Olivia Ivanov nunca creyó en el amor. Hija de un poderoso patriarca ruso, hermosa, filosa y dueña de su destino, está segura de una sola cosa: ningún hombre va a quitarle el control. Hasta que una noche besa a un jeque para provocarlo… y descubre, demasiado tarde, que jugó con fuego.
Fasal Al-Rashid Al-Mansour tiene un imperio, un palacio, una tigresa por mascota y una regla: siempre consigue lo que quiere. Y quiere a la única mujer que se atreve a desafiarlo, a reírse en su cara y a marcharse sin mirar atrás.
Lo suyo iba a ser solo una aventura. Sin promesas. Sin ataduras. Sin sentimientos.
Entonces Olivia huye del país sin despedirse… llevándose un secreto que lo cambiará todo.
Cuando el destino los reúne, entre lujo, deseo y una familia dispuesta a destruirlos, Olivia y Fasal tendrán que decidir hasta dónde están dispuestos a llegar por un amor que ninguno de los dos buscaba —y que ya no pueden negar.
Traición, pasión, venganza y segundas oportunidades. Una historia de amor tan ardiente como peligrosa, donde la mujer que lo abandonó es la única capaz de salvarlo.
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Capítulo 22 — El precio de la crueldad
Fasal
Tardé más de lo que debía.
Cuando por fin llego a casa, la noche ya se apoderó de todo.
Camino hasta la sala y de inmediato percibo el silencio extraño que se cierne sobre la casa. No veo a Nadja. No veo a Olivia.
El corazón se me aprieta.
Una de las mujeres está pasando por el pasillo, así que la llamo.
—¿Dónde están Olivia y mi hermana?
Baja la cabeza antes de responder:
—Están en el cuarto, señor.
Asiento y sigo por el pasillo.
En cuanto abro la puerta de mi cuarto, me detengo.
Olivia está sentada en la alfombra, jugando con Malika. Lanza un juguete a lo lejos y Malika corre a buscarlo, volviendo segundos después con el objeto en la boca.
Por un instante, la escena me hace sonreír.
Pero la sonrisa desaparece cuando Olivia se levanta.
Viene hacia mí con los ojos llorosos.
—Quiero irme.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—No quiero quedarme aquí con tu madre.
Mi expresión se endurece.
Olivia respira hondo, tratando de contener el llanto.
—En cuanto saliste, arrastró a Nadja al cuarto contra su voluntad. Después mandó retirar toda la comida de la mesa. —Su voz se quiebra. Pero no llora.
—Ya entendí que no soy bienvenida aquí.
—Olivia…
—Ya reservé un hotel.
Siento que la sangre me hierve.
—Carajo…
Cierro los ojos unos segundos, tratando de controlar la rabia.
Amira.
Voy a matar a esa mujer.
Respiro hondo y sostengo el rostro de Olivia entre las manos.
—No vas a ir a ninguna parte.
Ella me mira.
—Fasal…
—Yo voy a resolver el problema de Amira.
Atraigo su cuerpo hacia el mío y la envuelvo entre mis brazos.
—Mírame.
Ella levanta los ojos.
—Eres bienvenida aquí, mi amor. —Le beso la frente—. Eres la reina de mi castillo. Nadie va a hacerte sentir distinto a eso.
Una pequeña sonrisa asoma en sus labios.
Y entonces…
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Un golpe fuerte en la puerta nos hace mirar hacia ella.
Cierro los ojos.
—Maldita sea…
Voy hasta la puerta y la abro.
Es Youssef.
Mi mano derecha parece completamente distinta del hombre tranquilo que conozco. Está tenso. Nervioso.
—¿Qué pasó?
Mira rápidamente a Olivia y después a mí.
—No podía irme sin informarle al jeque lo que vi.
La mandíbula se me traba.
—Habla.
Youssef respira hondo.
—Ahora entiendo la desesperación de Nadja cuando usted viaja.
Siento un escalofrío recorrerme el cuerpo.
—¿Qué estás diciendo?
—Amira viene agrediendo a Nadja.
El mundo parece detenerse por un segundo.
—¿Qué?
—La encontré en el pasillo. Tenía el rostro herido.
