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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:184
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13. Quizá ni siquiera llegue a dar a luz

Natalia se alarmó. —¡No digas tonterías, Lucía!

—Hablo en serio. —Lucía sonrió suavemente. Miró el mar azul y los recuerdos hermosos le llenaron los ojos.

—Aquí fue donde Adrián y yo nos prometimos estar juntos. —Se corrigió enseguida—. O, mejor dicho, aquí empecé a quererlo yo sola.

Natalia se quedó callada un instante. Entonces comprendió. —Así que aquí se conocieron.

Lucía asintió y cerró los ojos. El sol le iluminó el rostro ovalado, cada vez más delgado. —Aquí me dijo: «Luli, cuando sea grande, me voy a casar contigo».

Abrió los ojos lentamente. Las lágrimas empezaron a caerle en silencio.

Natalia se indignó. —¡Los hombres abren la boca para mentir! ¡Desde niño ya sabía decirle a una chica lo que quería oír! ¡Y tú te lo creíste!

—Sí. Me lo creí. Y no solo eso. Lo tomé en serio.

—Déjalo ir, Lu. Ese hombre no merece que lo ames. —A Natalia le dolía ver todo lo que había entregado por él.

Pero Lucía volvió a sonreír. —Son doce años, Nati. No puedo dejar de quererlo así como así.

Ese amor se le había metido hasta los huesos. Estaba en cada respiración.

¿Cómo iba a dejarlo así como así?

—¿Y por ese hombre vas a dejarte morir?

Una ráfaga helada acompañó la pregunta. El frío se le metió a Lucía hasta el corazón.

—Con que él sea feliz, me basta.

Desde el momento en que se perdió en sus ojos, había dejado de pensar en sí misma.

—Quizá ni siquiera llegue a dar a luz, Nati.

Se agachó y recogió una concha. Los recuerdos volvieron a su mente y sonrió apenas.

—Ya no voy a poder seguir aferrándome a él. Seguro se alegrará. Yo también estaré contenta. Estaré con mi bebé y con aquellos recuerdos hermosos, en el fondo de este mar. Para siempre…

Natalia la miró sin saber qué decir.

Todavía podía ver una sonrisa feliz en su rostro. ¿Cuánto tenía que amar a aquel hombre sin corazón para ser tan tonta y creer que hasta morir podía hacerla feliz?

Después de despedirse de Natalia, Lucía volvió a la casa.

Gabriel la esperaba junto a la entrada. Al verla, se acercó preocupado. —¿Por qué no contestas mis llamadas? ¿Estás bien, Lucía?

La preocupación de él la conmovió, pero no había olvidado las amenazas de Adrián. Estaba a punto de responder cuando apareció Adrián.

Se bajó del auto y se acercó con un aire sombrío y amenazante. —Cuántos años sin vernos, Gabriel. ¿Todavía sigues tan obsesionado con mi esposa?

Su tono era ligero, casi juguetón. La burla resultaba evidente.

Lucía se sintió humillada y también se enfureció por Gabriel. —Entre Gabriel y yo no hay nada. Tenga un poco de respeto por su esposa y por su antiguo compañero de clase, señor Beltrán.

Apenas terminó de hablar, sintió que el aire se enfriaba a su alrededor.

—¿Mi esposa? ¿Así que sí te acuerdas de que eres mi esposa? ¿Y qué haces aquí, en la puerta de mi casa, enredada con tu antiguo amante?

Lucía estaba agotada de aquellas acusaciones. No quería explicarse otra vez, pero tampoco quería perjudicar a Gabriel. —Te lo voy a decir por última vez: ¡solo he estado contigo, Adrián!

Se lo gritó, incapaz de contenerse. Después se volvió y corrió al interior de la casa.

Adrián entró poco después.

Tenía el rostro sombrío y una frialdad que intimidaba.

Lucía esperaba otra humillación. Sin embargo, él habló con una calma inesperada: —Tenemos que hablar.

La actitud de Adrián la sorprendió. Pero esta vez ella no intentó complacerlo como antes. Preguntó, distante: —¿De qué quiere hablar el señor Beltrán?

El trato pareció molestarle. —¿Cómo me llamaste?

