Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
NovelToon tiene autorización de Dary MT para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: La medianoche del veredicto
El lunes por la noche, la ciudad parecía un lienzo de luces titilantes bajo un cielo inmenso y despejado. El reloj digital del tablero del auto de Ethan marcaba las once y cuarenta y cinco de la noche. El silencio entre ambos era absoluto, pero no era el silencio gélido de la oficina; era una quietud cargada de una electricidad estática tan potente que hacía que el aire pesara. Alana miraba de reojo las manos de Ethan sobre el volante, firmes, seguras, controlando el vehículo con la misma precisión con la que había controlado sus impulsos durante los últimos noventa días.
El auto se detuvo en el estacionamiento privado del edificio residencial más exclusivo del distrito financiero. Ethan bajó de inmediato, rodeó el coche y le abrió la puerta a Alana. Al salir, ella acomodó la caída de su vestido de satén azul medianoche, un diseño elegante que se ceñía a su silueta con suavidad. Ethan la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que hizo que el pulso de Alana se acelerara. No hablaron en el ascensor mientras subían al piso más alto; las miradas que se cruzaban lo decían todo. La cuenta regresiva estaba a minutos de expirar.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron directamente en el vestíbulo del ático de Ethan, Alana se quedó sin aliento. Esperaba encontrarse con el diseño minimalista, tecnológico y frío que caracterizaba al millonario, pero lo que sus ojos vieron la dejó paralizada.
El enorme salón de ventanales de cristal, con una vista de 180 grados a los rascacielos iluminados, estaba transformado por completo. Cientos de velas de cera blanca flotaban en pequeños recipientes de cristal con agua, bañando el espacio en una luz dorada, parpadeante y sumamente cálida. El suelo de mármol estaba salpicado de pétalos de rosas blancas, creando un camino sutil que guiaba hacia la terraza privada. En el aire flotaba un aroma suave, una mezcla perfecta de madera de sándalo y la esencia de vainilla que él tanto adoraba en ella. Al fondo, un violonchelo reproducía una melodía instrumental suave, casi imperceptible, que envolvía la atmósfera en un misticismo romántico absoluto.
—Ethan... —susurró Alana, llevándose una mano al pecho, conmovida por el despliegue—. Esto es...
—Esto es el mundo real, Alana —la interrumpió él, con una voz suave, desprovista de cualquier arrogancia corporativa. La tomó suavemente de la cintura y la guio hacia la terraza, donde una pequeña mesa redonda de cristal albergaba una cubitera con champaña y un pequeño estuche de terciopelo negro.
El viento de la medianoche agitó suavemente los mechones sueltos del cabello de Alana. Ethan se colocó frente a ella, mirándola con una intensidad gris que parecía desnudarle el alma. El reloj de la torre del reloj de la avenida principal comenzó a sonar, marcando las doce campanadas. El plazo de los tres meses había expirado. El pacto había terminado.
Ethan metió la mano en su chaqueta y sacó el folio doblado que Alana le había entregado hacía noventa días: su carta de renuncia. Delante de ella, con una lentitud deliberada, Ethan rompió el papel en varios pedazos y dejó que los restos se los llevara el viento de la altura.
—Los tres meses han terminado, y no acepto tu renuncia como secretaria, porque ya no quiero que seas mi empleada —dijo Ethan, su voz temblando levemente por una vulnerabilidad que jamás había mostrado ante nadie—. Durante este tiempo me obligaste a mirarte sin pantallas, a escucharte sin algoritmos y a ganarme tu espacio día a día. Me demostraste que la mujer de carne y hueso es un millón de veces más valiosa que cualquier fantasía que yo hubiera intentado programar en mi cabeza. Me salvaste de mi propia obsesión para enseñarme lo que es el amor de verdad.
Ethan tomó el pequeño estuche de terciopelo de la mesa, lo abrió y reveló una delicada pulsera de oro blanco con un dije en forma de una pequeña pluma estilográfica incrustada de diamantes, un guiño al primer día que él la observó en la oficina.
—Alana Vega... ya no hay contratos, ya no hay secretos, ya no hay un software espía entre nosotros —Ethan la miró fijamente, con los ojos empañados por una emoción pura—. Te quiero en mi vida de forma legítima, con la frente en alto. Esta noche, antes de que demos cualquier otro paso, quiero preguntarte... ¿Quieres ser mi novia? Formalmente. Ante el mundo, ante la oficina y ante quien sea.
Alana sintió que las lágrimas de felicidad acudían a sus ojos, borrando los últimos vestigios del dolor de la traición pasada. El hombre implacable que controlaba imperios tecnológicos estaba allí, desarmado, entregándole su corazón con una honestidad desbordante. Vio la pulsera, vio la devoción en su rostro y supo que la espera había valido cada maldito segundo de tortura.
—Sí, Ethan —respondió ella con una sonrisa radiante, extendiendo su muñeca—. Sí quiero ser tu novia.
Ethan exhaló un suspiro de alivio que pareció quitarle un peso enorme de los hombros. Con los dedos sutilmente temblorosos, le colocó la pulsera, sellando el compromiso con un beso tierno en la muñeca. Pero en cuanto el cierre hizo clic, la ternura se transformó en una corriente de fuego puro. Ethan la tomó por la nuca, uniendo sus labios en un beso hambriento, posesivo y desesperado, un beso que llevaba noventa días de contención absoluta esperando a ser liberado.
