Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
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Diez días
Ren hizo una lista.
No metafóricamente. Literalmente. En el cuaderno bajo llave, con la pluma que Devan le había dejado en el escritorio el primer día con la eficiencia silenciosa de quien anticipa las necesidades sin que se las digan, Ren escribió todo lo que necesitaba resolver antes del baile y al lado de cada punto escribió cuántos días quedaban para resolverlo.
La lista tenía dieciséis puntos.
Diez días.
Factible, decidió. Si no duermo demasiado.
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Sophia llegó esa mañana antes de lo habitual.
Traía la lista de Dracon doblada en tres partes dentro de su ropa, con la cara de alguien que ha hecho algo que sabe que importa y está procesando la adrenalina de haberlo hecho.
La depositó sobre la mesa sin decir nada y luego se sentó en la silla frente a Ren con la postura de quien está lista para trabajar.
Ren la miró.
—¿Tuviste algún problema?
—Ninguno. —Una pausa—. Dracon me dijo que eres buena eligiendo a tu gente.
—¿Eso dijo?
—Con otras palabras. —Sophia señaló el documento—. Pero sí.
Ren abrió la lista.
Era extensa. Más de cuarenta nombres con sus posiciones, sus alianzas conocidas, sus deudas políticas y en algunos casos sus motivaciones personales escritas con la letra directa de Dracon y la precisión de alguien que lleva años acumulando este tipo de información como quien acumula monedas — una por una, pacientemente, sabiendo que algún día valen.
Ren la leyó completa antes de decir nada.
Luego la leyó de nuevo, más despacio, marcando mentalmente los nombres que importaban.
Los allegados al Emperador — siete nombres. Todos con el mismo patrón: llevan años en sus posiciones, llevan años sin cuestionar nada, llevan años siendo recompensados por exactamente eso.
Los nobles que Dracon había marcado con un círculo pequeño — cuatro nombres. Sin explicación escrita. Ren entendió que el círculo era la forma de Dracon de decir estos tienen sus propias razones para querer que el Emperador no tenga éxito en lo que planea esa noche. Aliados potenciales que no se presentarían como tales.
Y un nombre al final de la lista, escrito solo, separado de todos los demás por una línea.
Príncipe Julius Voss. 18 años. Primer encuentro con la Duquesa Prevail previsto para esta noche. Recomendación: observa antes de decidir.
Ren miró esa línea durante un momento.
—¿Dracon dijo algo sobre el Príncipe? —preguntó.
—Dijo que era la variable más difícil de predecir. —Sophia pensó un momento—. Dijo que en diez años de trabajar con información sobre la familia imperial, el Príncipe Julius era la única persona de ese palacio de quien genuinamente no sabía qué esperar.
Ren asintió despacio.
No sabe qué esperar. Para Dracon, eso era un elogio o una advertencia. Probablemente las dos cosas.
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Los siguientes días transcurrieron con la densidad específica de los períodos de preparación intensa.
Ren se levantaba antes del amanecer. Pasaba la primera hora del día repasando los libros que había sacado de la biblioteca — la historia de las casas nobles, los protocolos de la corte imperial, los precedentes de los últimos treinta años de política del Ducado Prevail. Devan llegaba a las ocho con documentos nuevos y preguntas que Ren respondía y preguntas que Ren le hacía y que él respondía con esa eficiencia creciente de quien está empezando a entender para qué sirve realmente la información que maneja.
Sophia dedicaba las tardes a aprender.
No combate — eso no era posible en diez días y Ren no lo pretendía. Sino otras cosas. Cómo moverse en un salón grande sin que nadie note que estás prestando atención. Cómo identificar las salidas de un espacio antes de necesitarlas. Cómo transmitir información a Ren sin palabras, con gestos pequeños que habían establecido entre las dos en una tarde de práctica que había terminado con las dos riéndose de sus propios errores de una forma que hacía rato no ocurría.
Segunda salida a la derecha: dos dedos sobre el brazo.
Alguien sospechoso cerca: ajustar la cofia.
Necesito hablar contigo ahora: tocar el broche del vestido.
Simple. Funcional. Suficiente.
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Fue en el cuarto día de preparación cuando ocurrió lo que Ren no había planeado.
Estaba en su habitación, tarde, después de que Sophia se había retirado. No podía dormir — llevaba cuatro días sin dormir completamente, con ese tipo de insomnio que no es exactamente insomnio sino la incapacidad de apagar la mente cuando hay demasiado funcionando.
Se sentó en el borde de la cama.
Se quedó quieta.
Y fue en ese silencio, sin que lo buscara, sin que lo esperara, cuando lo sintió.
No era dolor. No era incomodidad. Era algo más sutil que eso, algo tan pequeño que en otro momento con otra mente podría haber pasado desapercibido.
Era movimiento.
