Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 3: Ocho años en la penumbra y la sombra del destino
El sol de la tarde filtraba sus dorados destellos entre las hojas de los viejos olivos de una pequeña localidad costera al sur de España. Ocho años habían pasado desde aquella noche fatídica en el acantilado de Sicilia. Ocho años en los que la sangre, el dolor y la memoria habían quedado sepultados bajo una estricta rutina de supervivencia.
Lysandra —ahora conocida por todos como Kaelen Vane— caminaba por el patio de la pequeña casa de piedra que habitaba. Vestía de forma sencilla, con pantalones oscuros y una blusa holgada de lino que ocultaba la sutil cicatriz de su hombro derecho. Su cabello castaño cobrizo, antes peinado al estilo de la aristocracia mafiosa, caía ahora en salvajes ondas hasta la cintura. A sus treinta y cuatro años, la inocencia de su juventud se había evaporado, reemplazada por una fortaleza inquebrantable y una mirada alerta que nunca bajaba la guardia.
—¡Mamá! ¡Mira lo que encontré en la orilla! —gritó Eren, corriendo hacia ella con las manos llenas de caracolas marinas.
A sus siete años y medio, Eren era la viva imagen de su padre: el mismo cabello negro azabache despeinado por el viento, la misma mandíbula firme y, sobre todo, esos profundos ojos azul grisáceo que a Lysandra se le clavaban en el alma cada vez que lo miraba fijamente.
—Eren, no corras tan rápido sobre las piedras, te vas a lastimar —lo reprendió suavemente Lysandra, agachándose a su altura mientras limpiaba la arena de su mejilla.
—No me caigo, mamá, soy fuerte —presumió el niño, hinchando el pecho con orgullo—. Además, estoy cuidando a Lyra. Ella se quedó atrás mirando las gaviotas.
Detrás de él caminaba pausadamente Lyra. Con sus rizos cobrizos y sus enormes ojos verde oliva, la pequeña tenía una sensibilidad única y una inteligencia observadora que a menudo desconcertaba a los adultos.
—Mamá, Eren dice que los barcos grandes que pasan por el horizonte vienen de un lugar lejano donde hay castillos —dijo Lyra, abrazando la cintura de su madre y mirando hacia el mar abierto—. ¿Nosotros vivimos alguna vez en un castillo?
El corazón de Lysandra dio un vuelco doloroso. Apretó a sus dos hijos contra su pecho, inhalando el aroma a sal salobre y jabón neutro que emanaba de sus pieles.
—No, mi amor —respondió Lysandra con la voz serena, ensayada tras años de autocontrol—. Nuestro único hogar es este, donde estamos los tres juntos y seguros. Nadie necesita castillos cuando tiene todo el amor del mundo aquí.
—Yo no quiero castillos —afirmó Eren, mirando el horizonte con una determinación extraña para su edad—. Yo solo quiero crecer rápido para trabajar, comprarte una casa gigante y defenderte de cualquier cosa mala.
Lysandra sonrió con ternura, tocando la barbilla de su hijo.
—Eres mi pequeño héroe, Eren. Pero por ahora, entra a lavarte las manos con tu hermana. La cena casi está lista.
—¡Sí, mamá! —gritaron ambos niños al unísono, corriendo hacia la entrada de la casa.
Lysandra se puso de pie lentamente. Se cruzó de brazos y contempló el mar. Ochocientos kilómetros la separaban de Sicilia, pero en las noches de tormenta, el eco del disparo y la voz helada de Orestes asegurándole que Valerio la había mandado a matar volvían para atormentarla.
"Valerio... si supieras que tus hijos respiran este mismo aire, jamás dejaría que te acerques a ellos", pensó con furia contenida. "Creíste que me destruiste, pero te equivocaste".
Mientras tanto, en la imponente sede del sindicato De Santis en Palermo, el ambiente respiraba una tensión casi insoportable.
