Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos
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Capitulo 14
Las horas pasaban lentamente.
Alma había terminado su segunda tetera de té, se había comido casi todos los bocadillos y estaba a punto de empezar a caminar de un lado a otro de la casa de té.
No podía evitarlo.
¡Estaba nerviosa!
Aunque había ayudado a Mino a estudiar durante meses, aunque confiaba en su inteligencia y aunque él había prometido esforzarse, una parte de ella seguía preocupada.
Los exámenes imperiales no eran cualquier prueba. Los candidatos más brillantes de la capital se reunían para competir por los primeros puestos, y muchos llevaban años preparándose.
Además, estaba aquel erudito.
Sus palabras seguían resonando en la cabeza de Alma.
«A tu esposo le queda poco».
—¡Maldito arrogante! —murmuró, apretando la taza.
Loto la miró.
—¿Ha dicho algo, señora?
—No. Solo estaba pensando en lo agradable que sería arrojarle una tetera a la cabeza.
—Entiendo...
Loto decidió que era mejor no hacer más preguntas.
En ese momento, un joven sirviente entró apresuradamente en la casa de té. Llevaba la ropa de la residencia del marqués y, al localizar a Alma, se acercó e hizo una reverencia.
—Señora Juner, los exámenes han terminado. He venido a informarle por orden del joven señor Xie.
Alma se puso de pie tan deprisa que casi volcó la mesa.
—¡¿Qué pasó?!
El sirviente parpadeó, sorprendido por su reacción.
—El joven señor me ordenó venir a buscarla y entregarle...
—¡¿APROBÓ?!
—Señora, yo...
—¡¿MI ESPOSO APROBÓ?!
—¡Todavía no he terminado de hablar!
Alma agarró a Loto del brazo por pura emoción, la soltó inmediatamente y salió corriendo de la casa de té.
—¡ESPERA, ALMA! —gritó Loto.
Pero su señora ya había desaparecido por la puerta.
El sirviente se quedó inmóvil.
Loto suspiró.
—Perdónala. Cuando se trata de su esposo, pierde la cabeza.
—¿De verdad?
—No tienes idea.
Loto estaba a punto de seguirla cuando escuchó un grito desde el exterior.
—¡¡¡LOTO!!!
La sirvienta cerró los ojos.
Ya empezó.
Alma regresó corriendo, con el rostro encendido y el cabello ligeramente desordenado.
—¡Olvidé pagar el té!
Dejó unas monedas sobre la mesa, se dio la vuelta y volvió a salir disparada.
—¡Señora, vaya despacio! ¡Se va a caer! —gritó Loto.
Pero Alma no escuchaba.
Tenía una misión mucho más importante que conservar la dignidad.
¡Necesitaba saber qué había conseguido su esposo!
Cuando llegó al lugar donde esperaba Mino, Alma estaba sin aliento.
Se detuvo frente a él, apoyó las manos sobre las rodillas e intentó recuperar el aire.
Xie Lang estaba acompañado por su sirviente y sostenía un documento entre las manos.
Al verla, su expresión se suavizó.
—Alma...
Ella levantó la cabeza de inmediato.
—¿Y?
Mino sonrió, pero no respondió.
En cambio, le mostró el papel.
Alma se incorporó y se lo arrebató con cuidado. Sus ojos recorrieron las líneas escritas.
Al principio no comprendió lo que estaba viendo.
Volvió a leer.
Después abrió la boca.
—¿El puesto número uno?
Xie Lang asintió.
—Sí.
Alma levantó lentamente la cabeza.
—¿EL PUESTO NÚMERO UNO?
—Eso parece.
—¿EL PRIMER PUESTO ENTRE TODOS LOS CANDIDATOS?
—Alma...
—¡¡¡EL PUESTO NÚMERO UNO!!!
Su grito resonó por todo el lugar.
Antes de que Mino pudiera reaccionar, Alma saltó hacia él y le rodeó el cuello con los brazos.
Xie Lang abrió los ojos, sorprendido.
Pero sus reflejos fueron más rápidos que sus pensamientos. La sujetó por la cintura y la levantó del suelo, impidiendo que perdiera el equilibrio.
Alma soltó una carcajada y se aferró a él.
—¡¡¡LO CONSEGUISTE!!! ¡¡¡MI ESPOSO ES EL NÚMERO UNO!!!
Mino se puso rojo hasta las orejas.
—¡Alma! ¡Baja la voz!
—¡NO!
—¡Nos están mirando!
Ella negó enérgicamente con la cabeza.
—¡No me importa! ¡Mi esposo consiguió el primer puesto en los exámenes imperiales más importantes de la capital!
Alma volvió a mirar el documento, como si necesitara comprobar una vez más que no estaba soñando.
¡El primer puesto!
¡El primero de todos!
¡Después de meses de estudio, su esposo había conseguido el resultado más alto!
Las tierras.
¡Las benditas tierras!
Su futuro estaba asegurado.
Podría tener propiedades, ingresos propios y una fuente de dinero que no dependiera de su esposo. Tal vez incluso pudiera comprar una mansión y vivir tranquilamente cuando lograra resolver todos los problemas relacionados con su identidad.
Pero, por alguna razón, mientras abrazaba a Mino, el dinero no fue lo único que la hizo sonreír.
También estaba orgullosa de él.
Muchísimo.
—¡Sabía que podías hacerlo! —exclamó, apretándolo con más fuerza—. ¡Mino, eres increíble!
Él dejó de intentar que bajara la voz.
