Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 13 LA REUNION
*Jueves. 8:17 AM. Sala de juntas. Piso 48.*
Ocho directores. Proyector encendido. Aire frío.
Dmitri al frente. Traje negro. Voz de acero.
Ana a su derecha. Sacó gris. Lentes. Tablet en mano. Invisible.
Profesional.
Nadie sabía que hace 12 minutos él le tenía la cara entre las manos.
—Como pueden ver —dijo Dmitri—. El Q3 cerró 12% arriba.
Ana pasó la siguiente diapositiva. Mano firme.
Bajo la mesa, su rodilla rozó la de él "sin querer".
Él no parpadeó. Siguió hablando.
Pero se le trabó una sílaba. Solo él lo notó.
*9:41 AM.*
Orlov entró sin tocar.
Traje gris. Sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Volkov. Interrumpí?
—Siempre —dijo Dmitri seco.
Orlov miró a Ana. Lento. De arriba a abajo.
—La asistente gris —dijo—. Volviste.
Ana sostuvo la mirada. Sin lentes no, con lentes sí.
—Siempre estuve, señor Orlov —dijo ella—. Usted no me veía.
Silencio.
Orlov se rió. Incómodo.
Dmitri se puso tenso. Manos en la mesa. Puños.
—Orlov —dijo él—. ¿A qué viniste?
—A ofrecerte Moscú —dijo Orlov—. 30%. Si me das a la chica.
Se señaló a Ana con el dedo.
El aire se congeló.
Ana no se movió. Pero por dentro se le cayó el estómago.
Dmitri se puso de pie. Lento.
Toda la sala contuvo el aire.
—Tócala —dijo Dmitri bajito—. Otra vez. Y te juro por Dios que no sales de esta sala.
Orlov levantó las manos. —Era un chiste, Volkov. Relájate.
Salió. La puerta sonó fuerte.
Silencio.
Todos miraban a Dmitri. Después a Ana.
Irina carraspeó. —Sigamos, ¿no?
*10:05 AM. Puerta cerrada otra vez.*
Ana entró. Temblaba. De rabia. De miedo.
—¿Me estás usando como moneda de cambio? —dijo. Sin rodeos.
—¿Qué? —Dmitri se giró rápido—. No.
—Porque él lo pensó —dijo ella—. Y todos en esa sala lo pensaron.
Dmitri caminó hasta ella. Frustrado.
—Yo lo amenacé por ti —dijo—. ¿Y me reclamas eso?
—Reclamo que no puedo ser tu secreto y tu asistente al mismo tiempo —dijo ella. Voz rota—. Porque cuando Orlov me mira así, no ve a Asistente B. Ve a la chica con la que te metiste.
La frase lo golpeó.
Dmitri cerró los ojos.
—Tienes razón —dijo—. La cagué.
Se acercó. No la tocó.
—Ana. No eres mía para ofrecer. Eres mía para cuidar. ¿Entiendes la diferencia?
Ella lo miró. Detrás de los lentes, ojos llenos.
—No —dijo honesta—. Porque todavía no sé qué somos.
Silencio.
Dmitri agarró su saco. Se lo puso.
—Ven conmigo —dijo.
—¿A dónde?
—A renunciar —dijo—. O a quedarte. Pero decide tú. Ahora.
Ana parpadeó.
—¿Estás loco?
—Probablemente —dijo él—. Porque prefiero perder la empresa antes que perderte.
Se quedó quieto. Esperando.
Ana lo miró. Traje. Jefe. Poder.
Y al hombre que temblaba por ella.
Agarró su tablet.
—No renuncio —dijo—. Pero tampoco me escondo más.
Caminó a la puerta.
—Entonces —dijo él detrás de ella—. Salimos juntos de esta oficina. Y que el piso 48 piense lo que quiera.
Ana se detuvo. Mano en el picaporte.
Respiró.
Y abrió la puerta.
*10:12 AM. Piso 48.*
Salieron juntos.
Él adelante. Ella detrás.
Sin tocarse. Sin hablar.
Pero juntos.
Irina dejó de tipear. Katya levantó la vista.
Dmitri pasó de largo.
—Reunión cancelada —dijo—. El resto del día es mío.
Y se fue. Con Ana detrás.
Nadie dijo nada.
Porque por primera vez, Asistente B ya no era invisible.