—¿Qué diferencia hace? Nunca me haces caso, te llame como te llame.

Él frunció el ceño. Después de unos segundos de silencio, habló otra vez. —A Valeria cada vez se le nota más el embarazo. Quiero darle el lugar que le corresponde.

Lucía había pensado que algún día la obligaría a divorciarse. Pero, cuando ese momento llegó de verdad, sintió el golpe de un rayo.

Miró aquel rostro hermoso y frío. Sonrió con amargura. —¿Y yo?

Al preguntarlo, sintió que tanto ella como el bebé que esperaba eran una broma monstruosa.

Los ojos profundos y afilados de Adrián se posaron en su cara. —Si te portas bien, podemos seguir como hasta ahora.

Lucía tardó un segundo en reaccionar. Después se rio. —¿Quieres que yo, tu esposa, pase a ser tu amante? ¿Y que esa amante sin vergüenza se quede con mi lugar? ¿Eso me estás diciendo?

La expresión de Adrián se volvió helada y aterradora.

El corazón le dio una punzada. Lucía se mordió el labio con fuerza y cerró los puños. —¡Esa zorra hipócrita no va a salirse con la suya! ¡Solo si estoy muerta, Adrián!

Se dio la vuelta, subió de prisa y se encerró en su cuarto.

El corazón le latía desbocado. Temía que, si se demoraba un instante más, acabara cediendo, rogándole que no se divorciara de ella.

Su deseo nunca había cambiado. Le bastaba con poder quedarse a su lado para siempre.

Pero su crueldad superaba todo lo que había imaginado. Aunque alguna vez hubiera prometido estar con ella toda la vida.

…

Lucía se mudó. No se atrevía a enfrentarlo. Temía que volviera a ponerle los papeles del divorcio delante. Y, más todavía, que siguiera buscando la manera de matar a su bebé por Valeria.

Pensó que, al menos, él preguntaría por qué se había ido. Pasaron varios días sin una sola llamada. Era evidente que ni siquiera había vuelto a la casa.

Seguro pasaba todos los días con Valeria, disfrutando de su amor.

Al pensarlo, se le nublaron los ojos frente al boceto de los anillos.

Hacía poco había aceptado el encargo de diseñar un par de anillos para una pareja.

Desde que se enamoró de Adrián, ya había imaginado unos anillos así.

Había creído que, cuando él la reconociera, se enamorara de ella y se casaran, le pondría en el dedo un anillo diseñado por sus propias manos. Al final, aquellas promesas se habían deshecho en el aire.

Se secó las lágrimas e intentó serenarse para seguir trabajando. Entonces recibió una llamada del hospital psiquiátrico donde vivía el único familiar que le quedaba.

Fue de inmediato. Una enfermera le informó que su abuelo tenía cáncer de pulmón.

Podía tratarse, pero la operación costaba mucho dinero.

Lucía peló una manzana para Esteban Luna y se la ofreció. —Toma, abuelo. Come un poco.

A pesar de su trastorno mental, Esteban tenía un rostro bondadoso. Aceptó la fruta. —Viniste, Lucila.

Ella sonrió y asintió. Lucila era su nombre de nacimiento. Ni siquiera sabía cuál era su apellido.

Desde que tenía memoria, no había tenido padre ni madre. Solo a un abuelo cuya mente no funcionaba del todo bien.

Siempre había creído que lo acompañaría hasta que muriera de viejo, que sería ella quien guardaría luto por él. Ahora parecía que iba a morir primero.

Buscó información. El tratamiento del cáncer de pulmón en segunda etapa costaba unos trescientos mil pesos.

La luz se le fue apagando en los ojos al ver la cifra. Sintió que una red le apretaba el corazón, cada vez más, hasta asfixiarla.

Trescientos mil. ¿De dónde iba a sacar tanto dinero?

La idea de que su abuelo muriera por no poder pagar el tratamiento le llenó los ojos de lágrimas. El dolor de perder a su único ser querido la oprimió hasta dejarla sin aire.

El costo la hundió en la desesperación. Y fue entonces, cuando ya no le quedaba esperanza, cuando pensó en Adrián.

Él era su única salida.

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