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El Arte De Compartir El Cepillo De Dientes

El Arte De Compartir El Cepillo De Dientes

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Amor-odio / Malentendidos
Popularitas:85
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Domando al vecino de arriba.

Existía una leyenda urbana en el edificio que aseguraba que los pisos superiores estaban construidos con un material absorbente de sonido. Valeria y Leo descubrieron la amarga verdad exactamente a la una y media de la madrugada de un martes: el techo del apartamento 4B no era de hormigón armado, sino de papel de fumar con pretensiones estructurales.

El calvario comenzó con un thump seco y sordo, seguido de una secuencia rítmica de pasos pesados que resonaban como si un mamut en zapatillas de plomo estuviera ensayando una coreografía de zapateado flamenco directamente sobre su lámpara de techo.

—Leo... —murmuró Valeria en la penumbra, con los ojos de par en par dirigidos al techo, donde la pantalla de tela de la lámpara vibraba con cada pisada.

—Es un sueño, Val. Estamos en una playa en Bali y lo que oyes son cocos cayendo de las palmeras —balbuceó Leo desde su lado de la cama, enterrando la cara en la almohada y negándose a salir de su trance de sueño.

¡CRASH!

El sonido de un objeto metálico pesado rebotando contra el piso de arriba hizo que ambos saltaran sobre el colchón. La lámpara del techo emitió un leve tintineo metálico.

—Eso no fue un coco, Leo. Eso fue una pesa de veinte kilos o un microondas cayendo desde una mesa —sentenció Valeria, sentándose en la cama con el cabello alborotado y una expresión de guerra—. Es la tercera vez esta semana. El señor del 5B cree que su sala es un gimnasio de alto rendimiento nocturno o una pista de baile para bisontes.

—Mañana le dejamos una nota amable en el buzón —suplicó Leo, ajustándose la sábana hasta el cuello—. Una nota diplomática, con caritas sonrientes y un toque de humor pasivo-agresivo.

—Son las dos de la mañana, Leo. Mañana tengo una presentación a las ocho —dijo ella, poniéndose de pie con la determinación de un general romano, enfundándose su bata de felpa y calzándose las pantuflas con forma de conejo—. Vamos a subir.

—¿'Vamos'? —Leo abrió un ojo, horrorizado—. Val, no puedes ir a encarar a un vecino nocturno en pantuflas de conejo. Nos va a restar autoridad moral.

—Tú vienes conmigo como respaldo táctico. Ponte los pantalones.

Cinco minutos después, la pareja avanzaba por los escalones de la fría escalera comunitaria como una unidad de operaciones especiales en versión pijama. Leo vestía un pantalón de chándal gris y una camiseta al revés; Valeria lideraba la marcha con los puños apretados dentro de los bolsillos de la bata.

Se detuvieron frente a la puerta del 5B. Desde el interior se escuchaba un zumbido constante mezclado con música electrónica a bajo volumen y el inconfundible sonido de alfarería rebotando.

Valeria levantó la mano y golpeó la madera con tres nudillos firmes. Toc, toc, toc.

La música se detuvo. Hubo un silencio pesado, seguido del sonido de una serie de cerrojos desorganizándose. La puerta se abrió despacio y reveló a un hombre alto, de unos cincuenta años, con barba canosa desordenada, gafas de marco grueso sobre la punta de la nariz y un delantal de cuero manchado de arcilla de la cabeza a los pies. En la mano derecha sostenía lo que parecía ser una escultura inacabada de un gato amorfo.

—¿Sí? —preguntó el hombre, parpadeando con auténtica sorpresa, como si no registrara que el sol se había puesto hacía varias horas.

—Buenas noches. O buenas madrugadas, mejor dicho —comenzó Valeria, forzando una sonrisa diplomática que no llegaba a sus ojos—. Somos sus vecinos de abajo, del 4B. Valeria y Leo.

El hombre miró las pantuflas de conejo de Valeria, luego la camiseta al revés de Leo y finalmente esbozó una sonrisa desarmante y genial.

—¡Ah, los recién mudados! ¡Qué maravilla! Soy Don Tomás. Encantado. ¿Pasa algo con el agua? A veces la tubería principal canta por las noches, es un problema de la bomba del sótano...

—No es el agua, Don Tomás —intervino Leo, dando un paso al frente para suavizar el ambiente—. Es que... bueno, abajo suena como si usted estuviera reorganizando una cantera de granito a las dos de la mañana.

Don Tomás miró la escultura que tenía en la mano, luego miró hacia el interior de su apartamento y se llevó una mano a la cabeza, dejando una mancha de barro gris en su frente.

—¡Oh, santos cielos! La escultura de arcilla chamotada —exclamó con genuino pesar—. Pierdo la noción del tiempo cuando entro en la fase de modelado térmico. Estaba ajustando el torno de alfarero y se me cayó el mazo de madera al suelo. Y los pasos... bueno, es que camino de un lado a otro mientras espero que el barro tome consistencia. ¡Qué vergüenza con ustedes!

Valeria, que traía preparado un discurso implacable sobre las normas de convivencia del edificio y los derechos del inquilino, se quedó con las palabras congeladas en la garganta. La absoluta honestidad y la amabilidad caótica del hombre desarmaron por completo su estrategia.

—El problema, Don Tomás —dijo Valeria, bajando el tono defensivo—, es que el aislamiento del piso es muy delgado. Cada vez que su torno vibra o usted camina con calzado duro, en nuestra habitación suena como un terremoto de escala moderada.

—Lo entiendo perfectamente —asintió Don Tomás con un dramatismo casi teatral—. Es imperdonable. La inspiración es una amante traicionera, muchachos. No conoce horarios. Pero la convivencia entre vecinos es sagrada. Déjenme compensarlo.

Antes de que pudieran responder, Don Tomás se giró hacia una mesa auxiliar cerca de la entrada y tomó una fuente cubierta con un paño de cocina blanco.

—Pastel de limón y lavanda fresco. Lo horneé ayer por la tarde para inspirarme —anunció, extendiendo la fuente hacia ellos—. Y les prometo algo: mañana mismo compro una alfombra de caucho de alto impacto para ponerla debajo del torno. Y desde hoy, a las diez de la noche, camino únicamente en calcetines de lana gruesa. ¿Tenemos un tratado de paz?

Leo miró el pastel de limón, luego miró a Valeria y no pudo contener una sonrisa.

—Don Tomás, si el pastel está tan bueno como huele, tiene usted permiso de esculpir hasta las diez y media —bromeó Leo, aceptando la fuente con una reverencia juguetona.

—Hecho —sonrió el anciano artista—. Y de nuevo, mil disculpas. A partir de ahora, seré más silencioso que un gato de seda.

Diez minutos después, Valeria y Leo estaban de vuelta en la cocina del 4B, sentados en las banquetas altas a las dos y veinte de la mañana, comiendo dos rebanadas de pastel de limón servidas en servilletas de papel.

—Es un pastel increíble —admitió Valeria, masticando con deleite mientras ajustaba las orejas de sus pantuflas de conejo.

—Te lo dije, mi amor —se rió Leo, dándole un mordisco a su porción—. A veces la mejor forma de resolver un conflicto de convivencia no es sacar el reglamento, sino subir en pijama a descubrir que tu vecino es un escultor nocturno con talento para la repostería.

—Fue tu pijama al revés lo que lo conmovió, estoy segura —sonrió ella, apoyando la cabeza en el hombro de él mientras el silencio perfecto y bien ganado finalmente envolvía todo el edificio.

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