La contempló desde tan cerca que pudo ver el brillo de sus ojos y la sonrisa que iluminaba su rostro.
Aquella sonrisa era para él.
No era una expresión fingida para engañar a un enemigo ni una sonrisa interesada para conseguir algo.
Alma estaba realmente feliz.
Y él había conseguido hacerla feliz.
Xie Lang sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Estás orgullosa de mí? —preguntó suavemente.
Alma lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—¡Por supuesto que estoy orgullosa de ti!
Le dio una palmada en el hombro.
—¡Te esforzaste muchísimo! ¡Estudiaste todos los días, repasaste las lecciones y soportaste mis preguntas! ¡Y ahora eres el mejor de todos!
Mino sonrió.
Una sonrisa tan dulce que Alma sintió un extraño cosquilleo en el pecho.
—Gracias, esposa.
Ella parpadeó.
—¿Por qué me das las gracias?
—Por quedarte conmigo durante estos meses.
Alma se quedó callada un instante.
Él continuó:
—Cuando empecé a estudiar, pensaba que solo quería conseguir mis dos besos. Pero tú me ayudaste de verdad. Me trajiste comida, preparaste preguntas, me explicaste las lecciones que no entendía y te preocupaste por mí incluso cuando estabas agotada.
Alma sintió que las mejillas se le calentaban.
—Bueno... yo...
—No habría sido lo mismo sin ti.
Ella lo miró fijamente.
Durante un instante, olvidó las tierras, los exámenes y hasta la amenaza de aquel erudito.
Solo vio a Mino, su antiguo rival, el chico que siempre la molestaba en la escuela y que ahora la sostenía en brazos como si fuera la cosa más valiosa del mundo.
Su corazón dio un pequeño salto.
¡No! ¡No te confundas, Alma!
Apartó aquel pensamiento de inmediato.
¡Estaba feliz porque habían conseguido su objetivo!
¡Eso era todo!
—¡Bien! —declaró, recuperando su energía habitual—. ¡Ahora solo falta que me entreguen las tierras prometidas!
Mino soltó una carcajada.
—Por supuesto. Sabía que terminarías hablando de eso.
—¡Son mías por derecho!
—Sí, esposa.
—¡Y no pienso renunciar a ellas!
—Como quieras, esposa.
—¡Y no creas que por haber conseguido el primer puesto voy a perdonarte todas tus tonterías!
—Jamás me atrevería.
Alma entrecerró los ojos.
Mino seguía sonriendo.
Y, aunque ella estaba convencida de que acababa de dejar las cosas claras, él no tenía ninguna intención de soltarla.
Mientras tanto, varias personas habían comenzado a detenerse para observarlos.
Unos jóvenes candidatos que salían del recinto intercambiaron miradas.
—¿Has visto eso?
—¿Qué?
—La esposa del marqués Xie acaba de lanzarse a sus brazos.
—¡Y él la atrapó sin siquiera pensarlo!
—¡Qué pareja tan enamorada!
Alma escuchó el comentario.
Giró la cabeza.
—¿Enamorada?
Mino también lo escuchó.
Sus orejas se pusieron todavía más rojas.
—No les hagas caso —murmuró.
Alma volvió a mirarlo.
Él seguía sujetándola en brazos.
Ella seguía rodeándole el cuello.
Y ambos estaban tan cerca que bastaba con que uno se inclinara un poco para que sus rostros quedaran a escasos centímetros.
Alma lo soltó de golpe.
—¡Bájame!
Mino obedeció, aunque parecía decepcionado.
Ella se acomodó la ropa con dignidad y levantó el documento.
—¡De todos modos, es verdad que somos una pareja excelente! ¡Mi esposo es el número uno!
Mino se llevó una mano al pecho.
Mi esposa acaba de decir que somos una pareja excelente.
Podría haber aprobado cien exámenes más y no habría sido tan feliz como en aquel instante.
Alma, por su parte, seguía contemplando el documento con ojos brillantes.
Las tierras estaban cada vez más cerca.
Su supervivencia parecía un poco más segura.
Y, por primera vez desde que había despertado en aquel mundo, pudo permitirse pensar que quizá las cosas terminarían bien.
Lo que no sabía era que, al otro lado de la multitud, un hombre observaba la escena con el rostro sombrío.
El erudito que había amenazado a Xie Lang había recibido la noticia de los resultados.
Y no podía creerla.
El hombre al que había considerado un fracaso acababa de obtener el primer puesto.
Pero lo que más le molestaba no era el resultado.
Era la mujer que lo abrazaba, que lo felicitaba sin vergüenza y que parecía dispuesta a enfrentarse a cualquiera que hablara mal de él.
La Juner que él conocía jamás habría celebrado así los logros de su esposo.
El erudito apretó los puños.
—¿Qué demonios te ha pasado, Xie Lang?
A unos pasos de allí, Mino tomó la mano de Alma.
—¿Nos vamos a casa?
Ella asintió alegremente.
—¡Sí! ¡Tenemos que celebrarlo!
—¿Y mis besos?
Alma se detuvo en seco.
Lo miró.
Él la miró.
El silencio duró tres segundos.
—¡¡¡ERES UN DESGRACIADO!!! —gritó Alma.
Mino se echó a reír mientras ella tiraba de su mano para llevárselo.
Pero no la soltó.
Y Alma tampoco retiró la suya.
Porque aquel día, sin darse cuenta, la mujer que había prometido no enamorarse de su peor enemigo fue la primera en correr hacia él para celebrar su victoria.