La vista se me nubla de rabia.
—Hija de puta. Miserable.
Salgo del cuarto de inmediato.
Olivia viene detrás de mí.
Youssef también.
Camino por el pasillo con pasos rápidos hasta llegar al cuarto de Nadja.
Golpeo la puerta.
Nada.
Vuelvo a golpear, esta vez con fuerza.
—¡Nadja!
Silencio.
—Abre la puerta.
Oigo su voz del otro lado, temblorosa.
—Ya estoy acostada para dormir…
Aprieto los puños.
—¡Abre o echo abajo esta mierda!
Unos segundos después, escucho la cerradura destrancándose.
Entro.
Nadja está de espaldas a mí.
El pecho se me aprieta.
Camino hacia ella y le sostengo delicadamente los hombros, haciéndola girar.
Ella mantiene los ojos cerrados.
Como si tuviera vergüenza de que la vean así.
Retiro despacio el velo que le cubre prácticamente todo el rostro.
Y entonces lo veo mejor.
Los labios cortados.
Las mejillas rojas por las bofetadas.
Rasguños marcándole el cuello.
El corazón se me hace pedazos.
Nadja baja los ojos, avergonzada.
Como si la culpa fuera suya.
Como si hubiera hecho algo para merecer aquello.
—Nadja…
Ella no responde.
Solo permanece inmóvil.
La atraigo hacia mis brazos.
Mi hermana por fin se derrumba.
Llora bajo.
Tan bajo que parece tener miedo hasta de dejar caer las lágrimas.
La aprieto contra mi pecho.
—Perdón.
Ella solloza.
—Perdón, Nadja, por no haberme dado cuenta.
Cierro los ojos.
¿Cuánto tiempo sufrió mi hermana mientras yo estaba lejos?
¿Cuánto tiempo Amira hizo esto a escondidas de mí?
Me aparto lentamente.
Miro a Nadja de frente.
—Amira no se queda ni un día más en esta casa.
Mi voz no deja espacio para la discusión.
Salgo del cuarto acompañado por Youssef.
Pero, antes de doblar en el pasillo, me detengo.
Miro hacia atrás.
Olivia se quedó.
Se acerca a Nadja y, sin decir una palabra, envuelve a mi hermana entre sus brazos.
Nadja llora otra vez.
Esta vez, sin embargo, no está sola.
Y en ese instante comprendo que no solo tengo que proteger a Olivia de mi madre.
Tengo que proteger a las dos.
Salgo del cuarto de Nadja sintiendo la sangre hervir en mis venas.
Cada paso que doy por el pasillo parece insuficiente para la rabia que crece dentro de mí.
La imagen del rostro de mi hermana no se me va de la cabeza.
Los labios cortados.
Las marcas rojas en las mejillas.
Los rasguños en el cuello.
Y, peor que todo, la manera en que bajó los ojos cuando la encontré.
Como si tuviera vergüenza.
Como si fuera culpable de la crueldad que sufrió.
Aprieto los puños.
No.
Esto termina hoy.
Camino a pasos largos hasta la sala de descanso de Amira.
No tengo paciencia para ceremonias.
No golpeo.
Abro la puerta con fuerza y entro.
Amira está sentada en un sillón, bordando tranquilamente.
La imagen de esa mujer tan calma, mientras mi hermana lloraba escondida en su cuarto, hace que algo dentro de mí se rompa.
Ella levanta los ojos.
—¿Hijo mío?
—Levántate.
Mi voz sale baja.
Peligrosa.
Amira parpadea, sin entender.
—Fasal…
—Dije que te levantes.
Ella lentamente deja el bordado sobre la mesa.
—¿Qué significa esto?
Doy algunos pasos hacia dentro.
—Significa que no pasas ni una noche más bajo mi techo.
El silencio que sigue parece ensordecedor.
Amira se levanta.
Pero, en vez de mostrar arrepentimiento, su rostro asume esa expresión de víctima que conozco desde niño.
—¿Qué es esto, hijo mío? —pregunta, llevándose una de las manos al pecho—. ¿Aquella serpiente ya empezó a sembrar la discordia dentro de mi hogar?
Suelto una risa seca.
