Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
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Capítulo 16
Capítulo 16. Una cercanía inexplicable
Era una mujer de modales delicados y una elegancia poco común.
Después de varios encuentros, Lucía supo que era Inés Vidal, la señora Montes. Los Montes eran una de las cuatro familias más poderosas de Puerto Real.
No entendía por qué, pero cada conversación con ella le despertaba una cercanía especial.
Los Montes tenían muchos negocios. Inés se ocupaba de las joyas. Todos los primeros bocetos que le había pedido a Lucía la dejaron encantada.
Por un imprevisto, el día de la entrega la invitó a su casa.
Al llegar, Lucía descubrió que Beatriz, la hija adorada de Inés y Álvaro Montes, cumplía veinticuatro años.
Entonces recordó que ella también cumplía veinticuatro ese día.
Vio a Beatriz, consentida por sus padres como una princesa, y no pudo evitar sentir envidia.
Nunca había sabido lo que era el amor de un padre o de una madre. Y ahora que podía convertirse en madre, el destino le decía que le quedaba poco tiempo de vida.
Una punzada sorda le cruzó el pecho. Respiró hondo y sonrió.
Pasara lo que pasara, tenía que reunir los trescientos mil pesos para operar a su abuelo.
Iba a acercarse para felicitar a Beatriz cuando vio a Valeria.
Estaba preciosa, con un maquillaje perfecto. Tomaba del brazo a Beatriz mientras se sacaban fotos juntas, muy cariñosas.
Lucía nunca había imaginado que fueran tan amigas.
Para evitar problemas, se volvió para irse. Valeria la llamó.
—¡Lucía! Sí eres tú. Pensé que me había equivocado. —La saludó con dulzura—. ¿Qué haces aquí?
Ella la miró con frialdad. —No es asunto tuyo.
—¿Cómo no va a serlo? Eres mi hermana y hoy es la fiesta de mi mejor amiga. Todos los invitados tienen dinero. ¿Qué hacemos si vuelves a ponerte a robar, como la otra vez?
Sonreía con ternura, pero de sus ojos salía una malicia feroz.
Lucía soltó una risa suave. —¿Hermana? Yo no tengo una hermana hipócrita que se haga la santa y seduzca a su propio cuñado.
—¡Tú…! —A Valeria se le quedó rígida la cara. Se veía incómoda.
Beatriz se acercó entonces. Vestida de pies a cabeza con ropa de marca, parecía brillar al lado de Lucía y su ropa modesta.
La examinó con interés. De pronto pareció comprender.
—Así que esta es tu hermana, la sinvergüenza.
Lucía se quedó desconcertada.
Era fácil imaginar lo que Valeria había dicho de ella a sus espaldas.
—Déjalo, Bea. Después de todo, es mi hermana. Adrián y yo no estábamos destinados a estar juntos. —Valeria suspiró, triste, y volvió a mirar a Lucía—. Vete. No creas que vas a aprovechar otra vez el descuido de todos para robar.
—¿Cómo dejaron entrar a alguien tan asqueroso a mi fiesta? —Beatriz la miró con desprecio—. Por Valeria, te dejo irte ahora. ¡Si no te vas, voy a pedir que te saquen!
Lucía apretó los bocetos entre las manos y sonrió con calma. —Pues esta persona tan asquerosa vino invitada por tu mamá, señorita Montes.
Valeria y Beatriz intercambiaron una mirada. La sorpresa era evidente.
Inés salió de la casa en ese momento. Beatriz se apresuró a acercarse. Señaló a Valeria y le murmuró algo al oído. Enseguida, Lucía vio que Inés empezaba a mirarla con rechazo y disgusto.
Sintió que algo iba mal. Aun así, mantuvo la sonrisa al saludarla. —Señora Montes, traje todos los diseños que me pidió.
—Ya puede irse, señorita Suárez. —Inés habló con una frialdad inusual—. No quiero ninguno de esos diseños. Quédese con el anticipo como compensación por su tiempo, pero no vuelva a buscarme. No vamos a permitir que una mujer tan sucia como usted manche las joyas de Grupo Montes.
En cuanto oyó aquellas palabras, Lucía supo que todo había terminado.
Podía soportar los insultos y los malentendidos. Pero aquel trabajo era demasiado importante.