Valerio Giancarlo De Santis, a sus treinta y ocho años, era un hombre transformado por la amargura. El tiempo no había suavizado su carácter; al contrario, lo había vuelto más implacable, frío y calculador. Traje cruzado impecable de color gris marengo, las sienes marcadas por canas prematuras y una cicatriz profunda en el pómulo derecho que acentuaba su dureza. Mantenía el control absoluto del imperio criminal, pero dentro de su pecho solo quedaba un erial quemado.
En el enorme despacho, Orestes Malatesta —ahora con un poder desmedido a la sombra de Valerio— repasaba un mapa sobre la mesa de juntas.
—El transporte hacia los puertos del sur de España está listo, Valerio —explicó Orestes, ajustándose los puños de su camisa de seda—. La ruta por Andalucía nos permitirá mover el cargamento de artefactos y antigüedades sin llamar la atención de las autoridades internacionales. Solo necesitamos que vayas personalmente a supervisar el cierre del contrato con la familia matriz en Valencia.
Valerio ni siquiera levantó la mirada de los documentos que firmaba con pluma estilográfica.
—Envía a la escolta secundaria, Orestes —ordenó Valerio con frialdad—. No tengo interés en viajar a España por un trato menor.
—No es un trato menor, Capo —intervino la voz grave de Aurelio De Santis, quien entraba a la habitación con paso firme y una postura erguida e imponente.
A sus setenta años, el ex Capo mantenía una presencia vigorosa y llena de autoridad, sin necesidad de apoyarse en nada para imponer respeto. Tras él entró Domitilla, de sesenta y ocho años, luciendo una distinción natural con un sobrio vestido negro y mirando a su hijo con preocupación contenida.
—Padre, madre —dijo Valerio, poniéndose de pie por respeto, aunque su expresión permaneció impasible—. No esperaba su visita a esta hora.
—Venimos porque tu madre y yo estamos cansados de verte encerrado en este mausoleo, Valerio —dijo Aurelio, avanzando con paso decidido hasta colocarse frente al escritorio—. Han pasado ocho años. Has multiplicado las ganancias del sindicato, has aplastado a todos nuestros rivales, pero vives como un fantasma.
—Hijo mío —añadió Domitilla, acercándose y acariciándole el rostro con ternura maternal—, necesitas salir de Sicilia. El acuerdo en España es una oportunidad para que despejes tu mente. La familia de Valencia exige la presencia del Capo en persona para sellar la alianza. No puedes seguir delegando todo en Orestes.
Orestes dio un paso atrás, ocultando su molestia tras una reverencia inclinada.
—La Sra. Domitilla tiene razón en parte, Capo —dijo Orestes con voz melosa—. Si el patriarca considera que tu presencia le dará mayor solidez al pacto, yo mismo prepararé la comitiva para el viaje a la costa española.
Valerio guardó silencio durante unos largos segundos. Miró a su madre, cuya mirada le rogaba un atisbo de humanidad, y luego a su padre, que lo observaba con la firmeza de quien exige ver a su heredero actuar con entereza.
—Está bien —accedió finalmente Valerio con voz grave—. Saldremos mañana al amanecer hacia España. Orestes, prepara la seguridad. No quiero errores ni sorpresas en suelo extranjero.
—Todo estará bajo control absoluto, Capo —aseguró Orestes con una sonrisa helada.
Cuando sus padres salieron del despacho con el mismo porte señorial con el que entraron, Valerio caminó hacia la ventana. Sacó del bolsillo interior de su saco un pequeño relicario de plata gastada. Al abrirlo, la imagen sonriente de Lysandra, tomada un mes antes de la traición, lo miró desde el pasado.
Sintió la misma punzada de dolor, rabia y deseo no extinto que lo consumía cada día desde hacía ocho años.
—¿Por qué me traicionaste, Lysandra? —murmuró Valerio en la soledad de la noche, apretando el metal entre sus dedos hasta lastimarse—. Te di mi vida, mi imperio, mi alma... y me vendiste a los perros.
No sabía que el viaje a España, diseñado por el destino y las manipulaciones de Orestes, no solo reabriría las heridas del pasado, sino que lo pondría cara a cara con la verdad que le fue arrebatada: la mujer que creía muerta estaba viva, y dos niños con sus mismos ojos esperaban en las sombras de la costa.