Cuando la envidia habla
En un mundo donde las emociones no solo se sienten… también pueden escucharse.
Los sentimientos son capaces de transformarse en ondas de sonido que revelan lo que el corazón intenta ocultar. La felicidad puede iluminar, la tristeza puede quebrar, pero existe una voz mucho más peligrosa: la envidia.
Nacida de los pensamientos más oscuros, la envidia puede convertirse en un arma capaz de destruir sueños, romper vínculos y convertir la confianza en una traición inesperada.
Porque cuanto más cerca dejas a alguien, más profundo puede llegar la herida.
Pero… ¿qué ocurre cuando la envidia deja de ser solo una emoción y comienza a hablar por sí misma?
En un mundo donde los sentimientos tienen voz, descubrirás que el peor enemigo no siempre está frente a ti. A veces vive dentro de aquellos que dicen quererte… y otras veces, dentro de tu propio corazón.
Una historia sobre la ambición, los secretos, las heridas invisibles y la emoción más peligrosa de todas:
la envidia
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Capitulo 12 — Ecos de una ambición rota
"El fracaso no rompe los sueños... rendirse sí."
Había un lugar donde la Envidia siempre regresaba.
No era una ciudad.
No era una casa.
Ni un corazón en particular.
Era el instante exacto en que una persona decidía dejar de intentarlo.
Allí encontraba el silencio que más disfrutaba.
Porque los sueños no desaparecían cuando fracasaban.
Desaparecían cuando eran abandonados.
Un escritor cerró lentamente el documento de su novela.
Llevaba años escribiéndola.
Había corregido cada capítulo incontables veces.
Había reído con sus personajes.
También había llorado junto a ellos.
Pero el mundo parecía no escuchar su historia.
Las visitas eran pocas.
Los comentarios aún menos.
Suspiró.
Por primera vez, pensó que quizá había estado persiguiendo un sueño imposible.
La Envidia apareció detrás de aquel pensamiento.
No habló enseguida.
Esperó.
Sabía que las dudas necesitaban respirar antes de convertirse en heridas.
En otra parte del mundo, una joven guardó su guitarra dentro del estuche.
Había compuesto canciones desde que era una niña.
Soñaba con subir a un escenario.
Con mover corazones.
Con hacer que alguien se sintiera comprendido a través de una melodía.
Pero los escenarios seguían vacíos.
Las oportunidades nunca llegaban.
Y cada día aparecían nuevos artistas ocupando el lugar que ella imaginaba para sí.
La Envidia inclinó la cabeza.
—Tal vez naciste para admirar los sueños de otros.
No para cumplir los tuyos.
La guitarra permaneció en silencio.
Un pintor dejó caer el pincel sobre la mesa.
Ya no contaba las veces que había escuchado la misma frase.
"Tienes talento... pero..."
Siempre había un "pero".
Demasiado clásico.
Demasiado moderno.
Demasiado diferente.
Nunca era suficiente.
La Esperanza caminó hasta él.
—El valor de tu arte no depende de la aprobación del mundo.
La Envidia respondió con una sonrisa.
—Pero el mundo decide quién puede vivir de él.
Aquellas palabras pesaban.
Porque contenían una parte de verdad.
Y las mentiras más peligrosas siempre nacían abrazadas a una verdad.
La Tristeza observó cómo los sueños comenzaban a cubrirse de polvo.
No era el polvo del tiempo.
Era el del abandono.
El que aparecía cuando una pasión dejaba de tocarse.
Cuando una libreta permanecía cerrada durante meses.
Cuando un instrumento olvidaba el sonido de unas manos.
Cuando un lienzo esperaba eternamente el siguiente color.
La Envidia contempló aquella escena como si visitara un museo.
Cada sueño abandonado era una obra más para su colección.
—¿Sabes qué es un eco? —preguntó.
Nadie respondió.
—Es una voz que sigue existiendo incluso cuando quien la pronunció ya se marchó.
Los sueños funcionan igual.
Aunque alguien renuncie a ellos...
Nunca dejan de llamar.
Solo que cada vez se escuchan más lejos.
La Esperanza levantó la mirada.
—Mientras exista ese eco...
Todavía pueden regresar.
La Envidia soltó una risa baja.
—También pueden acostumbrarse a no escucharlo.
Y eso...
Es mucho más triste.
Los días siguieron pasando.
El escritor dejó de abrir su manuscrito.
La guitarrista dejó de afinar las cuerdas.
El pintor cubrió sus lienzos con una tela.
No fue una decisión tomada en un solo día.
Fue una despedida silenciosa.
Una página menos.
Una canción menos.
Un cuadro menos.
Hasta que el silencio ocupó el lugar de la creación.
La Envidia caminó entre aquellos sueños dormidos.
No necesitó destruirlos.
Solo convenció a sus dueños de que ya no valían la pena.
Era un trabajo limpio.
Elegante.
Sin violencia.
Porque la derrota más profunda nunca ocurría frente a los demás.
Ocurría cuando una persona se miraba al espejo y decía:
"Ya no puedo."
La Esperanza dio un último paso.
Su voz apenas era un susurro.
—El fracaso no significa que tu historia terminó.
Solo significa que aún estás escribiéndola.
Durante un instante...
Pareció que alguien iba a escucharla.
Una mano rozó un viejo cuaderno.
Otra volvió a sostener una guitarra.
Unos dedos tocaron un pincel cubierto de polvo.
La Envidia observó aquella escena sin perder la calma.
Después sonrió.
—No importa.
Aunque vuelvan a levantarse...
Jamás olvidarán que dudaron de sí mismos.
Y esa duda...
Siempre será la puerta por la que regresaré.
El viento atravesó la habitación.
Las hojas del manuscrito se movieron.
Las cuerdas vibraron suavemente.
El lienzo volvió a recibir un rayo de luz.
La batalla aún no había terminado.
Pero los ecos de una ambición rota seguían resonando.
No para recordar el fracaso.
Sino para preguntar, una y otra vez...
¿Y si esta vez también vuelves a caer?