—¿Diseños? ¿Desde cuándo eres diseñadora, Lucía? —Valeria abrió los ojos, sorprendida—. ¿No estarás copiando cosas de internet y diciendo que son tuyas, como cuando te graduaste? Cada vez caes más bajo. —Parecía dolida por no poder hacerla entrar en razón.
El rostro de Inés se ensombreció todavía más. Miró a Lucía con profundo disgusto, tomó de la mano a su hija y se dio la vuelta.
Por alguna razón, aquella mirada de desprecio le provocó una punzada en el pecho.
Quiso seguirla para explicarse, pero alguien la agarró y la hizo retroceder.
Al comprobar que ya no había nadie cerca, Valeria mostró una sonrisa maliciosa. —¿Lo viste, putita? ¿Con lo poca cosa que eres todavía quieres quitarme el lugar de señora Beltrán? Muy pronto vas a saber lo que les pasa a las que intentan quitarme a mi hombre.
Lucía apretó los bocetos rechazados. Miró aquella sonrisa triunfal y ya no lo soportó. Alzó la mano y le cruzó la cara de una bofetada.
—Lo que me vaya a pasar todavía está por verse. ¡Pero la marca de mi mano en tu cara la puede ver cualquiera!
—¡Maldita perra! ¡Te atreviste a pegarme! —Valeria estalló de rabia.
Lucía sonrió con fría indiferencia. —Sí, te pegué. Tampoco es la primera vez. Arréglate y ve a llorarle a Adrián. Le encantan tus numeritos de santa ofendida.
Valeria se quedó sin palabras.
Se tocó la mejilla, apretando los dientes de furia.
Intentó devolverle el golpe. Lucía lo esquivó sin esfuerzo y se marchó.
Sabía que aquella zorra hipócrita iría a quejarse con Adrián. No esperaba que él llamara tan pronto.
—Ven a casa de los Suárez. Ahora mismo.
Su voz sonaba tranquila. Lucía sabía que era la calma antes de la tormenta.
No había vuelto a aquella casa desde lo ocurrido en el hospital.
Nada más entrar, vio a Ernesto y a Teresa mirándola con una furia feroz, como si quisieran devorarla viva.
Adrián estaba sentado en el sofá, envuelto en frialdad. Valeria se apoyaba a su lado y sollozaba, afligida.
La actuación le dio tanto asco que Lucía puso los ojos en blanco. Se acercó y habló sin rodeos. —Aquí estoy, señor Beltrán. ¿Va a castigar a su esposa para defender a esa amante sin vergüenza?
Los sollozos de Valeria se cortaron un instante. Adrián alzó los ojos. Su mirada profunda se volvió fría y amenazante.
—¿Olvidaste lo que te advertí? —El tono hizo que a Lucía se le encogiera el corazón.
—Déjalo, Adrián. No la culpo. Todo es culpa mía. Eres su esposo y no debería seguir amándote, pero no puedo dejar de pensar en ti. —Con una bondad fingida, Valeria le tomó el brazo cuando él se levantó para castigar a Lucía.
—¡Hija, eres demasiado buena! ¡Todavía defiendes a esta maldita ingrata! ¡Mira cómo te dejó la cara! —Ernesto se acercó, entre furioso y dolido por su hija.
Solo entonces Lucía se fijó en las marcas exageradas del rostro de Valeria. Le había pegado en la mejilla izquierda, pero ahora tenía huellas de dedos de un rojo intenso en ambos lados. Las mejillas estaban hinchadas y había sangre en la comisura de los labios.
Era evidente que alguien había «retocado» las heridas.
Lucía soltó una risa despectiva. —Si sabes que es culpa tuya, ¿por qué sigues detrás de mi marido? ¿No te das asco?
Valeria se quedó rígida, incómoda. Un destello de rabia cruzó por sus ojos.
Lucía sintió cierta satisfacción. No le duró más que unos segundos: una bofetada brutal le cayó en la cara.
El golpe resonó.
Ernesto había pegado con tanta fuerza que Lucía vio estrellas y sintió sangre en la boca. Antes de asimilarlo, recibió otra bofetada en la otra mejilla. Después, una patada detrás de la rodilla la obligó a caer de rodillas.
No pudo evitar desplomarse. Intentaba levantarse cuando Ernesto le pisó de golpe la mano derecha.
—¡¿Con esta mano le pegaste a Valeria, perra?!