces? —me levanté, la ira empezando a hervir bajo mi piel perfectamente afeitada.

—Te estoy dando mi respuesta —dijo Leo, y su voz ahora era un trueno en la pequeña habitación—. Te crees que porque tienes el dinero tienes el guion de la película. Pero se te ha olvidado un detalle, Enrique.

—¿Qué detalle? —siseé.

—Mateo ya no es el chico asustado que jugaba al ajedrez en tu mansión. Mateo ha visto lo que hay fuera. Ha visto que hay gente dispuesta a sangrar por él sin pedirle nada a cambio. Tú le ofreces una casa de reposo; yo le ofrecí una voz. ¿Y sabes qué? Le gusta más su voz.

—Te vas a pudrir aquí —dije, cerrando el maletín con violencia—. Me encargaré personalmente de que tu estancia sea un infierno. Pedirás por favor que te deje firmar ese papel dentro de una semana, y para entonces, la oferta será cero.

—Adelante —desafió Leo—. Haz lo que quieras. Pégame, trasládame, júrame odio eterno. Pero ya es tarde. ¿Has mirado el reloj?

—¿De qué hablas?

En ese momento, la puerta de la sala se abrió. No era Ramírez. Era un hombre con un traje gris barato y una cámara colgada al hombro. Detrás de él, una mujer con un micrófono de una cadena internacional.

—¿Señor García? —dijo la periodista—. ¿Qué hace usted aquí hablando en privado con un detenido sin la presencia de sus abogados?

Me quedé helado. Miré a Leo.

Él se señalaba la oreja con el dedo.

—Clara —dijo Leo, guiñándome un ojo—. Nunca subestimes a una chica con un portátil y acceso a la red de fibra óptica de la prisión. No has desactivado todas las cámaras, Enrique. Solo las que tú conoces. Ella instaló una propia en el detector de humos hace dos días, cuando vino de "visita". Todo lo que has dicho... la oferta, el soborno, el exilio, la confesión falsa... se ha retransmitido en directo.

La periodista se acercó a la mesa, captando el documento escupido.

—Señor García, ¿es cierto que ha intentado sobornar al señor Candelario para que incrimine falsamente a su propio hijo?

—Esto es una trampa —dije, tratando de recuperar la compostura mientras las luces de la cámara me cegaban—. Una distorsión de los hechos. He venido aquí por razones humanitarias...

—¡Mentira! —gritó Leo desde su silla—. ¡Ha venido a comprar el silencio porque tiene miedo de la verdad! ¡Mírenlo bien! ¡Este es el hombre que construye sus torres sobre la salud mental de su familia!

—¡Fuera! —le grité a la prensa—. ¡Ramírez! ¡Saque a esta gente de aquí!

Pero Ramírez no apareció. En su lugar, apareció un fiscal del ministerio público con una orden en la mano.

—Señor García —dijo el fiscal con seriedad—. Tenemos grabaciones de esta reunión. Su conducta podría constituir un delito de obstrucción a la justicia y soborno. Le ruego que nos acompañe a la fiscalía para declarar.

Miré a Leo por última vez. Él estaba allí sentado, esposado, golpeado, en una celda de mierda. Pero me miraba con una lástima que me dolió más que cualquier insulto.

—Se acabó el tiempo, Enrique —dijo Leo—. El Cuervo no firma contratos. El Cuervo solo vuela.

Me escoltaron fuera de la sala. El pasillo de la cárcel, que antes me parecía un lugar que yo controlaba, se sentía ahora como un túnel que se cerraba sobre mí. Los flashes de las cámaras me perseguían. Los gritos de los otros presos, que se habían enterado de lo que pasaba, empezaron a retumbar en las paredes.

—¡Libertad al Cuervo! ¡Abajo García!

Cuando salí al patio exterior, el aire olía a lluvia. Vi a lo lejos, tras la verja, a una multitud de jóvenes. Entre ellos, vi a un chico con una sudadera gris. Mateo. Estaba de pie sobre un muro, con un megáfono en la mano. Me miró. No me gritó. No me insultó. Simplemente se dio la vuelta y empezó a hablarle a la multitud, ignorando mi existencia por completo.

Ese fue el golpe definitivo. El olvido.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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