Sin humor.
Sin ningún rastro de cariño.
—¿Tu hogar?
Ella me mira.
—Yo te crié. Hice todo por ti. ¿Y ahora permites que esa mujer te vuelva contra tu propia madre?
Doy un paso hacia ella.
—No le eches la culpa a Olivia.
Mi tono se endurece.
—Tú lo hiciste sola.
—Ella llegó aquí y…
—¡Basta!
Mi voz estalla por la sala.
Amira se calla.
El pecho me sube y baja rápidamente.
—Si no te doy las bofetadas que mereces es solo porque me trajiste al mundo.
Las palabras salen entre los dientes.
—Pero no confundas eso con perdón.
Amira me mira, incrédula.
—Soy tu madre.
—Y Nadja es mi hermana.
La señalo.
—Y nunca más vas a tocarla.
Amira cruza los brazos.
—Solo estaba disciplinando a mi hija.
Esas palabras me golpean como una hoja.
—¿Disciplinando?
Repito lentamente.
—¿A eso lo llamas disciplina?
Mi voz tiembla de rabia.
—Yo vi su rostro, Amira.
Ella permanece en silencio.
—Vi a mi hermana tratando de esconderme las marcas que le dejaste.
Doy otro paso.
—Lloró como si hasta sus propias lágrimas estuvieran prohibidas.
Amira desvía la mirada.
—Ella tenía que aprender.
—No.
Mi respuesta es inmediata.
—Quien tiene que aprender algo eres tú.
Vuelvo el rostro hacia la puerta.
—Youssef.
Mi mano derecha aparece de inmediato.
—Jeque.
—Sácala de aquí.
Amira abre mucho los ojos.
—¡Fasal!
—Ahora.
Youssef se acerca.
—Amira ya no vive en este palacio. —Cada palabra sale clara.
—Y no tendrá más acceso a él.
—¡No puedes hacerme esto!
—Puedo.
—¡Soy tu madre!
—Y aun así perdiste el derecho a permanecer aquí cuando levantaste la mano contra Nadja.
Youssef intenta conducirla hacia afuera.
Amira se resiste y, en un gesto de puro desprecio, escupe en su dirección.
—¡Sirviente miserable!
Youssef permanece inmóvil.
Ni siquiera responde.
Amira pasa a su lado y se detiene frente a mí.
Por un instante, nuestros ojos se encuentran.
Todavía logro recordar a la mujer que me sostenía cuando yo era niño.
La voz que me llamaba hijo.
Pero esa mujer parece haber desaparecido hace mucho tiempo.
Todo lo que veo ante mí es a alguien que hirió a mi familia.
Ella pasa a mi lado.
Entonces se detiene.
—Todo por culpa de esa maldita rusa.
Todo mi cuerpo se pone rígido.
Olivia.
Instintivamente, mi mano se cierra.
Amira continúa, dominada por el odio:
—Que él muera.
El corazón se me dispara.
—Y que el bebé que lleva dentro tenga el mismo destino.
Por unos segundos, no logro respirar.
Mi hijo.
Sus palabras resuenan dentro de mi cabeza.
Mi hijo.
Siento una furia tan intensa que necesito controlarme para no lanzarme sobre ella.
—Nunca más digas eso.
Mi voz sale baja.
Muy baja.
Amira me mira.
—La mano de Alá pesará sobre tu cabeza, Fasal.
Youssef por fin la conduce hacia afuera.
La puerta se cierra.
Y yo permanezco inmóvil.
Solo.
El silencio regresa a la sala.
Me paso la mano por el rostro y respiro profundamente.
Miro la puerta por donde mi madre acaba de salir.
Por más doloroso que sea admitirlo, algo murió dentro de mí esa noche.
La imagen de Amira como mi madre nunca más será la misma.
Cierro los ojos.
Pienso en Nadja.
Pienso en Olivia.
Pienso en el hijo que ella lleva.
Y entonces respiro aliviado.
Amira está fuera.
Por primera vez en mucho tiempo, mi casa está libre de ella.
Ahora puedo volver con quienes realmente me necesitan.
Y me juro a mí mismo:
Nadie más tocará a mi familia.