Alana gimió contra su boca, rodeando su cuello con los brazos, entregándose por completo a la marea de la pasión. Ethan la levantó en vilo con una facilidad pasmosa, y ella enredó sus piernas alrededor de su cintura mientras él la transportaba hacia la habitación principal, donde una enorme cama con sábanas de seda blanca estaba iluminada únicamente por el reflejo de las velas del salón.
La depositó en el centro del colchón con una delicadeza extrema, como si temiera romperla. Se colocó sobre ella, devorando sus labios, bajando por su barbilla hasta hundir el rostro en su cuello, dejando un camino de besos húmedos que hicieron que Alana arqueara la espalda. Con dedos ágiles, Ethan deslizó el cierre del vestido azul, dejando que la tela de satén cayera hacia los lados, exponiendo su cuerpo adornado únicamente por un conjunto de encaje blanco, puro, que ella había elegido especialmente para esa noche.
—Eres perfecta, Alana... mi Alana —susurró él, con la respiración desbocada, contemplando la belleza de su piel a la luz de las velas.
Ethan se despojó de su ropa con rapidez, revelando su torso esculpido y tenso. Cuando se deshizo del pantalón, su anatomía, completamente rígida y palpitante, quedó expuesta. Alana la miró con un destello de anticipación y un leve nerviosismo que él detectó de inmediato.
—Mírame, mi amor —le pidió Ethan con voz ronca, acariciándole la mejilla mientras se acomodaba entre sus piernas abiertas—. Sé que es tu primera vez. Sé el tesoro que me estás entregando y juro que voy a ser el hombre que te adore como te lo mereces. No habrá dolor, solo nosotros.
Ethan bajó por su cuerpo, besando su vientre, y separó con total parsimonia sus muslos. Antes de la unión definitiva, inclinó la cabeza y hundió su lengua en su centro húmedo, lamiendo y succionando su clítoris con una suavidad extrema, preparando su cuerpo, haciéndola temblar y humedecerse hasta que Alana comenzó a suplicar por él, con los dedos enterrados en las sábanas de seda.
Cuando el cuerpo de Alana estuvo completamente receptivo, Ethan se elevó de nuevo sobre ella. Unió sus labios en un beso profundo para ahogar cualquier molestia, apoyó la punta de su miembro en la entrada de su intimidad y, con un empuje lento, firme y sumamente cuidado, comenzó a deslizarse en su interior.
Alana rompió el beso con un jadeo ahogado, contrayendo sus músculos cuando sintió la imponente anchura de Ethan rompiendo su barrera de inocencia. Una pequeña lágrima corrió por su sien, pero no era de dolor, sino de la abrumadora intensidad de sentirse completa por primera vez. Ethan se detuvo de inmediato, manteniendo la mitad de su longitud dentro de ella, apoyando su frente contra la de ella, sudando por el esfuerzo de no moverse con brusquedad.
—Tranquila, respira... estoy aquí, mi vida —le susurró él con una ternura infinita, besándole los ojos mojados.
Alana respiró hondo, rodeando la cintura de Ethan con sus piernas, incitándolo a continuar. A los pocos segundos, el dolor inicial se disipó, transformándose en un calor expansivo, un imán que tiraba de sus entrañas. Ella asintió con la cabeza, dándole la aprobación final.
Ethan comenzó a moverse. Primero con estocadas lentas, profundas, permitiendo que el cuerpo virgen de Alana se moldeara a su tamaño, para luego ir incrementando el ritmo a medida que los gemidos de la joven cambiaban de tono, volviéndose agudos, rítmicos y cargados de un placer delirante. El roce de sus cuerpos, el sonido carnal de la fricción y el eco de sus respiraciones llenaron la habitación. Ethan la tomaba de las manos, entrelazando sus dedos sobre la almohada, mirándola fijamente a los ojos en cada embestida, asegurándose de que ella supiera que el hombre que la estaba haciendo temblar era real, que no había códigos ni pantallas. Era su novio, su protector, su amante.
El ritmo se volvió salvaje en los minutos finales. Alana arqueaba las caderas, buscando más de esa fricción bendita que la estaba llevando directo al abismo. Los espasmos vaginales comenzaron a rodear el miembro de Ethan con una fuerza tremenda.
—¡Ethan... me voy, me voy! —gritó ella, entregándose por completo.
Un orgasmo devastador y glorioso sacudió el cuerpo de Alana, sus paredes apretando a Ethan en oleadas de puro placer. Al verla llegar a la cumbre, Ethan perdió el último rastro de control; dio tres estocadas profundas, definitivas, y con un gruñido desgarrado que nació desde el fondo de su pecho, se derramó en su interior, llenándola con su esencia caliente en una entrega total e irreversible.
Se dejó caer suavemente a su lado, abrazándola contra su pecho húmedo mientras ambas respiraciones intentaban recuperar la normalidad. Alana apoyó la cabeza en el hombro de Ethan, sintiendo el tintineo de la pulsera de oro blanco contra su piel. La guerra virtual había terminado, los tres meses de prueba habían concluido, y en el suelo de aquel ático, la secretaria y el CEO habían escrito el primer capítulo real de su vida juntos.
-------------------------------------------
¡La meta se ha cumplido! El romance, la petición de noviazgo y la entrega final detallada con toda la pasión y el respeto que la historia merecía. ¿Qué te ha parecido el desenlace del pacto?