Apenas. La insinuación de algo que se mueve dentro de un espacio que todavía no tiene espacio para moverse. Tan pequeño que Ren no pudo estar segura de si era real o si era su mente, cargada de semanas de tensión y preparación, construyendo cosas que no existían.
Puso la mano sobre su vientre.
Se quedó completamente inmóvil.
El silencio de la habitación era absoluto.
Y luego, otra vez. Tan pequeño como la primera vez. Tan real como la primera vez.
Ren no había planeado sentir nada en ese momento.
Había mantenido al bebé en la categoría de responsabilidad a proteger con la misma eficiencia con que mantenía todo lo demás en sus categorías correspondientes. Era una forma de funcionar. Era la forma en que sabía funcionar.
Pero esto no preguntó permiso.
Era un ser real.
No una responsabilidad. No una profecía. No el instrumento de la destrucción de un Emperador ni la razón de una tensión política que amenazaba con destruirlas a las dos. Era un ser real, pequeñísimo, que se movía en el silencio de una noche de una mansión en un mundo que Ren no había elegido.
Hola, pensó. Sin palabras exactamente. Solo la dirección del pensamiento, hacia adentro, hacia esa presencia nueva y pequeña.
El movimiento no se repitió.
Pero Ren se quedó con la mano sobre el vientre durante mucho tiempo después.
Y cuando finalmente se recostó y cerró los ojos, la mente que había estado imposible de apagar desde hacía cuatro días se quedó en silencio.
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En el sexto día llegó Dracon.
Esta vez no al jardín sino a través de un canal diferente — una nota entregada a Sophia con una dirección y una hora, usando el mismo sistema que habían establecido desde el principio para las comunicaciones urgentes.
Ren llegó sola al punto indicado, un callejón detrás del mercado de telas que tenía la particularidad de ser perfectamente visible desde ambos extremos, lo cual hacía imposible que nadie se acercara sin ser visto.
Dracon estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados y la expresión de alguien que tiene información que no le gusta pero que va a entregar de todas formas.
—¿Qué tienes? —dijo Ren.
—El sommelier del palacio —dijo Dracon.
Ren se detuvo.
Ten cuidado con el vino.
—¿Qué hay con él?
—Tiene un historial. —Dracon la miró directamente—. Tres nobles en los últimos doce años murieron después de eventos imperiales. Causas oficiales distintas en cada caso. Sin relación aparente entre sí. —Una pausa—. Todos bebieron vino esa noche.
Ren procesó eso.
—¿Cuántos de los tres representaban un problema para el Emperador?
—Los tres.
Silencio.
—¿Cómo actúa? —dijo Ren.
—Lento —dijo Dracon—. Lo suficientemente lento para que ningún síntoma aparezca hasta días después del evento. Lo suficientemente lento para que sea imposible rastrear.
Ren miró el callejón. La gente pasando por los extremos, indiferente, con sus propios mundos y sus propias urgencias.
—¿Hay antídoto?
—Sí. —Dracon sacó un pequeño frasco de su ropa. El líquido dentro era casi transparente, con un leve tono azul que podría haber pasado por agua en mala luz—. Se toma antes. Protege durante doce horas. —Lo depositó en la mano de Ren—. Tú y cualquiera que vaya contigo.
Ren cerró los dedos sobre el frasco.
—¿Esto es todo lo que tienes?
Dracon la miró con esa expresión que Ren ya reconocía como su versión de hay más y no sé cómo decirlo.
—El Príncipe Julius —dijo— solicitó personalmente que la Duquesa Prevail fuera ubicada cerca de la mesa imperial durante el baile.
Ren levantó los ojos.
—¿El Príncipe lo solicitó?
—Esta mañana. A través del protocolo oficial de la corte. —Una pausa—. Lo cual significa que hay registro. Lo cual significa que lo hizo deliberadamente, sabiendo que habría registro.
Julius quiere que yo esté cerca, pensó Ren. Y quiere que todos sepan que lo quiere.
¿Por qué?
—¿Tiene alguna relación con la profecía?
—No lo sé —dijo Dracon. Y era visible que no saberlo le costaba—. No tengo información sobre lo que Julius sabe o no sabe de la profecía. Es el único miembro de la familia imperial del que genuinamente no tengo suficiente información.
—Me dijiste lo mismo antes.
—Sigo sin tenerla.
Ren guardó el frasco.
—Entonces observamos.
Dracon asintió.
Y luego, con esa forma suya de decir las cosas difíciles como si fueran observaciones neutrales:
—Ren.
Era la primera vez que usaba su nombre real. No Adalyn. No señora. Ren.
Ella lo miró.
—Ten cuidado. —Una pausa—. No solo con el vino. Con todo.
Ren lo sostuvo la mirada durante un momento.
—Siempre —dijo.
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor