Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 7: Hilos ocultos en el jardín y el pulso del destino
La madrugada había encontrado a Harlan despierto por pura inercia y costumbre militar. Tras un desayuno ligero, se había lanzado al campo de entrenamiento para correr, descargar tensiones y cruzar acero con sus mejores hombres antes de que el peso de la corona recayera formalmente sobre sus hombros. La perspectiva de la celebración no le generaba ninguna ilusión; aborrecía la hipocresía y los falsos halagos de la corte. Vestido con elegancia sobria, sin los ornamentos excesivos de la realeza, había bajado temprano al salón para comprobar si las familias de los caídos ya habían recibido sus compensaciones.
Estaba discutiendo esos detalles con Kael cuando un destello de curiosidad interrumpió sus pensamientos. El aire cambió sutilmente. Un aroma dulce, delicado pero de una potencia magnética, se coló en sus sentidos. No era solo un perfume; era una llamada ancestral que sacudió no solo su cuerpo, sino los cimientos de su bestia interior. Siguiendo el rastro, la había encontrado oculta tras una columna, intentando escabullirse con una astucia que le arrancó una sonrisa divertida. Al ver que ella no lo reconocía y trataba de huir de su presencia con desdén, decidió seguirla. Su lobo rugía en su interior exigiendo proximidad, fascinado por esa muchacha de ojos azules y temperamento arisco que despedía un aroma tan irritantemente atrayente. Lo único extraño, una sombra de duda que su instinto no lograba descifrar, era que no lograba percibir rastro alguno de la loba de ella.
Al arrinconarla en los pasillos exteriores y obligarla a caminar con él, Harlan se rio internamente de la molestia evidente de la muchacha. Disfrutaba incitándola, buscando romper esa coraza de indiferencia.
—¿Puedo preguntar el nombre de la señorita? —inquirió con falsa formalidad, como si el clima del exterior fuera lo único que importaba.
—Mikeila —espetó ella con los labios apretados—. ¿Y el suyo?
—Harlan —respondió escuetamente, omitiendo el título que la habría hecho temblar.
Mientras caminaban por los laberínticos senderos de los jardines de palacio, Mikeila se detuvo en seco, mirando hacia el interior del salón con nerviosismo.
—La asunción está por comenzar, deberíamos regresar adentro... —murmuró, visiblemente alterada.
Antes de que Harlan pudiera replicar, algo cambió en el ambiente. Mikeila palideció, miró hacia un recodo del sendero y, al ver una figura imponente con un vestido amarillo excesivo que se acercaba, reaccionó por instinto. Con un movimiento rápido y desesperado, tomó a Harlan del brazo y lo atrajo con fuerza hacia la espesura de unos altos arbustos, ocultándose ambos en la penumbra.
El sobresalto inicial recorrió la columna de Harlan por la cercanía imprevista, pero el impacto real vino un segundo después. Al tenerla tan cerca, el aroma de ella lo envolvió por completo, estallando en sus sentidos. De pronto, un hilo sutil de energía de un intenso color púrpura brotó entre ambos, un destello fugaz que confirmaba lo indiscutible: ella era su pareja predestinada.
Sin embargo, el ceño de Harlan se frunció de inmediato, desconcertado. En lo más profundo de su mente, su lobo interno dio un gruñido furioso y desorientado, preguntándose qué diablos le pasaba a su compañera, cuya presencia lupina seguía completamente apagada e inalcanzable. Harlan contuvo a su bestia con mano firme, tranquilizándola en silencio.
A través de las ramas, pudo ver cómo la mujer del vestido amarillo, pasaba de largo murmurando maldiciones al aire sin notar su presencia. Miró de reojo a Mikeila, quien respiraba agitadamente, sin sospechar en absoluto que el hombre al que había tratado con tanta soberbia no solo era el temido Alfa del Norte, sino el destino mismo reclamándola. Primero tendrían que averiguar de quién se escondía con tanta desesperación, y por qué las cadenas invisibles mantenían cautiva a la loba de su alma gemela.